
Las drogas y el alcohol en las calles de Ferrugem
Se consumen en los bares y en la playa
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FERRUGEM, Brasil.- Deben ser las doce de la noche y la calle principal de este pueblo está casi desierta. Una brisa trae el aire salado del mar. Y también trae una ráfaga breve que huele a resina de pino que arde. Sí, algo está ardiendo: a unos 50 metros de esta calle principal, en el patio de una cabaña, cerca de la playa, un grupo de chicos y chicas fuma marihuana.
"El combate contra las drogas es muy intenso, porque en verano aumenta el consumo. Aquí, en Santa Catarina, principalmente se consumen marihuana y crack. En los lugares turísticos, como Ferrugem, se consume marihuana", dijo el segundo jefe de la policía civil del estado de Santa Catarina, Juarez de Souza Medeiros.
En efecto: esos chicos de la otra cuadra fuman marihuana. No son los únicos. Aquí se consigue fácil, aunque es cara: entre 10 y 15 reales el cigarrillo. Un dolar cuesta 2,20 reales. Es decir, un cigarrillo de marihuana se vende a 4,50 o a 6,80 dólares. En la Argentina, cuesta un dólar, aproximadamente.
"Está carísima la maconha. Estos brasileros son unos vivos bárbaros", dice Juan Pedro, de Rosario, y chupa el cigarrillo; se lo pasa a una chilena que tiene los ojos como ranuras. Los bares empiezan a abrir en la cuadra más concurrida del centro, donde está el Bali Bar, el boliche de moda: una construcción símil Bali, con dos boliches bailables y una barra en la esquina. En la esquina de enfrente hay otro bar que se llama Heenalua. En las otras dos esquinas hay una posada y una heladería. Al lado de la posada, otro boliche: Kracatoa.
Un recuerdo vago
Allí, en una calle de piedras hexagonales, entre estas cuatros esquinas, aquella noche del 19 de enero derribaron de una trompada a Ariel Malvino, que cayó de espaldas y se rompió la base del cráneo. Después le tiraron una piedra de 17 kilogramos encima.
En Ferrugem, la muerte de Ariel es un recuerdo vago. Una imagen ahumada. Aquí la gente viene a divertirse. Ariel y los correntinos también habían venido a divertirse. Nadie habla de este asunto...
La una. Las dos. Las tres. Los boliches están atestados de cuerpos cimbreantes. Los chicos y las chicas se muestran y se miden, y así discurre la noche. Las cuatro. Falta una hora para que cierren los boliches. Hace dos temporadas, Fabio Fernandes de Oliveira, de 30 años y promotor de Justicia de la Comarca de Garopaba, resolvió, con el apoyo del poder político y empresario, limitar el horario nocturno: el verano pasado los locales debían cerrar a las cuatro; este año, a las cinco. De esta manera, dice Fernandes de Oliveira y quienes conforman su entorno, se empezó a cortar con el descontrol juvenil, las drogas, el alcohol, la violencia.
Las cinco. La música se corta, los boliches se cierran, pero la noche no. Un grupo de argentinos canta: "Brasilero, brasilero, que amargado se te ve. Maradona es lo más grande. Es más grande que Pelé" Los brasileros que están más cerca escupen alfileres por los ojos. No pasa nada. "Maconha, maconha", murmura un moreno de gorra, que hace una cuchara con la palma de una mano para contener un poco de marihuana y con los dedos de la otra, unidos en las puntas, la manipula. Se acerca un patrullero. Los vendedores cierran los puños y los llevan a sus espaldas. El patrullero se queda a 20 metros.
-Maconha, maconha.
-¿Cuánto vale el porro?
-Quince reales.
-Eeeehh. Con eso en la Argentina comprás un montón.
-Comprá en la Argentina.
-Dale, te doy diez reales. Tomá.
El brasilero le arma el cigarrillo y se lo da. El argentino pasa al lado del patrullero y se encuentra con otros argentinos. Van a la playa.
Los grupos avanzan hacia la oscuridad inescrutable de los médanos. Se oyen voces. Pronto los ojos se acostumbran al ambiente azul y empiezan a notarse los contornos vagos de las cosas. Las olas rompen en la orilla. Los vendedores de maconha siguen haciendo negocios. Empieza a amanecer y los contornos ya se definen. Dos cordobeses borrachos se meten en el mar. Hacen señas con los brazos. Sus amigos les devuelven las señas desde la playa.
-Boludo, ¿se están ahogando? -dice uno.
-Uh -dice otro-. No, no creo; dame una seca.
Casi se ahogan.
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