El Sr. González lucha con la computadora
Hace diez años, cuando empezaba el auge de las computadoras, el señor González se resistía enérgicamente. En su opinión, era una mascarada absurda, un juego para niños grandes, una patinada del progreso.
Pero un día advirtió que todos tenían un e-mail: el gerente del banco, el cadete, la secretaria, la comisión directiva de su club... ¡Todos! Comprendió que debía subirse al tren, antes de quedar arrumbado en una estación de otro siglo.
El señor González se compró una computadora, que va renovando cada tres o cuatro años. Contrató un curso elemental, para dominar el abc del nuevo arte. Con la ayuda del señor Técnico Experto, puso en marcha su nuevo estilo de vida. Ahora, González figura en Facebook y en Twitter, chatea en algunos foros, envía y recibe e-mails, habla por Skype. Todas las mañanas se sienta dos horas frente a la computadora para chequear su correo, y al volver de la oficina otro buen rato. Cada día, la PC absorbe cuatro horas de la vida del señor González.
Al principio, el hombre se sentía actual, moderno, cósmico. Con esta nueva herramienta se comunicó con varios lejanos parientes: los González de Gijón, los González de Caracas, los González de Arica y los González de Miami. También con unos González de Perpignan, pero estos... ¡ay!... no eran parientes. Pertenecían a una rama más dentro de los millones de González que andan por el mundo. Lo descubrió manteniendo una videoconferencia con el buen González de Perpignan, ya que en la pantalla vio que aquel amigo era negro, y luego supo que sus abuelos provenían de Nigeria.
Se agotaron, poco a poco, las novedades de Internet. La sucesión de blogs, sitios web, páginas hot, foros de chat, la curiosidad de Youtube... todo pasa y todo cansa. González empezó a notar que ya no tenía tiempo para conversar con su mujer, en la oscuridad y el silencio de la noche, mientras todos duermen. Se había retirado prematuramente del tenis y el golf. Leía su amado diario a los apurones, impaciente.
La PC empezó a resultarle cada vez más lenta.
Una vez por semana, recibía anuncios terroríficos de virus. Todos los días, mensajes dirigidos a otras personas, totalmente desconocidas. De pronto, sus correos volvían rebotados por algún error incomprensible. Docenas de personas se declaraban sus "amigos" en Facebook, y él aceptaba cordialmente esas amistades, pero luego descubría que la amistad era solamente eso, una declaración. Mientras tanto, sus amigos reales de carne y hueso habían dejado de llamarlo. Quiso participar de Twitter, pero le resultó sofocante la idea de explicar constantemente "en qué estoy pensando".
De golpe, el correo no funcionaba. El Explorer amanecía tildado. Las carpetas y archivos se esfumaban en el aire.
Cada vez que esto sucedía, González llamaba con urgencia a Técnico Experto. Este llegaba a horas insólitas: las 8 de la mañana, las 11 de la noche, un sábado a las 14. Muy atareado, pero flemático. Con sus grandes sandalias tamaño 45, sus jeans con agujeros, su campera de polar y su barba colorada.
González le explicaba que la PC, de golpe, había comenzado a enviar alocadamente correos y mensajes triplicados. Técnico Experto lo escuchaba, sereno como un psicoterapeuta, y luego respondía:
- A veces, ellas te hacen esas cosas...
Se entiende que "ellas" son las computadoras, esas mujeres caprichosas y seductoras.
- Bueno, amigo, te dejo trabajar - proponía González, para no escuchar las demenciales explicaciones de Técnico Experto. Hombre de largo hablar.
El muchacho quedaba sentado frente a la computadora, "reconfigurando" cosas y "bajando" información, "instalando" sistemas y "reordenando" funciones. De vez en cuando se lo escuchaba hablar por el celular. Prolongados murmullos telefónicos. Consultas. Charlas. Saludos.
Después de cuatro horas, se acerca González al Técnico Experto para averiguar cómo están las cosas.
- ¿Lograste solucionar el problema?
- Ya lo tengo, ya estoy en eso...
- Se hizo tarde. ¿Querés comer algo?
- Un vaso de agua, nada más.
González sirve personalmente el vaso y Técnico Experto lo sorbe, como quien bebe champán Pommery. Luego, vuelve al teclado. González se retira con discreción.
Pero han pasado otras tres horas, y el anfitrión ya está agotado por el solo hecho de tener a un desconocido tanto rato en su casa. En estos casos, uno no puede hacer nada: ni irse ni quedarse, sólo esperar a Técnico Experto.
- Perdón: ¿Falta mucho?
- En seguida termino.
- Oíme, son las once y media de la noche. ¿No querés irte a tu casa?
- No, está bien. Le aceptaría un vaso de agua, señor González.
Cuando llegan las dos, el señor González ruega a Técnico Experto que se vaya de una vez.
Ya no recuerda los quebrantos, inconvenientes y desperfectos que ha sufrido su PC. Sólo necesita que Técnico Experto se vaya, por Dios.
Al día siguiente, la computadora se "tilda" o se "cuelga" otra vez. Será cuestión de convocar nuevamente al técnico, que volverá a llegar con sus sandalias, su barba colorada, su serenidad de Buda, explicando que "ellas a veces te hacen estas cosas".
Poco a poco, el señor González va solucionando sus inconvenientes. Primero, se borra de Facebook. ¡Un problema menos! A la semana siguiente, cancela su perfil en Twitter. Gran alivio. Luego, bloquea el correo electrónico. Los distintos casilleros en foros, blogs, salas de chat y ciber-clubes se van cerrando de manera automática, porque nadie los usa.
Un día glorioso, el señor González apaga su computadora. La desenchufa. Sale a la calle. Pasea. Mira a las mujeres bonitas. Huele la primavera. Sale a comer con su señora, en una parrilla frente al río. Llama por teléfono a un viejo amigo y acuerda una cita en el club de siempre, para retomar el tenis. Su raqueta, sus zapatillas, sus tubos de balls, todo está en su sitio. Al cruzar el portón del club, bajo el sol de octubre, el señor González respira con alegría y aprieta el paso: ha vuelto a ser libre.
Así como los hebreos fueron esclavos en Egipto, González pasó una época oscura, en que una enfermedad maligna le devoró buena parte de su tiempo vital. Ya no.
Allá, en la sombra tenebrosa del pasado, quedó Técnico Experto con sus sandalias.
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