
La música como una manera de rescatar a los chicos del delito
En un asentamiento al sudoeste de Córdoba, 25 adolescentes integran una orquesta de cuerdas
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CÓRDOBA.- Un grupo de chicos y de mujeres camina por las calles de tierra regadas de aguas servidas en villa La Tela, al sudoeste de esta ciudad. Por las ventanas abiertas de las casillas que pueblan el asentamiento se escucha la música de reggaeton que se funde con otra de cuarteto. Salvo en un salón pintado de un celeste luminoso. Allí suenan los violines, ejecutados por chicos de entre 8 y 18 años que conforman la Orquesta Benjaminos.
Después de ensayar, los músicos adolescentes salen a vender los 40 panes caseros que, a pocos metros, elaboran algunos mayores. Usan el dinero que recaudan para pagar los sueldos de los dos profesores que le enseñan a tocar y mantener en buen estado los instrumentos. A veces reciben alguna que otra donación. Campean, como pueden, los gastos sin subsidios estatales.
La prehistoria de la orquesta se remonta a diciembre de 2003, cuando la fuerza de un tornado destruyó alrededor de 150 casas en esta villa de 4000 habitantes que se distribuyen a lo largo y a lo ancho de 13 manzanas. Por ese entonces, Walter Díaz, que era un funcionario municipal, llegó a este lugar para ayudar en la reconstrucción. En medio del trabajo se interiorizó de las necesidades de los vecinos. Y un día se preguntó qué se podía hacer para proteger a los chicos del lugar, vulnerables frente a situaciones de delincuencia. "Hoy a la esquina la tiene la droga, la delincuencia -dice-. Ya no es más el ámbito para conversar y soñar."
Con esa idea, junto a otros promotores sociales, levantaron el salón comunitario, donde hoy ensaya la orquesta, para que, en principio, funcionara como un comedor comunitario durante los meses de verano, época en la que los chicos no comen en las escuelas. "Al final no lo hicimos porque no podíamos garantizar la continuidad, y caer en el descrédito acá es lo peor que puede pasar", dice.

Conocer más allá de la villa
Micaela, Brisa, Ludmila, Lucas, Jazmín, Ariana, Gabriela, Fiama, Ale y Joaquín -dirigidos por los profesores Pedro Aballay y Juan Traverso- ensayan un tema de la película Piratas del Caribe. Ellos son sólo algunos de los 25 integrantes "estables" de la orquesta. En un momento llegaron a ser casi 50. Pero en estas tierras hay una pelea constante contra la deserción. Para aprender violín, chelo, viola o mandolina hay que ir al colegio. Esa condición no se negocia.
"Queríamos sacar a los chicos de la calle, del consumo, darles contención -cuenta Díaz-. Salimos a preguntar qué querían hacer y unos dijeron que [tocar el] violín."
Les llevó tres años conseguir los primeros seis. "¡Qué va a aprender, de dónde voy a sacar plata para eso!", se rió el padre de uno los integrantes. Ocho meses después, le mostraron que estaba equivocado: tocaron en la basílica de la Merced.
A Paloma todavía le dura el asombro de conocer el mar en enero, cuando consiguieron viajar a Chapadmalal. Otra violinista se enamoró del ascensor del Teatro Libertador, donde dieron un concierto para los 20 años de La Luciérnaga, una revista hecha y vendida por chicos en situación de vulnerabilidad.
De hecho, muchos de los músicos no habían ido nunca al centro de la ciudad, no conocían más allá de su villa y los alrededores.
Jésica es la madre de Ludmila y está contenta con la orquesta: "Le hizo muy bien al barrio. Ella no quiere faltar, mejoró en el colegio y está contenta".
La lucha
Díaz recuerda que deambularon por "todos lados" -gobiernos, fundaciones, asociaciones- con el proyecto en busca de apoyo. "«El violín no es para esos chicos, no es el perfil», nos decían. Y acá están, cuesta mucho, hay altibajos, pero hay que seguir", continúa.
Los chicos se llevan los instrumentos a sus casas, son responsables de cuidarlos y de devolverlos si abandonan la orquesta. Dos de los integrantes lograron entrar al Conservatorio Provincial.
Florinda, Juan y Díaz amasan y cocinan los panes en el horno de barro mientras piensan qué otro microemprendimiento desarrollar. "Vamos a terminar con un «shopping de la pobreza»: panes, alguna artesanía, una gomería", apunta Díaz.
"Conocemos y aunque me pongo nerviosa es relindo", grafica Micaela. "No se sienten inferiores, van entusiasmados", resume el profesor Aballay.
Se acabó el recreo. Abren las partituras y arrancan con Vivaldi. Suena "Otoño" en villa La Tela.
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