Los libros en idioma extranjero, un mercado que se cotiza en baja
Barreras: las obras escritas en francés, italiano y alemán tienen cada vez menos lectores. Sólo se salvan los textos escolares en inglés y las novedades editoriales que llegan del Brasil y de Japón.
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En un mundo donde las fronteras idiomáticas caen al ritmo del muro de Berlín, cualquiera imaginaría que las librerías de textos en idioma extranjero están haciendo un buen negocio. Sin embargo, esta imperiosa exigencia de idiomatización no se traduce en ventas. Las obras en francés, italiano y alemán parecen tener una misma y triste suerte: se transforman en un lujo que muy pocos pueden pagar. Una tendencia que se acentúa, y que el librero no logra ocultar detrás del mostrador.
Sólo las obras en inglés y sus importadores, junto con el portugués y el japonés, dos productos de la globalización, escapan a este triste panorama.
El adiós a Leonardo
El esplendor de la literatura en italiano sufrió un golpe bajo cuando cerró Leonardo, hace cinco años. Según Marcelo Huernos, de la librería Dante Alighieri, el 90% de su público actual son estudiantes, que compran libros de texto. "La colectividad italiana misma ya no viene como antes", reconoce.
¿Una razón? El libro importado de Europa es un 20% más caro que el editado en la Argentina, y cuesta el doble que el que llega de los Estados Unidos.
Rosel Albero, de la librería Joyce, Proust and Company reconoce que los lectores de italiano no han aumentado, y que la mayoría de sus compradores en esa lengua provienen de la desaparecida Leonardo.
El francés,con toda su seducción, no escapa al flagelo de los costos y de los nuevos programas de los colegios, que suelen considerarlo demodé y lo reemplazan con el inglés.
Joyce, Proust and Company intentó vender los clásicos de la literatura francesa en su idioma original, pero el público y los costos la obligaron a desistir. De Proust, sólo quedó el nombre.
Por su parte, Edicial reconoce que el francés ya no es un habitué, y que los pedidos del público dependen de la época del año. En marzo se venden libros de texto para liceos y colegios. A fin de año, la excusa para esos "lujos" son las fiestas y las vacaciones. También se compran libros de bolsillo, cortos pero más al día con nuestros tiempos.
"La lengua francesa está en peligro", opina sin rodeos René Marie, de la Oficina del Libro Francés. Su preocupación se remite a la reforma educativa, que favorece la enseñanza del inglés, en detrimento del francés y del italiano.
Fausto ya no vende ni su alma
El idioma que cristalizó las ideas de Kant, Kafka y Freud también está en crisis. Desde la muerte de la librería Beutel Spacher, el alemán no puede recuperar terreno en nuestro país. Con sus 62 años en la calle, la recuerda con nostalgia una de las pocas competidoras que sobreviven, la librería Goethe. Los libros de bolsillo y los diccionarios han superado en ventas a los tratados de filosofía. Una curiosidad: "Es típico el cliente que quiere aprender alemán tan sólo para disfrutar a Freud en su lengua", comenta Karin Storch, de Goethe.
La paradoja del inglés
El incremento de ventas de libros en inglés, que contrarresta con otros idiomas, no nace tanto del gusto por Shakespeare como del desempleo, que obliga a una capacitación cada vez mayor para obtener el mismo puesto. La reforma educativa, que incentiva la enseñanza del inglés, es otra de las razones. Bautista Leoncio Tello, de la librería Rodríguez -una de las cuatro importadoras de libros en inglés de la Capital Federal, creada en 1903- asegura que el éxito del inglés se da sólo en los textos para aprender el idioma, no en la literatura.
Pero el libro de texto no está exento de amenazas: las fotocopias por un lado y la reventa de textos de segunda mano, por el otro, son consecuencia de la falta de dinero.
Una realidad que llevó a la importadora ACME a realizar campañas en contra de las fotocopias, y a la librería Kel a contactarse con las escuelas mediante telemarketing directo para ofrecer precios especiales por cantidad. Eduardo Estari, otro importador, admite que no todo tiempo pasado fue mejor, y recuerda cuando "en 1989 un libro costaba el 30% de un sueldo".
Libreros en peligro
Excluido del auge del inglés y del éxito comercial de las importadoras, el librero de barrio se come las uñas. El cliente se dirige ahora a las grandes casas de importación, que combinan variedad con grandes ofertas, y deja al "amigo librero" al borde del camino. José Luis Retes, de Fausto, llegó de Francfort con un descubrimiento bajo el brazo: el libro inglés o estadounidense está mucho más barato en el exterior de lo que llega a la Argentina, luego del remarcado de las importadoras.
