Julieta Ortega: “En los 90 se empezó a hablar de la manipulación que padece la mujer, de cómo nos convertimos en esclavas de la juventud y la belleza”

En cuanto se abre la puerta, lo primero que llama mi atención es la limpieza del rostro. No lleva puesto maquillaje: apenas una sombra ligera en los párpados; quizá, algo de rubor en los pómulos. La hermosura del rostro resplandece a la luz del mediodía. Después de ofrecer café, Julieta se sienta sobre la alfombra. Cruza delicadamente las piernas enfundadas en un jean, se apoya sobre el sofá. No hay un énfasis excesivo en ese gesto de seducción.
El ambiente es delicado y sobrio. En el vasto departamento se extienden las armonías y la serena majestuosidad de este edificio de 1929 que sigue las elegantes líneas arquitectónicas de la Escuela de Bellas Artes de París. Sobre una mesa baja muy amplia hay revistas (Vanity Fair, Elle) y una serie de libros con los que la anfitriona decide presentarse: Banksy, Linda McCartney, George Harrison, Yoko Ono, Andy Warhol. El café huele rico. Estamos los dos solos, en un ambiente reposado y tan distinto del bullicio que nos rodeó en medio de la Redacción el día en que nos conocimos para una primera conversación. En la cocina de puertas abiertas y muebles enteramente blancos se mueve Lelu, cuya historia atraviesa muchos años de la vida de la familia Ortega: fue la niñera de Julieta y, tantos años después, asistió al nacimiento de su hijo Benito.
En un cuarto contiguo,una especie de salón de lectura o de juegos, está la breve biblioteca. Los volúmenes están ordenados de manera minuciosa; son las señas precisas de este mundo privado adonde la anfitriona prefiere preservarse de las miradas del mundo exterior. En dos anaqueles están las autoras que contribuyeron a la formación de sus primeras ideas sobre el mundo femenino: Simone de Beauvoir, Naomí Klein, Anne Rice; entre esos nombres, The Myth of Man Power, de Warren Farrell. Están las poetas (Idea Vilariño, Olga Orozco, Clarice Lispector) y un sector dedicado a artistas que acaso alimentaron las primeras rebeldías: Charles Bukowski, Bob Dylan, Henry Miller, Philip Roth. Están, también, los libros de índole política; algunos de ellos, dedicados al peronismo.
La voz de Julieta es firme como sus ideas. Sin embargo, esa consistencia no le impide seguir interrogándose sobre dos o tres asuntos que constituyen el corazón de sus intereses: el universo femenino (y, quizá con menos intensidad, su contracara: el mundo de los hombres), el deseo y el amor.
Sin que se lo pida, me da un libro que extrae de uno de los anaqueles: Los enamorados, de Alfred Hayes. Es la historia de una pareja en Nueva York. Siento que está ofreciéndome un secreto, una mirilla por la que asomarme a su bien preservada intimidad. Los enamorados es una historia de amor y, como sucede con los grandes relatos sobre el amor, también están ahí los celos, el abandono, el despecho, el llanto. Siento que me está diciendo algo de ella.
–Podríamos comenzar por el título de la obra que te devolvió al teatro: Deseo. ¿Cuáles fueron tus primeros deseos? Me refiero a los de la infancia y la adolescencia.
–Actuar y ser grande. Yo no quería ser una niña, quería ser grande. Siempre sentí mucha fascinación por el mundo de los adultos. Venía mucho a casa Ana María Picchio, mi madrina de bautismo y muy amiga de mi madre. Llegaba con historias que pertenecían a un mundo que me resultaba muy lejano y tal vez por eso me deslumbraban y provocaban en mí una ilusión. Mi papá no nos acercaba a ese universo, no solía llevarnos a los sets de filmación ni a su productora. Era Ana María la que traía ese mundo a mi casa cuando llegaba muchas veces acompañada por sus compañeros actores, o cuando me dejaba acompañarla a los sets de televisión donde yo la miraba entre bastidores. Me costaba ir al colegio, nada de lo que sucedía allí me interesaba. Quería que el tiempo pasase rápido. Cuando hoy me preguntan qué anhelo para el futuro, siempre respondo lo mismo: estoy muy contenta con la mujer que soy, se parece mucho a la que soñé en aquellos años.
–¿Con qué música creciste?
–De niña, María Elena Walsh y Pipo Pescador. Después, en la primera adolescencia, fui a recitales de Marilina Ross, Sandra Mihanovich y Celeste Carballo. Me atraían sus voces rebeldes y el modo en que se plantaban como mujeres tan fuertes. Fue una época divina, mucho mejor de la que vino después: a los 18 años hay cierto regodeo en el sufrimiento, se vuelve insoportable.
–¿Hiciste análisis en ese momento?
–No, mucho después. Cuando vivía sola en Los Ángeles y cuando volví al país en el 93. Hice análisis muchos años, hasta que me di de alta o me dieron, no lo recuerdo. Ahora, cada tanto –puede transcurrir un año o tres meses– consulto a una psicoanalista cuando lo necesito.
