
El zorro de la montaña sanjuanina
Un italiano de 65 años llegó a nuestro país y se sumergió en los secretos guardados en la cordillera.
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SAN JUAN.- "Los hombres se sienten indefensos, desnudos, solos. El frío traspasa las ropas y la carne hasta exportar toda molécula de calor vital; ver y respirar ya son problemas serios; las manos agarrotadas se vuelven insensibles, duras como tablas; lagrimean los ojos; las lágrimas congeladas se vuelven pelotitas que se adhieren a las pestañas; el aliento se torna escarcha entre la trama del pasamontañas... Por último, un sueño infinito, un cansancio sin límites se apodera de quien arrastra esos peligros, y sólo un supremo esfuerzo de voluntad consigue mantener vivo en el pecho el espíritu interior de lucha."
Antonio Beorchia Nigris tiene 65 años y una barba escarchada por el tiempo o, quizás, por la montaña. Relata maravillosamente sus experiencias, allá, en las cumbres sanjuaninas. Esos picos que alcanzó una y otra vez desde hace 44 años y en los que calcula haber permanecido ocho años de su vida.
Nacido en Ampezzo, Italia, llegó a San Juan en 1954 para no irse nunca más, sólo para desaparecer por meses entre los portezuelos, quebradas y alturas de una cordillera que conoce y cuenta como pocos.
Algunos lo definen como un incansable caminante más que un aventurero, o como un gaucho observador más que un científico. Parecería serlo todo: investigador, explorador, espectador, cronista y, fundamentalmente, el actor protagónico que se ubica en ese majestuoso escenario de los Andes.
Caminar sobre las piedras
Cuando baja a la ciudad todos lo llaman Gringo, pero cuando comienza a trepar la roca, a caminar sobre las piedras, a desandar angostos y precipitados senderos, a cruzar desiertos y a dejar sus huellas sobre la nieve, se convierte en un "zorro de la cordillera".
La que admira y respeta, la que le dejó vivencias que durante 20 años volcó en el Diario de Cuyo, la que le enseñó su fauna y su intrincada geografía. La que le presentó a otros hombres, de esos que no bajan nunca al pueblo y parecerían vivir en un mundo de otro siglo.
La que lo impactó como para describir aquel frío o recrear la muerte de Humberto Leonardo Vega, el último de los cuatro arrieros que, en 1983, se quedó para siempre en la montaña: "Humberto se sintió presa de un agradable sopor que le invadía poco a poco los miembros ateridos. Sólo unos minutos. El leve vapor del aliento que escapaba a través de los pliegues de la manta aún indicaba que allí había un ser vivo".
"Poco a poco, la rítmica nubecita perdió intensidad hasta que desapareció del todo. Una última ráfaga de viento remeció la mantita e hizo crujir las ramas del acerillo. Luego, el silencio. Dicen que la muerte por congelamiento sobreviene como un sueño, sin sentirla.
"Humberto fue hallado dos meses después, en el mismo lugar y en la misma postura que les describo."
Mientras Antonio Beorchia Nigris prepara una vez más las alforjas, albardas y recados para emprender el ascenso, recuerda el año 1958, cuando alcanzó el pico Polaco, esa cumbre de 6080 metros a la que no pudieron llegar los expedicionarios venidos de Polonia. Habla del imponente Mercedario (6770 m) y no deja de hacer referencia al Aconcagua: "Yo lo subí en 1959 por la faz norte, que nunca se había hecho. Sucede que es famoso porque la gente de todo el mundo viene a escalar un nombre. La ruta normal es fácil, pero la del Sur es la más difícil de la Tierra. No es lo mismo subir por la escalera que rasguñando paredes".
Como a su barba, los años cambiaron en el Gringo Beorchia sus distintos placeres para adentrarse en las alturas: "Es que el atractivo va cambiando con el tiempo y con la madurez. Primero se trataba de vencer, de ganarle la batalla a la montaña. Después, la fauna y la flora se volvieron más interesantes. Finalmente, fui descubriendo a los criollos, cómo sufren y disfrutan. Esa vida casi espartana, no corrompidos por el consumo. Y la montaña me siguió atrapando al convivir con pastores chilenos que parecían vivir en los tiempos de Moisés".
Para Beorchia fue como reencontrarse con los ancestros: "Yo no estoy bien en este siglo de cambios y angustias, de falta de valores estables; me sentiría mejor en el siglo pasado. Y allá arriba encontré los cimientos para saber un poco más de quién es uno. Al principio también hablaba loas de esa gente y hacía la apología de los personajes, pero también -como en todo- hay buenos y malos".
En sus viajes, Beorchia rescató personajes como Climaco Villegas, un hombre de refraneros particulares, mitad jocoso, mitad sabio, que decía cosas como "más vale rodear a que te rodeen" o, al referirse a alguien bravo, solía exclamar: "¡Que Dios lo tenga de las orejas, mientras el diablo lo embozala!" También a la Huasa Eva Pasten, "una solitaria anciana de manos nudosas y la cara surcada al igual que las gredas del desierto y que en su juventud era capaz de domar un chúcaro, tirar un pial, manejar el facón, degollar un novillo o voltear de un revés al mozo más pintado".
En un libro apasionante, Antonio Beorchia describe desde el paso del Espinacito -por el que asegura que San Martín atravesó la cordillera- hasta la ascensión a los grandes nevados. No faltan anécdotas, semblanzas de personajes, cuentos lugareños, odiseas, cacerías, supervivencia, y leyendas y supersticiones como la del relincho y el diablo.
Ahora habla de los incas y los sacrificios que encontró en la montaña, y de la Virgen: "A ella le dediqué el libro. La gente que estamos con el gauchaje somos todos creyentes. No soy devoto de ninguna Virgen en particular, porque se trata de la misma madre con distintos trajes".
Cuenta que cuando está en los Andes "se siente la presencia de San Martín. El se metía por los pasos más difíciles para sorprender al enemigo. Lo de San Martín fue una hazaña inconcebible".
Será por eso que el Gringo Beorchia escribió del Gran Capitán: "No imagino a un gallardo general de brazo extendido, sino a un hombre enjuto, de rostro afilado, mirada penetrante, que trasunta una poderosa fuerza interior, montado en una mula castaña, mansa; lo veo algo encorvado sobre el arzón a causa de los dolores que le produce una antigua úlcera estomacal... la mula avanza jadeando; para y sigue, sigue y para, al compás del temblor de sus ijadas, mientras roza la empinada senda con los belfos húmedos. Detrás de él, la oscura culebra de los hombres y de las bestias sube despacio hacia las alturas".
"Así me gusta imaginar la gran travesía del Ejército de los Andes, en el marco grandioso de nuestra cordillera", sentencia.
Y hace tiempo que a Antonio Beorchia Nigris la cordillera, tan alejada de Italia, se le volvió suya.
Tan suya como la de los cóndores, los guanacos y esos zorros sagaces que él parecería imitar.





