
Los efluvios piromaníacos de los chicos de La Barra
PUNTA DEL ESTE.- Son los bisnietos o, acaso, los tataranietos, porque han debido transcurrir unos 60 años para que estos párvulos vengan a tornar paradójicos los insidiosos comentarios de muchos de aquellos que no se sabe si los proferían por contar con información fehaciente o se generaban en leyendas alimentadas por sus prejuicios de clase.
Recordemos: allá por los 50 del siglo pasado, el gobierno peronista favorecía con planes habitacionales a las clases menos pudientes.
Desde lo que entonces se anatemizaba como la "rancia oligarquía" comenzó a circular con fuerza la versión que, no bien tomaban posesión de aquellas casitas regaladas por Perón y Evita, los más desarrapados, en vez de comenzar a disfrutar de las más elementales comodidades burguesas, solían arrancar el parquet para alimentar el fuego de sus asados nacionales y populares.
Que haya sido cierta o no esa noticia poco importa ahora que han pasado tantas décadas y que no hay pruebas concretas que permitan cotejar su veracidad, pero que ese rumor quedó registrado en la memoria de las clases más pudientes, y luego fue transmitido de generación en generación, es algo archiconocido.
Y bien: la gran paradoja es que en este verano 2012 sus pequeños descendientes -no cabe duda de que lo son porque veranean en el poco accesible este uruguayo, visten a la última moda y se los oye invocar sus patricios colegios- se han imbuido de un muy particular espíritu piromaníaco.
Desde hace un par de temporadas, al comienzo de cada trasnoche, chicos y chicas de 11-12 años a 15-16 han tomado por costumbre, cual suerte de piqueteros fashion , ocupar a lo largo y a lo ancho las calles Duende Azul y Alborada, de La Barra.
No es motivo de esta nota abundar sobre las correrías, los gritos, las carcajadas, las grescas, ni mucho menos los escarceos de cine porno que protagonizan varios de estos niños en edad de vigoroso crecimiento sin poner el menor esmero en resguardar tales fogosidades. Como se verá más adelante, no son éstas sus "fogosidades" más calamitosas. Tampoco se debatirá aquí la desaprensión de los padres, que no echan siquiera un vistazo a las trapisondas de sus vástagos. Aunque, pensándolo bien, hacen bien porque, como dice el dicho, "ojos que no ven, corazón que no siente". Es que hay escenas no aptas para impresionables: una chica que hasta hace un rato realizaba sexo oral a un amiguito ocasional, aquel impúber empinando la birra de un litro y así varias otras postales veraniegas poco primorosas como para que las vean al regreso la abuela o a la tía que se quedaron en Buenos Aires.
Pero, como ya se dijo, no es éste el tema en cuestión. Vamos al grano: cuando de madrugada uno baja a la playa de la desembocadura (llamada así porque el arroyo Maldonado muere en ese punto en el Atlántico), la sensación es estar en los últimos estertores de la muy combustible Roma de Nerón, en pequeña escala: conviven así fogones de distinto porte cada algunos metros, donde los adolescentes calman afanes orales de todo tipo (charlan, beben, se besan, cantan, comen, etcétera).
Como soy un esforzado y ocasional parrillero veraniego, me resultaba de una gran incógnita, y hasta fuente de secreta envidia, determinar cómo estos avispados mocosos lograban con tanta facilidad las mencionadas llamas, máxime cuando no se los ve llegar munidos de bolsas de carbón compradas en el supermercado o de piñas y ramitas recolectadas en tantas calles arboladas donde se las encuentra de sobra.
Descartada que la natural fogosidad de esas ultrahormonales edades resultase suficiente para encender tantos fogones, el secreto consiste en perpetrar algunas imprescindibles salvajadas, por ejemplo arrancar tablones de cercos y, si no alcanzaran, troncos de árboles.
Cada mañana quedan rastros de la depredación realizada: botellas rotas, maderos semicarbonizados de los que sobresalen clavos, prueba palmaria de que pretendían cumplir misiones más duraderas que consumirse a medias por quienes no conciben otra manera de entretenerse si no destruyen algo. Así, es común observar, al día siguiente, en inmediaciones de ese balneario, pasarelas y cercos desdentados, con las maderas faltantes, ya que los pequeños aristócratas decidieron socializar la propiedad ajena en pos de su divertimento nocturno.
Si los tatarabuelos o bisabuelos de esta fogosa chiquilinada los vieran en acción, no dudarían en pensar que se trata de hordas peronistas, y, sin embargo, mire usted.
Las autoridades uruguayas se desentienden del problema como si lo narrado sucediese del otro lado del Río de la Plata o en otro planeta. Apercibir a un menor, alegan, podría representar un problema mayor, y no importa que en el camino caigan derechos de terceros (autos con sus espejos arrancados o con sus puertas rayadas, transeúntes o automovilistas intimidados por las calles invadidas, turistas que rescinden los contratos de las casas que alquilan, hartos del batifondo que no los deja dormir).
Presumo que en algunas décadas no faltará quien refiera estos inexplicables episodios como una incomprobable leyenda, quizás producto del resentimiento social de quienes no pueden acceder a estas tan bellas como onerosas playas. Si para entonces aún estoy vivo, daré testimonio de que todo lo contado es real. Tristemente real.
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