La noche sobre los techos y con la escopeta cargada para vigilar

El dramático testimonio de los vecinos que perdieron sus pertenencias por el avance del agua
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29 de diciembre de 2009  

SAN ANTONIO DE ARECO (De un enviado especial).- "Cuando vi la luna que se reflejaba en el agua; cuando escuchaba sólo el viento y apenas veía los techos de las casas hundidas, ahí me puse a llorar."

Fabián Calabrono es propietario de un criadero de pollos que está a 200 metros de la ruta 8 y a una cuadra de la calle Camino al Parque, que desemboca en el Museo Ricardo Güiraldes, totalmente inundado. El agua le tapó su casa y su criadero, aunque por fortuna, cuenta, días atrás había vendido los 60.000 pollos que tenía en ese galpón.

"Algo bueno siempre hay, ¿viste?", dice. La noche del domingo, Calabrono tomó su escopeta y se apostó en el techo de su casa para evitar un posible saqueo. "Es que, lamentablemente, hay gente que se aprovecha de las desgracias y sale a robar. En el barrio Amespil andaba gente a caballo, robando, así que dije «mi casa no la dejo y acá me quedo». Cargué la escopeta y pasé la noche sin dormir", cuenta a LA NACION este criador, de 48 años.

Una mano extendida

El se lamenta por la poca fortuna de su vecino, que se dedica al mismo rubro y al que el agua le ahogó 10.000 pollos. Y quedó en la calle. "Muchos estamos en esta situación dramática, pero esperamos que alguien nos dé una mano. La Presidenta lo único que hace es apretar a los productores y a los chacareros con los impuestos, pero veremos qué hace ahora", dice.

Sin alimentos en su casa -tuvo que tirar todo porque el agua casi alcanzó los dos metros-, aceptó la colaboración en comida que reparten en botes y tractores los equipos de emergencia.

"Pero ni ganas de comer tenés, si cuando ves lo que perdiste, te amargás; yo soy fuerte, pero cuando vi la inundación desde el techo de mi casa, esa desolación me hizo llorar. En el 81 hubo otra inundación, pero ésta fue mucho peor. No tiene antecedentes", dice Calabrono.

Su dolor no le impide colaborar con otros vecinos. Con el agua a la altura de las rodillas, recorre casa por casa. "¿Necesitás algo Pepe?", le pregunta a un conocido que vive del alquiler de caballos, dos de los cuales, el sábado pasado, murieron ahogados. "¡Todo, necesito todo! Pero bueno? no quiero ni pensar", le responde el hombre mientras tira al agua una riestra, con bronca.

En San Antonio de Areco, los lugareños se unen en la desesperación. Se ayudan unos con otros sin haber siquiera resuelto sus propios problemas. Aunque también los domina la misma incertidumbre. "No sé qué voy a hacer con mi laburo, tengo al menos un mes sin poder recuperarme. ¿Y la casa? ¿Y todo lo que perdí? No sé, no sé? Cuanto más pensás, es peor", dice Calabrono que, anoche, cuando el cielo ponía un telón negro al crítico escenario y los nubarrones amenazaban con otra lluvia, él se aprestaba a dormir? en el techo de su casa.

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