La guerra entre Florencio Parravicini y Pablo Podestá
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Cuando fue descubierto por Pepe Podestá en el teatro Roma, Florencio Parravicini llevaba en su haber una larga carrera, aunque no de actor. Había sido automovilista, aviador, cazador de lobos, cantante, tirador, cantor criollo en París, intérprete y guía de turismo. Como bien contó él mismo en una entrevista al dramaturgo y periodista Julio Viale Paz: “Aunque parezca mentira, yo he sido bastante más de lo que se cuenta por ahí. Y algo más todavía”.
El salto a la fama fue en 1906, en el teatro Apolo, con un sainete de Ulises Favara llamado El Panete. Ese mismo año protagonizó un incidente que lo llevó a figurar en el diario, esta vez no en la sección espectáculos sino en policiales.
Parravicini pasaba sus noches demostrando sus dotes actorales y su destreza física en teatros menores y salas de varieté. Si bien se le conocieron varios amoríos -era un seductor nato-, uno de los más resonantes fue con Pepita Avellaneda, actriz y, según algunos autores, la primera cancionista de tango.
Cuando Pablo Podestá dejó la compañía que formaba con su hermano, Podestá Hermanos, Pepe encontró en Parravicini un buen reemplazante.
Pablo Podestá, que no soportaba a Parravicini y su estilo desenfadado, para contrariar a su hermano contrataba mujeres para que se colaran entre el público con el objetivo de silbar y denostar la actuación de Flo, como se hacía llamar el actor. Ante esta estrategia, Pepe decidió doblar la apuesta y también contratar mujeres para que se infiltraran entre los espectadores pero con el objetivo de vivar y aplaudir al actor. La situación se les fue de las manos.
Una de las supuestas admiradoras se enamoró de Parravicini y, además de vivar y arrojarle flores al escenario, que era lo pactado con Pepe Podestá como parte de la puesta en escena, le regaló un anillo de oro y brillantes. Además, lo esperaba todos los días a la salida del teatro y le prestaba un lujoso carruaje para que pudiera pasear por Palermo. Después de los paseos lo invitaba a comidas en los restaurantes preferidos del artista.
Pepita Avellaneda se enteró de las andanzas de su amante y en un ataque de celos decidió vigilarlo. Una noche se instaló en uno de los palcos del Apolo desde donde, durante toda la función, le hizo señas amenazantes a su hombre cuando era objeto de las miradas femeninas.
Al finalizar la obra Parravicini se disponía a retirarse del teatro cuando fue interceptado por Pepita quien lo tomó de la solapa y lo llevó casi a la rastra hasta su casa en la céntrica Corrientes al 1200. Al llegar, la dama lo increpó, gritándole que dejara de ver a otras mujeres. El actor, en tono socarrón, le respondió que ella nunca le regalaba anillos ni le pagaba comidas y que se dejara de reclamar. Ante semejante injuria, Pepita enfureció. Le arrancó la corbata, parte del bigote y le dio una golpiza a puño cerrado. El bon vivant, que nunca dejaba su bastón, lo levantó para defenderse y trató de calmarla y sacársela de encima “a bastonazos”. Los gritos de Pepita alertaron a los vecinos, que llamaron a la policía. Los agentes intervinieron en la pelea de los amantes y arrestaron al actor.
Cuando Pepita se tranquilizó y se dio cuenta de cómo había terminado la escena de celos, corrió a la comisaría a implorar que soltaran a su amado.
La vida amorosa entre Parravicini y Pepita duró apenas dos años, los años que compartieron cartel en obras de vodevil, antes de que la fama llevara a Parravicini a ser uno de los más reconocidos actores de variedades de la historia del teatro argentino.
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