
"Los grandes problemas ambientales se agravaron"
Inquietan las emisiones de gases, la sobrepesca y la tala de bosques
1 minuto de lectura'

"No aceptamos dinero de ningún tipo de empresa. Para nosotros es un valor muy importante la independencia." Gerd Leipold, director de Greenpeace Internacional, de visita por primera vez en la Argentina, intentó despejar así la pregunta que deben haberle hecho mil veces.
Pero, como la respuesta parece "de manual", hay que insistir:
-¿Y si Bill Gates quisiera aportar a Greenpeace en calidad de ciudadano?
-Como individuo puede hacer algún aporte, pero si la donación fuese demasiado grande no se aceptaría porque podría parecer una amenaza -dijo Leipold. Incluso, en la mirada de este alemán que actualmente es un referente de la lucha ambientalista en el mundo, puede intuirse que el desafío le divierte.
-¿Y si...? -persistió LA NACION.
-No se recibiría dinero de Microsoft, ni tampoco una cifra grande de Gates -cortó Leipold para hablar de otra cosa.
En una entrevista concedida a LA NACION el director ejecutivo de Greenpeace se refirió a los principales problemas ambientales, como el calentamiento global, la preservación del agua y la desaparición de los bosques en oportunidad de cumplirse pasado mañana el Día Mundial del Medio Ambiente.
"Sin ninguna vergüenza, reconocemos que queremos ser populares, porque es nuestra responsabilidad llegar a la mayor cantidad de gente, pero no queremos ser populistas. Reconocemos que podemos ser criticados por eso", admitió y agregó: "No es suficiente con que los políticos tomen conciencia ambiental, porque es el sector económico el que requiere un marco sustentable de desarrollo".
Leipold, de 54 años, ingresó en Greenpeace como voluntario en 1980, inducido por una novia. "Me dijo que no quería a un científico aburrido como su padre y me convertí en activista", comentó. Tres años después Leipold cruzaba el Muro de Berlín con un globo aerostático en plena Guerra Fría para protestar contra los ensayos nucleares en el mundo. "Terminamos presos, nos interrogaron y deportaron", recordó Leipold, físico de carrera y con un doctorado en oceanografía.
-Si bien hay más conciencia ambiental en el mundo, parecería que las cosas no han mejorado.
-No. No están mejor. Los grandes problemas se agravaron: las emisiones de gases y la sobrepesca; la pérdida de los bosques antiguos y la cuestión de la contaminación del agua. Pero hay que reconocer que la conciencia es mayor y que la educación ambiental logró un lugar en los planes de estudio de todos los países. El tema cobró importancia dentro de las grandes empresas, que, incluso, empezaron a ganar dinero con esto y eso es bueno.
-¿No hay algo de eso, pero al revés, en casos como la presentación de Evangelina Carrozzo para quejarse de las papeleras en Viena?
-En estos tiempos no se puede movilizar a la gente con largos panfletos. Debemos buscar formas atractivas. En ese sentido, buscamos hacer cosas espectaculares, porque es una nueva manera de mostrar la realidad.
-¿El tema de la protección de las ballenas no significa una especie de spot publicitario?
-No sólo para Greenpeace es importante la cuestión ballenera. Es un ícono ambientalista en el nivel mundial. Estuve en la marcha en el Obelisco [el domingo pasado] y vi familias con chicos que, tal vez, no conocen las problemáticas sobre cuestiones de contaminación química, pero sí comprenden la imagen de un hermoso animal que es masacrado.
Greenpeace se fundó en 1971, cuando la cuestión ambiental se reducía a una inquietud antinuclear. Hoy, esta ONG recauda 170 millones de euros anuales y cuenta con 4,8 millones de contribuyentes en el mundo. En la Argentina hay 32.000 personas que aportan a Greenpeace. La tala de los bosques en el Norte -se calcula que desaparecen 250.000 ha por año-, para reemplazar por tierras agrícolas, y la instalación de la pastera Botnia hicieron emerger un fervor ambientalista poco conocido aquí.
-¿Cuál es su posición con respecto a la tala de bosques para destinar a la agricultura?
-Nos oponemos porque son fundamentales como reguladores hídricos, en especial, ante la amenaza del cambio climático. Además de la importancia de la biodiversidad, claro.
-A la Argentina, sin embargo, parte de la soja que se siembra sobre desmontes le permitió salir de la crisis en 2002.
-No hay ninguna duda. Pero la experiencia demuestra que la dependencia de un cultivo es riesgosa: no trae beneficios. La vieja economía basada en la venta de commodities es muy fluctuante. En cambio, los bosques se talan una sola vez y nunca más se recuperan.





