La aventura del argentino que subió el Himalaya con una bicicleta para brazos

El argentino Juan Maggi, que de chico perdió la movilidad de sus piernas, logró la hazaña de llegar a los 5600 metros en el Himalaya con una bicicleta de manos
El argentino Juan Maggi, que de chico perdió la movilidad de sus piernas, logró la hazaña de llegar a los 5600 metros en el Himalaya con una bicicleta de manos Crédito: Gentileza Juan Maggi
A los 52 años, Juan Maggi, que perdió la movilidad de sus piernas de muy chico, llegó a los 5600 metros, la altura más elevada en que se puede arribar con ese medio
Gabriela Origlia
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20 de septiembre de 2015  • 00:04

CÓRDOBA.– Al año tuvo poliomielitis y perdió la movilidad de sus piernas. A él le gusta decir que, "más allá de caminar, lo más importante es vivir de pie". Juan Maggi tiene 52 años. Y el día que empezó a caminar se enfermó. Medio siglo se manejó con bastones canadienses y silla de ruedas. Hace menos de dos años fue uno de los primeros en el mundo en colocarse un sistema biónico (C-brace) en sus piernas. Ahora acaba de regresar del Himalaya, donde alcanzó los 5600 metros con una bicicleta que moviliza con sus brazos. La altura más elevada que se puede alcanzar a través de ese medio.

Hace un año unos documentalistas le propusieron subir a Corona del Inca, en La Rioja. La idea lo entusiasmó y empezó a buscar una bici de brazos para hacer descensos. La probaron en las pistas Denver en verano, pero no era la ideal. Consiguió otra y el ensayo fue en los volcanes de Costa Rica, en las Altas Cumbres cordobesas.

La aventura en marcha

Entonces decidió que el objetivo era el Himalaya. Durante 109 días vivió solamente para prepararse para esta aventura. Ascendió a Pircas Negras, en la cordillera, para analizar cómo soportaba la altura. "Hice un estudio minucioso de mi cuerpo para que no fuera un obstáculo –dice–. Preparé la ropa, pensé lo que comería. Me dediqué sólo a eso".

En el medio le escribió al Papa Francisco confesándole que no era devoto, pero que quería su apoyo para este esfuerzo. "Iba a la Iglesia socialmente y me quedaba afuera. Cuando él asumió sentí que su mensaje me llegaba, pero no sabía cómo encastrarlo en mi vida", relata. El Papa le contestó y lo recibió.

¿Por qué el Himalaya? "Porque era el lugar más alto y porque el concepto de esta aventura es ‹‹lo difícil se hace, lo imposible se intenta››. No sabía si iba a llegar, pero sí que había hecho todo lo posible; si no alcanzaba la meta era porque no era para mí, no en este momento".

Esfuerzo en altura

Doce días le llevó a Maggi llegar a los 5600 metros en el Himalaya, lo más alto posible en bicicleta. Después de su arribo, pasó dos días descansando y acostumbrándose al clima. Los siguientes ocho fueron ascender unos 400 o 500 metros y bajar un poco para dormir. El resto, alcanzar lo que se había propuesto.

"La altura es terrible, todo el tiempo se siente aturdimiento –dice–. Pero ya no se puede volver atrás, hay pocas chances de hacerlo. Lo más duro fue no bañarme durante 12 días. Y también me costó alimentarme por la altura, por el tipo de comida. Primero me parecía folklórico, después muy difícil".

Subió con su entrenador, un guía y nueve sherpas (nepaleses que acompañan a quienes ascienden). La ruta que hizo es muy transitada por turismo de montaña; no pudo evitar las miradas de deportistas y locales. Recuerda que en un pueblito lo empezaron a seguir: "La gente me tocaba, me miraba como si hubiera bajado de un plato volador".

También se cruzó con un grupo de militares que frenó su jeep delante de la bicicleta. El jefe se bajó, lo saludó y le dijo que era un honor conocerlo y mandó al resto de su gente a hacer lo mismo. "Ahora disfruto más toda la aventura, allá se sufre por las condiciones", dice.

Maggi admite que su posición económica le permite emprender estas aventuras: todos los deportistas adaptados que "han llegado" tienen ese denominador común. "Está bueno que todo esto se muestre –dice–. Empiezan a aparecen sponsors, interesados. Pero no hace falta ser de élite, hay muchas propuestas y la vida cambia."

Comenzar a los 37

Él empezó a hacer deportes a los 37 años, después de un infarto y un stent. Las primeras semanas entrenó en su casa y el aburrimiento apareció rápido. Le hablaron de las bicis movilizadas con brazos. Se convenció y compró una con el objetivo de correr la maratón de Nueva York. Lo hizo. Después vino la de Roma y el triatlón Ironman.

"El deporte es mágico", dice. Está convencido de que si lo hubiera descubierto antes, otra hubiera sido la historia: "Hubiera evitado mucho esfuerzo". Cuenta que el deporte le cambió el carácter; que la actividad física tiene un efecto especial en las personas con discapacidad.

"Un cuerpo que iba a las rastra empezó a tener utilidad y, desde ahí, todo fue distinto. Lo que antes escondía figurativamente hoy lo muestro con orgullo", comenta mientras recuerda que, a los siete años, las mujeres le decían "pobrecito" cuando lo veían con los bastones.

Ahora las piernas biónicas (un sistema hidráulico que va sobre los miembros paralizados y que envía información a una computadora) le permitieron pararse y moverse por primera vez en su vida: "Estuve años esperando ese momento, con intentos fallidos. Hoy no es lo más importante, es un recurso más que tengo".

En definitiva, su vida pasa por su familia –tiene cinco hijos– y por el "día a día", por sentirse vivo. Hace años que recorre Córdoba con su bici. Es que parte de ese disfrute diario son esas salidas con la bici. Y no sólo cuando la meta es el Himalaya.

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