–¿Qué preguntas llevaste al consultorio la primera vez?
–Supongo que la relación con los hombres y con el amor. Que empezaba a ser muy conflictiva, de mucho padecimiento. Un sufrimiento sin razón. Después de los 30, salís más rápido de ciertas situaciones, sabés cómo van a terminar, tenés una conciencia mayor. Hay una edad en la que sufrir es parte de una visión romántica del amor y de la vida. Si no se sufre, qué se hace. Si no se sufre no se está vivo. No es verdadero. No se está en carne viva. Y eso es algo que no quiero para mí hace muchos años. Salgo más entera de las relaciones. A los 20, en medio de tanto dolor, sentís que vas a dejar de respirar. Es una etapa a la que no elegiría volver, pero la recuerdo con una sonrisa, seguramente porque ya no estoy más ahí.

–¿Cuánto te pesó ser extranjera esos años en que viviste en el exterior?
–De los 20 a los 23 estuve muy sola en Los Ángeles, no tenía ninguna clase de contención. Si me moría no se enteraba nadie, al menos por unos días. Me replegué mucho en el estudio del teatro, en la lectura. El domingo era el peor día de todos. Me iba a las librerías de tres pisos y me pasaba la tarde en la cafetería hojeando libros, revistas de moda, manuales de autoayuda. Era un modo de olvidarme de que no tenía cerca a un hermano ni a mis padres. Vivir afuera fue una fantasía que pude cumplir. Cuando regresé me pregunté por algún tiempo por qué había vuelto. Pero me di cuenta de que al fin de cuentas la vida cobra sentidos más profundos cuando estás rodeada de gente a la que querés y que te quiere. Esas grandes ciudades son una experiencia extraordinaria: hay otro aire, otras personas, otras culturas; es enorme el aprendizaje. Pero la sensación de extranjería está siempre presente: no sos de ahí y no lo serás nunca.
–¿Cómo es la relación entre los hermanos?
–Constante. Los domingos nos reunimos casi todos, aunque siempre hay alguno de viaje y desde hace años Emanuel vive afuera. Cuando no comemos al mediodía, lo pasamos a la noche. Mi padre es un gran asador. Me parece muy raro no sentarme una vez por semana con ellos. En ese sentido, somos una familia muy argentina.
–¿Cómo te llevás con la obra de tus hermanos?
–En general, muy bien. No dejo de tener una mirada muy crítica, y prefiero dar cuenta de ella y que se enojen. Si no me gustó nada digo un poquito y ese poquito basta para que no me hablen por una semana. Y a mí me pasa lo mismo, porque la opinión de cualquiera de ellos vale mucho, me importa. Pero en general me gusta lo que hacen. He sido muy fan de algunas de las películas de Luis, soy la primera en defender lo que hace, aunque no necesito hacerlo porque le gusta a mucha gente. Me han atraído mucho películas anteriores a su éxito con Historia de un clan: Caja negra, Dromómanos. Y con Sebastián me pasa lo mismo. Yo lo llamo y lo felicito, pero cuando no le festejo demasiado, él se da cuenta. Es un gran productor, ha roto con algunas formas narrativas y ha ido por caminos muy poco explorados. Y la verdad es que las mejores cosas que hice, las hice con él. Todos los hermanos tenemos mundos diferentes, nacimos en momentos distintos de la familia. Rosario nació quince años después, mis padres ya eran otros. Con Sebastián nos llevamos un año y medio de diferencia, crecimos en un mismo momento y vimos las mismas películas. Cuando vi Graduados, que me encantó, noté que habíamos crecido rodeados de las mismas cosas y por estéticas parecidas. Vivimos una parte de nuestras vidas en los Estados Unidos, en los 80, mirando un cine para adolescentes que era grandioso. Las películas de John Hughes [La chica de rosa, El club de los cinco]. Es lo que consumí en mi adolescencia. Recién cuando regresé a este país descubrí a gente como Charly García o Spinetta; y, en otro orden, llegaron las lecturas de la historia del peronismo.
–Tu madre decidió hace muchos años refugiarse en su mundo privado. ¿Cómo es ella?
