
Hacia Chile, por la senda de los arrieros
Soledad y belleza: el cruce de la cordillera de los Andes hasta el país vecino tiene momentos de sorpresa, cuando en medio de la nada el paisaje sorprende.
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MENDOZA.- Existe un momento especial en esta partida hacia la cordillera mendocina, que se produce en medio del ajetreo de la llegada del grupo que integra la cabalgata, cuando se cambia el bolso que trae rastros de la ciudad por la alforja tejida donde van el abrigo, la cantimplora, el protector para el sol implacable del medio día y la crema humectante indispensable en el clima seco y ventoso de los Andes áridos.
Esta ceremonia, llamada la aduana, es el primer paso para prepararse a cabalgar hasta el mojón del Guanaco, una zona cercana al límite de Mendoza con Neuquén y pasar a Chile. Una región que merece mucho respeto y donde hay que cuidar los detalles de la cabalgata y ajustarlos correctamente para no tener problemas, ya que el clima es duro y la soledad casi absoluta.
Eso lo entiende perfectamente el grupo reunido en Los Molles, que está a cargo de guías experimentados y baqueanos del lugar y se dispone a emprender la travesía de seis días en la cordillera.
Un vehículo deposita a los futuros jinetes en Pehuenche, paraje situado a 120 kilómetros al sudoeste de Malargüe, que tiene como fondo el cerro Campanario de 4049 metros de altura. Allí van a pasar la primera noche durmiendo sobre la montura y al sereno.
El fogón es otro momento clave para conocerse, entrar en clima y despojarse de cierta reticencia que se trae de la ciudad. Un asado, una buena guitarreada, y cada uno cuenta qué es lo que hace y qué espera de una aventura de esta naturaleza.
A la mañana bien temprano viene el arranque. Ya llegaron los baqueanos con los caballos, que acá en Mendoza se los agrupa en ronda y se los enlaza para ponerles el freno y ensillarlos.
Cuando el sol ya calienta la mañana comienza la marcha entre desfiladeros y derrumbes rocosos hacia Cabeza de Vaca, un sitio con vegas de pastizales verdes donde corre el arroyo de las Salinas que sirve para que los caballos tomen agua. Mientras, se almuerza comida fría.
Por la tarde, camino hacia la cabecera de los Cajones Atravesados, el paisaje se hace más imponente, las montañas comienzan a ganar altura y aparecen los pedreros de lava. Los cascos resuenan en el terreno escarpado, multiplicados en el absoluto silencio cordillerano.
Con la puesta de sol se arma el campamento y se sale a andar por los alrededores entre los cajones que semejan callejones.
Oasis en el desierto
Todos van a juntar leña y ya más sueltos se sientan alrededor del fogón a compartir cuentos y canciones.
Al otro día, temprano, se preparan los caballos y se espera a que el sol esté alto. Esta es una de las etapas más arduas de la travesía y que exige más de las cabalgaduras. En el fondo se ve un desierto de lava llamado Los Pomales, que hay que atravesar sí o sí, ya que no hay agua ni pasto. Una vez que se ha decidido a cruzarlo hay que seguir adelante sin detenerse hasta llegar al otro lado.
Pero la recompensa tiene forma de espectacular cascada que desciende en tres escalones y que invita a refrescarse del tórrido sol del mediodía. Las cascadas de Panculeue, formadas por las aguas del deshielo, son un escenario inesperado en la árida cordillera, que sirve para almorzar.
La meta de la tarde es llegar hasta la laguna Negra, una formación volcánica que comparten Mendoza y Neuquén, de donde nacen las vertientes que dan origen al río Barrancas, afluente del Colorado.
El campamento se arma en un cajón que oculta la laguna. Pero a la mañana siguiente y al rodear la pared rocosa aparece en todo su esplendor la laguna de las aguas turquesas.
