En 1853 un dentista presentó la luz eléctrica en Buenos Aires
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En tiempos de los virreyes, la única forma de iluminación eran mediante velas de sebo, muy similares a las actuales. Se emplearon candelabros en interiores y faroles en las calles. En ambos casos resultaba insuficiente, aunque de gran utilidad. Por ejemplo, las tertulias se realizaban en penumbras. En algunas casas podían gastar más que otras en velas. Por lo tanto, el nivel de iluminación estaba relacionado con el poder económico de las familias.
En cuanto al alumbrado público, no existió hasta 1777 cuando el virrey Juan José de Vertiz otorgó la concesión a Juan Antonio Ferrer, el primer empresario de la iluminación. Los faroles, que protegían la llama del viento y la lluvia, se ennegrecían de inmediato debido al humo negro que se acumulaba. Por lo tanto, lo más cómodo era utilizar los servicios del negrito farolero -así le decían-, que marchaba adelante para advertir acerca de pozos complicados y rejas peligrosas.
En 1823, Santiago Bevans (su hija María sería la madre de Carlos Pellegrini) fue el primero en promover las lámparas de gas a Buenos Aires. Fue el 25 de mayo, para los festejos del día patrio. La actual Plaza de Mayo se iluminó como jamás se había visto gracias a los trescientos cincuenta faroles que empleó. Para tal fin, debió improvisarse un gasómetro en la cuadra de la Catedral porteña. Más adelante se continuó con combustibles de menor complejidad, como el kerosene y también el alcohol.
Pero en medio de todos estos sistemas, el dentista de origen vasco francés, Juan Etchepareborda se entusiasmó con un sistema que se usaba en París: la iluminación eléctrica. En el altillo de su casa (Suipacha y la actual Rivadavia) instaló una especie de grupo electrógeno (en realidad, un equipo de gas hidrógeno, un arco voltaico y dos electrodos de carbón). La noche del 3 de septiembre de 1853 reunió a un grupo de científicos y les mostró cómo funcionaba. A la noche siguiente, repitió la prueba con otras personas, entre ellos, un periodista del diario La Tribuna que escribió: "Fue magnífico el efecto que produjo sobre los muros de las casas, sobre los muebles y sobre los mismos rostros". El dentista pionero soñaba con que cada casa tuviera su propia iluminación eléctrica.
El próximo intento, siempre con la supervisión de Etchepareborda, fue el 25 de mayo de 1854 en la Plaza de Mayo y en la casa del ingeniero catalán Felipe Senillosa, quien vivía al lado de la Iglesia de San Domingo (Belgrano y Defensa). Los que tuvieron el privilegio de acercarse al farol de la plaza, se sorprendieron por la facilidad con que podían leer una carta. Aquellos que se reunieron en Santo Domingo observaban maravillados hasta que salieron unas chispas. El pánico inundó la escena y se produjo una corrida. Alguien gritó: "Hay demonios en lo de Senillosa". El susto fue general. La desconfianza de los porteños definió el duelo con la iluminación a gas: se instalaron gasómetros en los barrios para abastecer a los vecinos.
Las dudas que tenían las autoridades de la Capital Federal hicieron que en 1886, La Plata, dispuesta a ser una ciudad moderna, se convirtiera en la primera de América Latina en contar con iluminación eléctrica. Además, se aprovechó el tendido eléctrico para electrificar la red de tranvías y abastecer a las casas.
Luego del primer paso dado por la ciudad de La Plata, Buenos Aires, Rosario, Mendoza y todas las grandes ciudades argentinas la imitaron. El sueño del dentista Etchepareborda , iniciado en la terraza de una casa del barrio porteño de Montserrat, se extendió por toda la República.
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