
La odisea de los Andes sigue vigente
El 13 de octubre de 1972, un avión con 45 personas se estrelló en la cordillera; el 21 de diciembre, 72 días después del accidente, dieciséis hombres fueron rescatados, luego de haber logrado sobrevivir al aislamiento en la nieve y a la falta de alimentos
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"Señoras y señores, colóquense los paracaídas, por favor. Vamos a aterrizar en la cordillera". La voz pertenecía a uno de los quince jugadores de rugby del equipo Old Christians, de Uruguay, que, en tono jocoso, buscaba distender a los pasajeros nerviosos por la cercanía en que volaban de los grandes picos montañosos.
Pero, minutos más tarde, la torre de control de Santiago de Chile trató de comunicarse con el avión, sin obtener respuesta. La nave, había desaparecido en los Andes.
Durante 72 días, nada se supo de ellos. Hasta que dos de los sobrevivientes emprendieron una marcha agotadora por las nevadas montañas, soportando temperaturas de 40 grados bajo cero, alturas de 5000 metros, vientos y aludes.
Luego de diez días de emprender esta travesía, los dos muchachos lograron comunicarse con un arriero chileno que se encontraba al otro lado de un río.
"Vengo de un avión que cayó del otro lado de la montaña. -le escribió Nando Parrado, uno de los sobrevivientes- Soy Uruguayo. Llevamos diez días de marcha. En el avión hay todavía catorce heridos. No tenemos nada que comer. Estamos débiles".
Hace tres décadas
Pasaron 30 años de lo que se conoció como "la odisea de los Andes", "el milagro...." o "la tragedia...." Treinta años del día en que un grupo de uruguayos decidió viajar hasta Chile para jugar un partido de rugby.
Hace tres décadas, los 15 integrantes del equipo Old Christians, de Montevideo, fletaron un avión de la Fuerza Aérea Uruguaya (FAU) e invitaron a 25 familiares y amigos para poder subvencionar los gastos de la travesía.
El 12 de octubre de 1972, el Fairchild F-227 bimotor de turbohélice que habían alquilado, despegó desde la capital oriental con rumbo a Santiago de Chile.
Este viaje que, normalmente, demora cuatro horas, ya había presentado un contratiempo cuando el piloto decidió aterrizar en la ciudad de Mendoza, debido al mal tiempo que castigaba a la cordillera de los Andes.
Al día siguiente, viernes 13, el avión despegó otra vez y voló hacia el sur en busca del paso Planchón. Eran las 14.18.
A las 15.21, el piloto de la nave comunicó al control de tránsito aéreo de Santiago que sobrevolaban el paso Planchón y tres minutos más tarde que ya divisaban Curico. Cuando el reloj marcó las 15.30, avisaron que volaban a 5000 metros de altura.
Esa fue la última noticia que se tuvo del Fairchild.
En la nave se vivía un clima distendido. Una pelota de rugby pasaba de un lado a otro sobre los asientos y algunos hacían bromas por los movimientos abruptos del avión.
El cartel de ajuste de cinturones ya se había prendido y los que iban del lado de la ventanilla no miraban con buena cara la cercanía de las montañas.
De repente, el aparato entró en una fuerte corriente descendente y bajó violentamente varios ciento de metros, y el pánico se adueño de los pasajeros.
El avión logró ascender un poco, pero el ala derecha se estrelló contra la pared de la montaña y arrancó a su paso la cola de la nave. Un momento después, el ala izquierda también se desprendió. Lo que quedaba del aparato aterrizó de vientre y se deslizó como un tobogán por la nieve de la empinada cuesta.
La odisea había comenzado
De los 45 pasajeros que viajaban en el avión, 32 lograron subsistir al impacto. Pero tres de ellos no pudieron pasar la primer noche.
La mayoría había sufrido heridas y otros se encontraban imposibilitados a movilizarse debido a fracturas en sus piernas. En el grupo, dos de ellos eran estudiantes de medicina, y fueron Roberto Canessa y Gustavo Zerbino los encargados de atender a los heridos.
En el avión no poseía señales luminosas ni alimentos de reserva. Además, la radio se había averiado y las baterías de refuerzo se encontraban en la cola de la nave.
Entre las pertenencias de los pasajeros, los únicos alimentos que se encontraban eran: cinco tabletas de chocolates, cinco de nougat, caramelos (que estaban desparramados por el suelo de la cabina), dátiles, ciruelas secas, un paquete de galletas saladas, dos latas de mejillones, una de almendras saladas y un tarro de mermelada de melocotón, otro de manzana y otro de moras. Además, tenían botellas de vino, que cinco habían bebido durante la primer noche, una de whisky, una de crema de menta y una de licor de cereza.
Durante los primeros días escucharon aviones que pasaban y aunque no estaban seguros si los habían visto o no, optaron por racionalizar los víveres.
Sufrieron la perdida de varios de los sobrevivientes por culpa de una avalancha, pero, tal vez, la decisión mas difícil fue la que tomaron el domingo 22 de octubre: para seguir con vida, tendrían que alimentarse de los cuerpos de los pasajeros que habían muerto en el accidente. Esta determinación recorrió el mundo cuando, los 16 sobrevivientes, fueron encontrados y contaron como había sido la experiencia en la montaña.
Diez semanas después de que el avión se perdiera en los Andes, dos de que aún estaban con vida comenzaron una caminata por la cordillera.