Ahora los caballos encaran el pasaje por la pampa del Rayo, ubicada en Neuquén, para hacer rumbo al sudoeste hasta la laguna Fea, extenso espejo de agua rodeado de escoriales y con una belleza que hace que el nombre suene injusto. La noche se hace regresando a la laguna Negra e instalándose en un rial, refugio de arrieros hecho con horcones y ocupado en el verano por Carlos y los hermanos González, castroneros que crían chivos y los engordan para llevarlos en el invierno al bajo, también hábiles en el arte de trenzar sogas. Con ellos comparten un asado, la yerba y una guitarreada; se escuchan historias de contrabandistas y arrieros perdidos en lo intrincado de la montaña después de una tormenta de nieve.
Esta etapa es la culminación del viaje, ya que se llega a Chile. La salida de la laguna Negra es difícil y muy ardua para los caballos y les espera una trepada por una pendiente muy fuerte hasta llegar a un alto de la montaña. Una vez arriba se tiene una vista de las extensas arenas y rocas volcánicas del otro lado. Un rápido descenso lleva hacia la chilena laguna Carilauna, lugar de almuerzo. Es el momento de caminar por una playa cubierta por bloques de piedra pómez de gran tamaño, pero muy livianos. Es el momento del final, del premio al esfuerzo al que todos se han sometido.
Encuentro con don Miranda
MENDOZA.- Gran parte de la travesía se ha hecho con la silueta del cerro Campanario que sirve de guía y referencia.
Después del almuerzo se llega al hito del Guanaco y allí, todos satisfechos, emprenden el regreso hacia la Argentina.
Al día siguiente, el grupo pone rumbo hacia el Cajón del Pino donde vive don Miranda, un puestero con quien se comparte un chivito asado hecho rodeado de fuego en los cuartos y las patas.
Todos con la quemadilla
Para entonarse en el frío de la cordillera, ya que se está a 3000 metros de altura, se acompaña la carne con una imborrable quemadilla que pasa de mano en mano, preparada en un jarro al que se le echan brasas y azúcar para formar un caramelo con gusto a leña.
Encima de este caramelo se echa ginebra y agua hirviendo, y se sirve con bombilla, envuelto en un trapo para conservar el calor.
El último día a caballo es muy emotivo. Luego de llegar a Cajón del Guanaco y trepar hacia lo alto, hay que emprender el regreso por una pendiente vertiginosa que desemboca en el río Pehuenche.
Una vez cruzado el cauce se arma campamento y viene la despedida de los caballos, algo que cuesta mucho porque con el correr de los días la gente se ha encariñado con el suyo, tanto es así que piden quedarse un rato o conservarlo hasta el día siguiente.
La travesía finaliza con la visita a la Caverna de las Brujas y un día de rafting en el río Atuel.
El costo del programa es de 440 a 530 pesos, ocho días en total; incluye equipo, guías, baqueanos, cabalgaduras, alojamiento en campamento y hotel y transporte en micro desde Buenos Aires.
Informes por el 313-5533.
Caprichos geográficos
- En la Patagonia, en la zona donde desembocan los grandes ríos, se observan fenómenos ocasionados por la mezcla de aguas dulces y saladas, determinando así un área de transición que tiene que ver con los recursos biológicos, debido a que allí hay mayor profusión de fauna y flora.
- Diamante, en el este de Entre Ríos, se destaca por sus hermosos paisajes de barrancas que caen a pique hacia el lecho del río Paraná, y están cubiertas por un ecosistema de frondosa vegetación que la convierte casi única en la zona.
- La población de El Calafate en Santa Cruz, punto de partida para la visita al Parque Nacional Los Glaciares, está enmarcada por el cerro Calafate, que es el resultado de la acción de las fuerzas del terciario en la Patagonia.
- Debido a la conformación de los basaltos en la Patagonia, suelen encontrarse cerros de forma piramidal.
Esta morfología se ve reflejada por topónimos, como los que se dan en el Parque Nacional Los Alerces, donde hay un Cordón de las Pirámides, un cerro Pirámide Norte, un cerro Pirámide Sur y un arroyo Pirámide que lleva sus aguas al lago Amutui Quimei.





