
La síntesis de la hiperconexión
El 3 de abril de 1973 se inició el cambio. Ese día, Martin Cooper, un empleado de Motorola, realizó la primera llamada desde un teléfono celular. Eligió llamar a su mayor rival, Joel Engel, de la operadora AT&T, que como él estaba trabajando en un teléfono móvil. El silencio estupefacto de Engel fue la pausa que antecedió a la catarata de llamadas y mensajes que hoy realizan unas 5000 millones de personas en todo el mundo.
La idea de Cooper y su equipo implicaba un cambio mental que para muchos hoy es natural: ubicar a una persona sin importar dónde esté. Trastrocó la idea de la telefonía: de llamar a un lugar -el teléfono del hogar o el laboral- a llamar a alguien. La persona y el número se unieron, creando una suerte de identificador universal. Dejaban de importar mudanzas o derroteros: siempre se estaba a una llamada de distancia.
Eso comenzó a cambiar hace 20 años, con el nacimiento del mensaje de texto, que dio una alternativa a la llamada, un método menos intrusivo, más práctico, para conversar con alguien; nació 5 años después del IRC, el primer servicio de chat por medio de Internet. La llegada del SMS en 1992 coincidió con el primer smartphone (el IBM Simon), y en 1996, el Nokia Communicator, el primer teléfono inteligente con difusión comercial.
A partir de allí el cambio se aceleró: los celulares dejaron de ser teléfonos para transformarse en lo que son hoy: computadoras de bolsillo. Y comenzaron una carrera alocada para sumar funciones y pasar a ser clientes de mail, mensajeros de texto, herramientas para chatear (con el Blackberry Messenger y sus múltiples competidores), para hacer videollamadas con Skype, para comunicar los lugares que uno frecuenta con Foursquare y compartir, a cada instante, una idea, una anécdota, un pensamiento (vía Twitter o Facebook), una foto con Instagram.
El celular es el epítome de la hiperconexión y el ejemplo cabal de lo que ansiaba Cooper: un dispositivo con el que uno pueda conectarse con una persona pero sin estar limitado a la llamada de voz (o a la geografía), porque las personas tienen más formas de expresión y comunicación que la verbal.
El otro cambio que trae aparejado el smartphone no tiene que ver con la expresión personal pública o semipública, sino en transformarse, como antes lo hizo la PC, en un embudo en el que caen cada vez más fuentes de información, de amigos, desconocidos y medios. Es un enlace directo con Internet y con todo lo que ella puede ofrecer. Hay gente que prefiere enviar un SMS a tocar el portero eléctrico del edificio para avisar su presencia; que resuelve cualquier disputa dialéctica en una mesa de amigos con una rápida visita a la Wikipedia; que ya no se pierde en ninguna ciudad del planeta porque tiene un mapamundi urbano en el bolsillo; que sabe cómo estará el tiempo en los días venideros, etc.
El smartphone cambió la forma en que nos comunicamos con nuestra comunidad y la manera en que nos enteramos de lo que pasa en ella. Es decir, modificó -para siempre- nuestro mundo.
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