–Es la gran madre de todos, no sólo la de sus hijos. Es quien maneja todo. Es la que abraza. Y también la que maneja los movimientos de las piezas dentro de esa casa. Lo hace con nosotros, pero también con las personas que llegan a la familia. Sumamente contenedora. Nació con vocación de madre. Quizo hacer eso por encima de todas las cosas. Para la mirada externa es una actriz que decidió dejarlo todo en el momento más alto de su carrera. Y yo que la conozco sé que para ella fue un alivio. Esto es lo que quería hacer. Ella disfrutaba de la actuación, pero también la padecía; la mirada de los otros le pesaba mucho. Ganó un premio en San Sebastián y no lo fue a recibir. Hizo Romeo y Julieta, dirigida por María Herminia Avellaneda y con Rodolfo Beban; hizo El santo de la espada, dirigida por Torre Nilsson y con Alfredo Alcón. Le iba muy bien, y sin embargo lo que estaba esperando era encontrar el momento para correrse de ese lugar . Dice que no se arrepiente, eso nos dice a nosotros, al menos. Le gusta estar puertas adentro. Yo tengo un poco esa actitud, también, aunque salgo más y soy un poco más aguerrida. Una vez la entrevisté para el ciclo Nosotras y me dijo: “Yo siempre sentí que vos te la iba a poder arreglar sola, que nadie te iba a pasar por encima, y eso no me pasaba con todos tus hermanos”. Siempre celebró nuestras diferencias. Ella no quería que yo fuera ella, y eso fue sano para mí. Supe tempranamente que yo le gustaba, aun en nuestras diferencias. Aun así, tengo mucho de ella. Es una cárcel. [Julieta se ríe.] En cierto momento de nuestras vidas los hijos terminamos reconociéndonos en nuestros padres, aun en aquello que no nos gustaba de ellos. Mi madre es una mujer que está donde siempre quiso estar. Sumamente poderosa. Es la responsable de la relación entre los hermanos, de que mi padre haya salido adelante en muchas situaciones. Ella ordena, que no es poco. Es un rasgo muy femenino. Podés hacerlo levantando la voz, o con una voz muy suave. Pero la gente que está ahí adentro sabe que la última palabra le pertenece. Estamos todo el tiempo mirándola para ver qué hay que hacer. Inclusive mi padre. Van a cumplir 40 años de matrimonio. Y funciona, es un matrimonio de verdad. Todavía se buscan, se dan la mano, hablan el uno del otro con mucho amor y respeto.
–¿Y tu padre?
–Es especialmente generoso con nosotros, aunque no sólo con nosotros, y no sólo en cuestiones materiales. Ha querido que voláramos, y jamás nos marcó el camino que debíamos seguir. Mis padres siempre fueron muy curiosos, nos dieron una enorme libertad. Eso nos permitió viajar, estudiar, admirar a otras personas. Nos han dejado volar. Todos de alguna manera terminamos haciendo algo relacionado con el mundo del espectáculo. Pero eso no fue marcado por ellos, necesariamente.
–¿Ha sido un padre presente?
–Todo lo que pudo. El rol de los padres es hoy muy distinto. Viajaba mucho. Yo nací en un momento muy alto de la carrera de mi papá. Pasaba un mes y medio en Italia, volvía un mes a casa y se iba otro mes entero a Estados Unidos a grabar un disco, y en cuanto regresaba empezaba una gira en el interior. Me tocó vivir ausencias muy largas, pero cuando estaba, estaba, y mi amor por él era –y sigue siendo– muy profundo. Ana María Picchio, mi madrina, cuenta siempre que a la tarde, cuando se acercaba una hora determinada, unos quince minutos antes de que él llegara yo lo esperaba paradita detrás de la puerta. Ella me decía que mi papá lograba que mi cara se iluminara como no lo conseguía nadie más.
–¿Cómo viviste su paso por la política?
–En esos años yo no estaba acá, venía sólo para Navidad. Cuando yo vivía en Los Ángeles asumió como gobernador. Lo viví con incomodidad. Nadie sale vivo de ahí. Hayas robado o no, nadie sale indemne. No fue gratis para él, todo lo que hizo muy bien ha sido en cierto modo sepultado por las sospechas de lo que pudo haber hecho mal, no importa si esas acusaciones fueron probadas o no. Yo creo que fue un error. Pero él jamás lo aceptará, porque no piensa así.
–Tenés en este living dos libros sobre Evita. ¿Qué significa ella para vos?
–Nunca voté a un gobierno que no fuera peronista. El corazón estuvo siempre –y sigue estando– ahí. La figura de Eva me subyuga. Fue la gran mujer argentina.
–¿Cómo se fue conformando tu mirada sobre lo femenino?
–Una se va convirtiendo en una mujer, es algo que sucede en el tiempo. Lleva a veces muchos años entender de qué se trata ese camino. Comencé leyendo libros como El segundo sexo, de Simone de Beauvoir. Lo abro hoy en cualquier página, tiene muchas marcas, y no sé si esas marcas tienen que ver con la mujer que yo era o con la que empezaba a ser. Afortunadamente, en los 90 se empezó a hablar (o yo empecé a poder escucharlo) de la manipulación que padece la mujer, de cómo nos convertimos en esclavas de la belleza y la juventud. Empezamos a preguntarnos cómo salir de los estereotipos y a pensar sobre lo que ocurría con ellas en los lugares de trabajo y en las calles. Regresé a Buenos Aires a los 15 años, y el grado de violencia era inusitado. Nadie te decía que podías contestarles a esos hombres ni los tipos se habían enterado todavía de que eso no se hacía. En esos años comencé a soñarme como mujer.
Bio
- Profesión: actriz
- Edad: 44 años
- Hija de Evangelina Salazar y Palito Ortega, desarrolló buena parte de su carrera en televisión: Verdad consecuencia, Son o se hacen, Vulnerables y, sobre todo, Graduados y Viudas e hijos del rock & roll. Actualmente se presenta en teatro con la obra Deseo.
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