Nando Parrado y Roberto Canessa, barbudos y flacos, lograron la hazaña de cruzar las montañas y, con la ayuda del arriero chileno Sergio Catalán, avisarles a todos que deciseis pasajeros del Fairchild F-227 seguían con vida
Vivir para contarlo
Cuatro de los sobrevivientes narran cómo reconstruyeron sus vidas después de la tragedia
Dicen que el tiempo cura las heridas. Pero la huella que produjo en los dieciséis sobrevivientes una situación límite a nivel físico, mental y espiritual como la tragedia de los Andes, todavía, treinta años después, no se borró. Algunos lograron sobreponerse más fácilmente que otros, algunos tuvieron más éxito en lo profesional o en lo personal; sin embargo, todos coinciden al admitir que el calvario que debieron soportar durante aquellos 72 eternos días en las heladas e inhóspitas cumbres andinas, cambió sus vidas para siempre.
Todos los jóvenes que fueron rescatados de los restos del Fairchild el 22 de diciembre de 1972, hoy están vivos, y en cada aniversario de aquella fecha cumplen con la costumbre de reunirse. Incluso suelen estar en contacto con Sergio Catalán, el arriero chileno que salvó a los entonces desnutridos y barbudos Nando Parrado y Roberto Canessa al topárselos en la montaña.
"Es muy difícil llegar a comprender lo que nosotros pasamos allí. ¿Pero voy a tener duelo durante toda mi vida por lo que pasó? Ya sufrimos demasiado en ese lugar. Para mí, el día siguiente de salir de allí comenzó una vida nueva", dice Nando Parrado, en el documental "Sobrevivientes: voces de una tragedia", producido por el canal People & Arts, y en el que también Roberto Canessa, Carlitos Páez y José Luis Coche Inciarte cuentan sus experiencias de aquel drama.
En la actualidad, Parrado es un exitoso productor de la televisión uruguaya: tiene dos productoras y es socio de una emisora de televisión por cable. Además, dirige la empresa familiar Seler Parrado, una de las ferreterías más grandes de Montevideo. Está casado, tiene dos hijas y, como casi todos los sobrevivientes, continúa viviendo en el exclusivo barrio montevideano de Carrasco.
Asegura que, luego del rescate, no tuvo inconvenientes para retornar a su vida normal. A los pocos meses ya estaba trabajando y haciendo deportes, aunque le llevó un año recuperar las mismas condiciones físicas que tenía antes del accidente. Sin embargo, el que fue el líder natural de los sobrevivientes en la montaña, confiesa que la terrible experiencia dejó su marca: "La historia de los Andes me ha llevado a emprender cosas que jamás me hubiera animado a hacer antes. Mi pasión son los autos. Yo iba antes a las carreras y no me animaba a correr. Los Andes me dio el valor y la convicción de que tenía que hacer lo que a mí me gustaba, sino mi vida hubiera sido por segunda vez absolutamente inútil." Tres años después de la tragedia, Nando Parrado se coronó campeón sudamericano de motociclismo.
El que también pudo seguir adelante y alcanzar logros profesionales una vez de vuelta en casa es Roberto Canessa que, en el momento del accidente cursaba el primer semestre de Medicina, y actualmente es médico pediatra especializado en cardiología infantil, y uno de los más prestigiosos en su campo. "Aquella experiencia te hace ver que tenés una potencialidad que no estás utilizando. Me parece que me he hecho muy humano para ayudar a mis pacientes", explica en el documental.
Además, Canessa incursionó en la política. En 1994 fundó el partido Azul y ese mismo año se presentó como candidato a presidente del Uruguay, pero fue derrotado.
Carlitos Páez, hijo del reconocido artista plástico Carlos Páez Vilaró, tuvo un destino diferente. A pesar de que, luego de la tragedia, se casó y fue padre de una hija, las luces de la fama y de la exposición pública lo llevaron a "perder su centro", según explica su madre, Madelón Rodríguez, y a caer en diversas adicciones.
"A mí me gustaba el alcohol antes de los Andes", relata Páez. Pero el episodio fue como un tobogán que me amparó. Porque con los Andes como historia es un pasaporte para poder hacer cualquier cosa, porque me hubieran entendido. La gente dice: ´si éste pasó los Andes le perdono lo que sea´." Luego de terminar su rehabilitación, incursionó en la publicidad y actualmente trabaja como relacionista público.
El pasado pareciera pesarle más que a sus tres amigos: "Así como tengo una mano, como tengo un brazo, tengo la historia de los Andes arriba. No me imagino cómo sería estar sin ella".
La de Coche Inciarte, en cambio, fue una historia de amor. Soledad Gonzales, su novia, no se imaginaba que aquel 13 de octubre, cuando lo fue a despedir al aeropuerto de Carrasco, sería la última vez que tendría noticias de Coche hasta 72 días más tarde. Cuando ya había pasado varios días en la montaña y las esperanzas de sobrevivir se reducían como su peso, Coche se hizo una promesa: "Si de acá salgo vivo, me voy a casar enseguida, voy a formar mi familia, tener un hijo y empezar a formar lo mío". Cumplió con su palabra siete meses después de escapar a aquel infierno, cuando contrajo matrimonio con Soledad, que le dio tres hijos y lo sigue acompañando luego de treinta felices años.
Los sobrevivientes del club Old Christians viajaron con sus familias y amigos a Santiago, y el sábado 12 de octubre jugaron con veteranos de un equipo chileno el partido de rugby que debieron haber disputado tres décadas atrás.
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