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Una persona mayor empieza a levantarse más tarde, duerme mal, pierde el interés por actividades que antes disfrutaba y se queja de dolores persistentes. No dice que está triste. No habla de angustia. A su alrededor, la explicación aparece rápido: “es la edad”. Esa frase, repetida casi como un reflejo, suele clausurar preguntas que, según los expertos, deberían abrirse. En muchos casos, detrás de ese cansancio cotidiano hay una depresión que no se nombra ni se trata. En el Día Mundial de la Depresión, que se conmemora cada 13 de enero, especialistas advierten que en las personas mayores esta enfermedad sigue siendo frecuente, silenciosa y subdiagnosticada.
Lejos de ser un problema marginal, la depresión en la vejez es una de las condiciones de salud mental más invisibilizadas. Según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud, alrededor del 14% de las personas de 70 años o más viven con algún trastorno mental, siendo la depresión y la ansiedad los más frecuentes. Estudios epidemiológicos internacionales indican que entre el 10% y el 20% de las personas mayores presentan depresión clínica, y que si se consideran síntomas depresivos más amplios esa cifra puede superar el 25%.
Sin embargo, muchos de esos cuadros no llegan nunca a diagnosticarse ni a tratarse de manera adecuada. A su vez, las fuentes consultadas destacan que la mejor manera de prevenir estos cuadros es sostener los espacios de encuentro, promover actividades físicas adaptadas y fortalecer los vínculos tiene un impacto real en el bienestar emocional.
Desde el Centro Hirsch, institución especializada en el cuidado integral de personas mayores, insisten en que uno de los principales obstáculos es la forma en que la depresión se manifiesta en esta etapa de la vida. “En las personas mayores, la depresión muchas veces no aparece como tristeza evidente, sino a través de síntomas físicos como dolor crónico, fatiga, cambios en el apetito o dificultades para dormir, que suelen interpretarse como parte natural del envejecimiento”, explica Emilce Schenk, coordinadora del Equipo Psicosocial. Esa lectura reduce la posibilidad de detectar un problema de salud mental tratable y prolonga el sufrimiento.
El médico psiquiatra Julián Bustin, jefe de la Clínica de Gerontopsiquiatría y Memoria de Ineco, coincide en que uno de los errores más frecuentes es confundir síntomas depresivos con señales normales del paso del tiempo. “Con frecuencia, cuando una persona mayor está apagada o sin ganas, decimos que es ‘la edad’. Pero ese es un falso mito que hay que desterrar. La depresión no es parte natural del envejecimiento”, subraya. En este grupo etario, agrega, la tristeza no siempre es el síntoma principal: predominan el insomnio, el dolor corporal, la disminución del apetito o incluso problemas de memoria, lo que retrasa el diagnóstico.
Para Bustin, detectar la depresión a tiempo es especialmente relevante en personas mayores. “Son quienes, estadísticamente, tienen menos tiempo por delante. Cada momento vivido sin depresión es particularmente valioso”, resalta. Además, remarca otro mito persistente: la idea de que los adultos mayores responden peor al tratamiento. “La evidencia muestra que responden igual o incluso mejor a ciertos tratamientos que las personas más jóvenes”, afirma, y advierte sobre la necesidad de contar con más datos epidemiológicos locales que permitan dimensionar el problema en la Argentina.
“Un tratamiento oportuno, que puede incluir acompañamiento psicológico, medicación y abordajes sociales, no solo mejora el ánimo y la calidad de vida, sino que en algunas personas también puede estabilizar o enlentecer el deterioro cognitivo”, resalta Marcelo Schapira, jefe de Medicina Geriátrica del Hospital Italiano.
El subdiagnóstico también está ligado a factores culturales y del propio sistema de salud. El psiquiatra Rolando Salinas, jefe de Salud Mental del Hospital Alemán y profesor de Psicología de la Salud en la Universidad Católica Argentina (UCA), explica que en la consulta cotidiana gran parte del foco se pone en los síntomas físicos. “Muchas personas mayores no dicen ‘estoy deprimido’; consultan por cansancio, falta de energía o molestias corporales. Si no se indaga de manera específica sobre el estado de ánimo, ese sufrimiento queda oculto”, destaca Salinas.

A esa dificultad clínica se suman creencias profundamente arraigadas. La naturalización del malestar emocional en la vejez, el estigma en torno de la salud mental y la idea de que “ya no vale la pena” buscar ayuda funcionan como barreras invisibles. “Frases como ‘es lógico a esta edad’ o ‘con todo lo que vivió’ terminan justificando un malestar que merece atención”, advierte Salinas. En contextos institucionales, el retraimiento o la apatía también pueden leerse erróneamente como rasgos normales del envejecimiento.
Desde el Centro Hirsch, la psicóloga Sofía Skrobak destaca el impacto de la soledad y el aislamiento social. “La soledad es una vivencia subjetiva de desconexión emocional, mientras que el aislamiento social es la ausencia objetiva de vínculos. Ambos afectan profundamente la salud mental de las personas mayores”, explica. A esto se suman los duelos y las pérdidas propias de esta etapa: no solo de seres queridos, sino también del cuerpo, la autonomía y los roles sociales, procesos que requieren acompañamiento y validación.
Verónica Tedesco, trabajadora del área social de la institución, subraya que la depresión en la vejez suele estar atravesada por múltiples factores emocionales y contextuales. Señales como el aislamiento progresivo, el descuido personal, las alteraciones del sueño o cambios en el manejo del dinero pueden funcionar como alertas tempranas. “Escuchar la historia de cada persona, favorecer la comunicación con las familias y promover rutinas y actividades significativas impacta directamente en la autoestima y el sentido de pertenencia”, sostiene.

Los especialistas coinciden en que la prevención no se limita al tratamiento individual. Combatir la soledad, sostener espacios de encuentro, promover actividades físicas adaptadas y fortalecer los vínculos tiene un impacto real en el bienestar emocional.
Salinas agrega un punto cada vez más relevante: la brecha digital. La exclusión tecnológica, explica, aumenta de manera significativa el riesgo de síntomas depresivos y refuerza el aislamiento, por lo que la alfabetización digital adaptada se vuelve una herramienta de prevención.
El mensaje que emerge es claro, la depresión no es una consecuencia inevitable de envejecer. Es una enfermedad frecuente, seria y tratable. Detectarla a tiempo, escuchar sin prejuicios y brindar apoyo profesional permite aliviar un sufrimiento muchas veces silencioso y acompañar a las personas mayores hacia una vejez con mayor bienestar.