En El Ateneo, los costos se abaratan con las coediciones de obras entre nuestro país e Inglaterra.
Otro librero, Gustavo Rodríguez, se queja porque "los importadores no están a término con la situación a la hora de poner precios y tratan de llegar directamente a las escuelas, sin la mediación del librero".
Los frutos del intercambio
El portugúes, que invade las bibliotecas de los porteños a través de la librería del Centro de Estudios Brasileños (CEB), es una de las consecuencias culturales del Mercosur. Como depende de la embajada del Brasil, no paga aranceles aduaneros ni fletes, y llega al país con su precio de origen. El Centro Cultural Japonés vende cada vez más diccionarios, textos de aprendizaje y revistas.
Tanto los hijos de japoneses residentes en el país como los argentinos que planean su futuro en Oriente, aprenden un idioma que promete ser moneda corriente en el mundo de los negocios.
Memorias de libreros y de librerías
De las corrientes culturales que influenciaban a nuestros padres fundadores muy pocas se originaban en España. De los Estados Unidos, Inglaterra y sobre todo de Francia era de donde venían los nuevos estremecimientos en economía, sociología y literatura.
Y venían en libros que se disputaban los más cultos, los mejor informados. Por eso saber leer y escribir quería decir saber leer y escribir en francés y en inglés. De entonces data la aparición de secciones en "idioma" en las librerías de Buenos Aires.
Cuando yo llego de Córdoba, en 1951, solo y abandonado, descubro que tengo más amigos en los libros que en las calles de la ciudad.
Se me da entonces por visitar la parte impresa del mundo. Y así, antes de soñar con que algún día las librerías serían mi hábitat natural, me convierto en amigo, más que cliente, de casi todas, además de frecuentar las mesas de Moro en Corrientes al 1400 (donde encontré una primera edición de los poemas de Antonio Machado por 3 pesos) o pedirle a don Constantino Caló en La incógnita, de Cangallo al 1400, que me vendiera esa edición encuadernada de "Domingos dibujados desde una ventana", de Horacio Rega Molina, por dos pesos.
Otros recuerdos
Y además de pretender ser amigo de don Marcos Sigman en su mágica librería Fray Mocho (Sarmiento 1820),también entraba en esas que aún quedaban, inglesas, francesas, italianas o alemanas.
La primera que recuerdo es Galatea, en Viamonte casi Florida, atendida por sus dueños Pierre y Gategnó. Al entrar, no se podía dejar de admirar el afiche donde Gérard Philippe masticaba un libro tras otro debajo de un enorme cartel que incitaba:Mangez des livres!
A la vuelta, por Florida, está Viau y Zona, que tiene en sus anaqueles joyas encuadernadas con poemas de Baudelaire, Rimbaud y Apollinaire.
En la esquina de Corrientes y San Martín está la librería inglesa Pigmalion, atendida por dos damas encantadoras y con los Peguin Books a precios baratísimos. Y en Cangallo al 500 está Mitchell, una enorme librería inglesa donde la balanza se inclina hacia las nuevas editoriales norteamericanas.
Para libros alemanes hay que ir a Beutelspacher, en Sarmiento al 800, y hacerse amigo de esa pareja que atiende con toda deferencia y te deja mirar la grafía de aquella belleza de las "Canciones a Mignon", de Goethe, cuya primera línea traducida diría algo así como: Conoces tú el país del limonero en flor?
Y en Corrientes casi Florida está la propia librería Goethe, enorme, donde podés mirar sin que nadie moleste queriéndote vender. Por Córdoba hacia abajo, ¿al 300?, está la librería italiana Leonardo, mostrando en su vidriera libros que dan hambre, ganas de devorarlos, enormes reproducciones de Da Vinci y bellísimos Botticelli.
¿Qué se hizo de aquellas librerías? Esos empleados que sabían todo, ¿en qué se convirtieron? ¿Qué fue de tanto lujo y esplendor? Dónde y por qué se fueron?
Suponemos que los que descendían de los barcos necesitaban seguir leyendo en su idioma y que sus hijos lo seguían haciendo, pero ya no sus nietos, que han anclado, también ellos, en el español. No creo que se trate de un problema de dinero.
Lo cierto es que esas librerías desaparecieron, las editoriales de las distintas colectividades dejaron de publicar y hasta las secciones que casi todas las librerías importantes tenían en idiomas extranjeros se han reducido o dejaron de existir. pero es bueno recordar a aquellos que desde atrás de sus mostradores trataban con sus libros de hacer luz en la noche del razonamiento.
(*)Director de la Biblioteca Nacional
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