
Harina de la puna, magia de un molinero
Leucadio Guitian atraviesa la inmensidad de las salinas en una vieja bicicleta inglesa; catorce años de trabajo a puro pico y pala, para extraer la sal de la vida; una nueva historia al costado del camino
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Dos horas tardaba en llegar al campamento donde aguardaban una pala y un pico. Así pasó don Leucadio catorce años, hachando una tierra clara, picando la flor de la sal y sacando panes de hasta cuarenta kilos en las salinas de Salta y Jujuy.
Intentando traducir en alimento la pureza más oculta, paleaba, cargaba bolsas al hombro y apretando los dientes, avanzaba con sus piernas temblorosas. Volcándolas sobre el lomo de los burros, pues tiempo atrás eran esas bestias quienes transportaban la mercancía, preparaba las caravanas que durante días atravesaban los desiertos con rumbo a los valles.
Manos sin mal ni pan. Si en San Antonio de los Cobres alguien pregunta dónde vive Leucadio Guitian le responderán: "ahicito nomás". Por las dudas anote: "Calle sin número, Barrio Alto Molino". No hace falta saber más. Por sugerencia suya, "porque el nombre anterior sonaba feo" se rebautizó el antiguo barrio Matadero, a unos kilómetros del famoso tren de las nubes. Allí vive Don Leucadio con su querida Antonila.
Si en San Antonio de los Cobres alguien pregunta dónde vive Leucadio Guitian le responderán: "ahicito nomás"
En tiempos de "salinero" pagaban por tonelada entregada y sólo alcanzaba a reunirla después de un mes de trabajo. Así, con antiparras oscuras, pasaba toda la jornada llenando bolsas de arpillera mientras los rayos laceraban su mirada oculta. Al final de cada día, volvía pedaleando, bebiendo el aire salino, soñando otros horizontes. Cansado de tanta penuria se hizo tejedor y herrero. Tiempo después tomó la pala y el pico y se enroló en los ejércitos anónimos de Vialidad Nacional. Años pasó dignificando jornadas en la ruta hasta que le informaron que una reducción de personal lo dejaba en la calle. Masticando una bronca callada, se alejó.
De oficio, molinero. Continuó sus días cortando adobes, sin perder de vista el sueño de comprar ese molino del que una vez había oído hablar; para triturar el hambre, para que ya nadie lo despida, para que su sudor no sea sólo de sal.
Y lo compró nomás. Ahora el viejo molino funciona a buen ritmo, moliendo harina y maíz con dos piedras circulares de 260 kilos cada una, que él llama "Padre y madre". Así se lo puede ver lidiando con esa magia de convertir en harina los granos que le llevan, yendo y viniendo, controlando que la tolva funcione bien, que el cajón tenga harina suficiente, que las piedras "trabajen parejitas" y que el agua baje franca de la acequia.
Escarbando panes en una tierra arisca llenó sus mañanas de cansancio. De regreso por las tardes, fue soñando, construyendo en bicicleta un molino harinero, y por fin al llegar la noche de su vida se hizo pan para su pueblo.
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