Historias que no se olvidan

La ficción logra conmover a través de la identificación con algún personaje o una percepción que va más allá y que tiene el poder de transformar a los lectores; el desafío en las aulas es elegir y contar esas historias para capturar a la audiencia
Laura Marajofsky
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12 de febrero de 2015  

Es frecuente escuchar que el valor de las historias ha quedado sepultado –o ha sido relativizado– en tiempos híper conectados como éstos, cuando la rapidez e inmediatez parecieran obturar nuestra capacidad para desarrollar la paciencia, la atención o la escucha, aptitudes necesarias para disfrutar de un buen relato. Pero lo cierto es que quizás no haya que dar por muertas a las historias tan pronto, ya que lo que ha cambiado son los medios, los lenguajes inclusive, pero nunca la posibilidad de contar y de intentar generar, de alguna manera, sentido.

De hecho podríamos decir que el "storytelling" (según expertos: "el arte de construir y contar historias"), está más vivo que nunca en series que hacen pie gracias a la fuerza de sus guiones, en la publicidad, en los blogs y la moda del relato en primera persona, en el auge y popularidad de las charlas a la TED y hasta en Twitter. Las historias, por más que le pese a ciertos puristas, hoy (sobre)viven en los nuevos formatos y propuestas, constituyendo un recurso que está permeabilizando cada vez más transversalmente distintos ámbitos y disciplinas.

En este contexto, la idea de emplearlas en el ámbito educativo es una novedad relativamente incipiente. De acuerdo a la organización YES (Youth Educators and Storytellers Alliance) el "Storytelling" y el "Storylistening" colaboran con el aprendizaje ampliando la capacidad de pensamiento de los alumnos, y aportando elementos que van más allá de enriquecer el vocabulario y la habilidad lectura y escritura. Se estimulan aptitudes para hacer conexiones, desarrollar empatía por otros, ejercitar la imaginación, se refuerza la memoria, e incluso se trabaja con el miedo a hablar en público.

Quizás una de las mayores ventajas es que los relatos permiten que los niños incorporen conocimientos de matemática, ciencias o que comprendan fenómenos del mundo con mayor facilidad y fluidez. Éxitos locales como la serie "Matemática… ¿estás ah?" del periodista Adrián Paenza, y otros derivados más recientes como "El Cocinero científico" de Diego Golombeck parecen dar testimonio de este fenómeno. May Groppo, experta local en storytelling y creadora de las Pecha Kucha Nights (el equivalente vernáculo a las charlas TED), explica que "contar historias y expresarnos es un arte en sí mismo que debería enseñarse y practicarse desde temprana edad.

En Estados Unidos, desde jardín de infantes los niños tienen sesiones de "show and tell" para practicar parte de esta técnica: la oratoria." También recomienda como un buen ejemplo de contenido educativo y científico con excelente storytelling la nueva versión de la serie Cosmos.

El cerebro y los cuentos

Según un artículo reciente de la revista Aeon Magazine, no sólo podemos suponer el impacto real y profundo que una historia puede tener en nosotros, sino que también podemos "verlo" gracias a estudios realizados por científicos de las universidades de Princeton y Southern California.

Mediante la utilización de imágenes por resonancia magnética el psicólogo Uri Hasson observó cómo reaccionaba el cerebro de once voluntarios mientras escuchaban un cuento, encontrando correlaciones entre la actividad neuronal del emisor y el receptor. En ambos casos se activaban en simultáneo áreas que regulaban la decodificación de los sentimientos ajenos, la empatía y la sensibilidad moral. Como si de algún modo los relatos nos ayudaran a hacernos un mapa de las emociones del otro.

Pero los relatos no sólo cumplen la función de ayudarnos a "mapear" nuestro entorno, sino que también pueden colaborar con un potencial cambio. Con esto pareció toparse la neurocientífica Mary Immordino-Yang cuando al contarle historias reales a los participantes de su estudio observó que se generaba una mayor identificación, y que estas reacciones viscerales a su vez activaban áreas del cerebro que gobiernan funciones físicas básicas que alteran el comportamiento. La pregunta entonces es, ¿puede una historia hacernos cambiar aspectos de nuestra persona, o del mundo? ¿Y cómo funciona exactamente esto? En este sentido los experimentos de Yang sugieran que es posible pensar que a mayor nivel de identificación con los personajes, las situaciones, o incluso con los sentimientos de una narrativa, mayor es el incentivo para actuar sobre eso.

El mismo artículo comienza relatando cómo una historia cambió la vida de Megan Stewart, quien como alumna e inspirada por la vida de Irena Sendler (que salvó a más de dos mil quinientos niños en el gueto de Varsovia en 1942), escribió una obra de teatro sobre esto y ahora dirige la organización "Unsung Heroes". Seguramente hay muchas potenciales Megan Stewart dando vueltas por ahí, y tal vez la tarea de los docentes hoy sea encontrar esos relatos que movilizan al punto de llevar a la acción, o que dejan enseñanzas significativas en el camino.

El factor sorpresa

Competir por la atención y el interés en el aula puede ser una tarea costosa, celulares, aplicaciones y distracciones varias de por medio. Ahora, si los adultos no pueden comunicar en formas que resulten memorables para los chicos, ¿cuál es el punto de escuchar?, ¿por qué recordar los contenidos o retener los conocimientos luego de los exámenes? Algunos consejos útiles pueden extraerse de una charla sobre el storytelling ofrecida por Andrew Stanton, autor de "Toy Story" y "WALL-E", en la que explica que el principal motor de una buena narración es sorprender y hacer que a la gente "le importe", ya sea emocional o intelectualmente. "Como contadores de historias, el secreto es no les des todo servido a los espectadores".

En la misma línea Groppo sugiere que en educación, lo más importante es hacer el ejercicio de explicar la conexión con el mundo real y que el contenido tenga su hilo narrativo y "suspenso".

Para María Popova, la escritora y curadora del popular sitio "Brain Pickings", en una época en que la información es barata y la sabiduría más costosa, el objetivo de una gran historia no es aportar datos –aunque bien puede informar–, sino "plantar la semilla para hacer crecer nuestra comprensión del mundo, de nuestro lugar en él, de nosotros mismos, de aspectos sutiles o monumentales de nuestra existencia".

En este punto Popova utiliza una descripción muy gráfica, detallando que sobre la pirámide que constituyen la información (base), el conocimiento (medio) y la sabiduría (cúspide), y a través de símbolos, metáforas y asociaciones, son las historias las que permiten interpretar la información, integrarla con el conocimiento existente y transmutarla en sabiduría.

¿Cómo podemos entonces estimular la creación de narraciones propias desde las aulas? Históricamente estos aspectos han sido ignorados o descuidados por la currícula escolar actual. Quizá sea hora que desde la educación se le preste atención más integralmente a este asunto. En definitiva la idea es que a través de las historias como potenciales agentes de transformación (personal y del entorno), los niños puedan volverse protagonistas, en vez de meros observadores de sus propias vidas.

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