
El Navegante arrió sus velas después de más de medio siglo
Construirán allí un edificio de oficinas
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El paso de comedia se repetía con tanta naturalidad que parecía ensayado. El gallego Victorino pegaba un grito enérgico y golpeaba la carta sobre la mesa del azorado cliente que se había animado a pedir algún plato de la nouvelle cuisine. "¡Que esto no es Puerto Madero, señor!"
A menos de cien metros de ese opulento barrio que mira al río, uno de los propietarios del restaurante El Navegante no sólo se jactaba de haber dado de comer a generaciones de porteños, sino que también se resistía a los dictados de cualquier tendencia fashion. El suyo era un bodegón del Bajo. Ni más ni menos. Y quizás el último.
El Navegante se convirtió en noticia porque cerró. Un proyectado edificio de oficinas empujó a sus dueños a la jubilación.
Después de más de un siglo de historia, cuando los lupanares se amontonaban en la zona para cubrir la sed de los marineros que tocaban tierra en el Plata, El Navegante arrió sus velas. En su estela quedan el sabor rotundo de sus tortillas a la española, sus pollos al ajillo y las cazuelas de mariscos regadas con tinto de la casa.
La historia es tan larga como sencilla. Cuando en Buenos Aires el tango todavía se bailaba entre hombres, un piringundín portuario se convirtió en comedor de marineros. Lo bautizaron con el nombre que llevó hasta que bajó la persiana.
Los datos de aquella época no están en Internet. Se dice que varias veces se sentó a esas mesas que nunca preguntan Aristóteles Onassis, rey del mundo naval en el siglo XX.
En el peronista 1953 se hicieron cargo del restaurante ocho socios, uno más gallego que el otro: Rodríguez y hermanos, Victorino Valenzuela y hermanos, López, Vázquez y González. Así figuraba en la chapa que el local exhibía en el frente, en Viamonte 158. Con el tiempo se sumarían Jesús García y David Rodríguez.
"Todos trabajábamos ahí. Eramos timoneros del oficio. No era una empresa, éramos simples trabajadores, bolicheros...", recuerda, a modo de reivindicación, Victorino Valenzuela, factótum del restaurante y uno de los que firmaron el acta de defunción.
Su historia está tan teñida de inmigración como la de tantos otros europeos que bajaron del barco huyendo de guerras y hambrunas. Victorino recuerda: llegó en 1952, a los 15 años, con su madre y sus hermanos para reencontrarse con su padre, que había sido el adelantado. Fue lechero en San Antonio de Padua, panadero y después bolichero. "Había miseria en España y nos vinimos", explica.
Se convirtió en el personaje del restaurante. Muchos decían "vamos a lo de Victorino", en vez de citarse en El Navegante.
La actriz y habitué Katja Aleman resumió una de las últimas noches, cuando el cierre era inexorable. "No sé adónde vamos a ir a compartir una mesa bien servida y animada... Vamos a extrañarlo." Sus inquietantes ojos verdes estaban húmedos.
Es que ella fue una estrella más de la constelación de famosos porteños que pisaron el bodegón. Edmundo Rivero y Aníbal Troilo, por citar a dos luminarias del tango, tuvieron mesa reservada los martes y los viernes durante años, recuerda Victorino. "Era fácil atenderlos, eran dos caballeros de Buenos Aires", dice, con la mirada vidriosa como si todavía los viera allí.
Fue un sitio con códigos inequívocos. "Nunca preguntábamos quiénes eran ni dónde vivían... ¡Y mucho menos con quién venían!", agrega.
No hay que esperar mucho para que se largue a contar su anécdota predilecta. Fue a mediados de los 70, en el Luna Park, a dos cuadras de allí, donde tuvo lugar una cumbre ajedrecística mundial.
"Fischer y Karpov vinieron a comer todos los días después de las partidas. Los traía un gran señor, Antonio Carrizo. Era un gusto tenerlos. Ni siquiera ordenaban, era verlos entrar y ya marchaba una tortilla española...", rememora Victorino.
El Navegante fue muchas cosas. Pero principalmente, un lugar de encuentro para los periodistas. Que daban más crédito a los vinos y licores que a su inexplicable decoración: los jamones pendían junto a fotos de finales de bandera verde en Palermo, los reyes Juan Carlos y Sofía y cientos de banderines de clubes de fútbol.
El viejo Canal 7 funcionó algún tiempo frente al local de Viamonte, en el edificio Alas. En la esquina, donde ahora está la Torre Fortabat, estaba el multimedios peronista Alea, en el que convivían Democracia, La Voz del Aire, El Laborista y Patoruzú.
"Francisco Petrone, Angel Magaña, Jorge Salcedo, Graciela Borges, Héctor Larrea, Apo, el padre de Alejandro; Carrizo, que ya te nombré, eran nuestros clientes. También José María Muñoz, García Blanco, Macaya Márquez... qué sé yo, tantos que me olvido de muchos. Era un gusto y un placer", añora.
En los 70, LA NACION se mudó al barrio. Años más tarde, la explosión de Puerto Madero llenó de oficinas la zona y el viejo bodegón portuario donde comían marineros se llenó de gente de saco, corbata y celular. La devoción por la clientela no varió. Pero el final llegó. "¡Hasta cuándo íbamos a seguir... Ya pasamos los 70 años; tenemos que descansar!", dice "el gallego" Victorino, tratando de convencerse.
Hubo también tragos amargos. Como la huelga portuaria que los puso en jaque durante el gobierno de Onganía. Duró tres meses y casi se funden. No les fue mejor, dice, durante el "rodrigazo" ni el más cercano "corralito" de Cavallo, pero la empresa quedó en pie. "El bolichero no se hace millonario, pero es difícil que se funda", remata.
La última noche hubo un clima raro. Nadie reparó en que dejó de salir la tortilla porque se acabaron los huevos. Todos tenían un nudo en la garganta. Los mozos Julio y Diego Bóveda, al igual que los cocineros Gustavo Liendro y Martín Rey, esperaban la ejecución de la sentencia como corresponde: mirando para otro lado.
La ausencia se podía tocar. Abrazos e improbables promesas de reencuentro. El gallego Victorino no contaba ya historias de tiempos idos. Lucía inquieto, igual que sus muchachos.
Había llegado el momento de cerrar el último bodegón del Bajo. Una tenue niebla llegaba desde el río. Se quitó el delantal, nos miró fijo y golpeó la mesa con la carta, haciéndose el enojado para ocultar la pena: "¡Y bueno, señores, se terminó! ¿Qué se le va a hacer?".
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