¿Lotería genética?: un nuevo estudio sugiere que la esperanza de vida de una persona está escrita en los genes
El trabajo indica que quienes tienen familiares longevos probablemente tengan mejores perspectivas de llegar a edad muy avanzada; algunos especialistas lo cuestionan
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NUEVA YORK.- Según un nuevo estudio, llevamos nuestra potencial esperanza de vida escrita en los genes. Se puede prolongar un poco con un estilo de vida saludable, pero si nuestro potencial genético, por ejemplo, es de vivir hasta los 80 años, es poco probable que cualquier medida que tomemos prolongue nuestra vida hasta los 100 años.
Esa es, al menos, la conclusión del artículo publicado el jueves pasado la revista científica Science.
El doctor Uri Alon y otros investigadores del Instituto de Ciencias Weizmann de Israel extrajeron los datos para su estudio de tres conjuntos de datos de gemelos suecos, incluyendo un par de gemelos criados por separado. Para comprobar la generalización de los resultados, los investigadores también examinaron datos de un estudio sobre 2092 hermanos que vivieron más de 100 años. Su objetivo era identificar factores externos que pueden afectar la longevidad de una persona, como infecciones o accidentes, además del factor genético intrínseco.
Y en el informe resaltan que el envejecimiento es básicamente hereditario, una conclusión que contradice gran parte del saber médico convencional sobre la dieta, el ejercicio y los hábitos saludables. Esos hábitos son importantes para la calidad de vida de una persona, pero se topan con otra forma de saber popular: no se puede convertir en centenario a alguien que no tenga también una herencia genética de longevidad.
“Si querés calcular tus propias probabilidades de llegar a los 100 años, yo diría que observes la longevidad en tu familia”, apunta el doctor Thomas Perls, geriatra y director del Estudio de Centenarios de Nueva Inglaterra de la Universidad de Boston. Los datos publicados de su estudio sobre centenarios norteamericanos fueron utilizados en el nuevo análisis, aunque él no participó del mismo.
Mensaje
“Este artículo transmite un mensaje muy contundente”, señala S. Jay Olshansky, profesor emérito de epidemiología de la Universidad de Illinois en Chicago, quien tampoco participó en el estudio. “No tenemos tanto control como creemos tener”, indicó.
“Algunos manejan un Mercedes y otros un Yugo”, dice en referencia al automóvil compacto y económico de la antigua Yugoslavia.
Las conclusiones del estudio —que los genes son cruciales determinantes de la longevidad— coinciden con lo que se sabe sobre otras especies, señala Daniela Bakula, de la Universidad de Copenhague. La doctora Bakula, coautora de una opinión externa publicada por Science junto con el artículo de Alon, agrega que la esperanza de vida de todos los demás organismos estudiados “tiene un fuerte componente genético”.
El nuevo artículo utilizó modelos estadísticos y matemáticos para eliminar las causas de muerte que no parecían estar asociadas con el envejecimiento en las camadas analizadas.
Ese tipo de análisis, dice Olshansky, es complejo y en el artículo “ha sido excepcionalmente bien realizado”.
Los investigadores utilizaron los datos de mortalidad de gemelos suecos nacidos entre 1900 y 1935, un período en el que, a pesar de las guerras mundiales, la Gran Depresión y la pandemia de gripe española, se produjeron grandes mejoras en materia de salud y de atención médica. Según el doctor Alon, se trató de un “experimento natural”: en esa época, varios factores extrínsecos que afectaban la mortalidad habían disminuido.
Esto llevó a su grupo a estudiar los efectos de dichos factores. Para comprobar sus resultados, los compararon con la esperanza de vida que reflejaba otro estudio, realizado sobre gemelos daneses nacidos entre 1870 y 1900. En aquellos años, se produjeron numerosas muertes a temprana edad por enfermedades infecciosas, como la difteria y el cólera.
Los estudios suecos incluyeron algunas causas de muerte, como el cáncer, las enfermedades cardiovasculares y la demencia. Alon y sus colegas descubrieron que el cáncer era el menos propenso a verse afectado por la genética, mientras que la más probable era la demencia.
Finalmente, sus análisis condujeron a una estimación de que los genes explican más del 50% de las diferencias en la esperanza de vida de una población, en comparación con el 25% o menos que sugerían las investigaciones anteriores.
La razón de esa disparidad en comparación con los estudios previos, explica. Alon, es que aquellos estudios incluían a personas que habían fallecido a edades más tempranas, por causas como accidentes o enfermedades no relacionadas con sus genes. Por lo tanto, si los genes desempeñaban un papel menor, se deba por sentado que el estilo de vida era importante.
Alon no discute la importancia del estilo de vida. De hecho, calcula que ciertos hábitos, ya sean saludables o no, pueden añadir o restar unos cinco años a una esperanza de vida determinada por la “suerte” que representan los genes. Una persona con predisposición genética a vivir hasta los 80 años, por ejemplo, puede morir a los 75 si no tiene hábitos saludables. Y si todos sus hábitos fueran saludables, podría vivir hasta los 85.
“Provocador”
O como lo expresó Olshansky, llegar a una edad muy avanzada “no es posible a menos que al nacer ya nos hayamos ganado la lotería genética de la longevidad”.
El doctor Bradley J. Willcox, director de investigación geriátrica de la Universidad de Hawái y responsable de los estudios sobre el envejecimiento en el Centro Médico Kuakini de Honolulu, calificó el artículo de “provocador”, y afirma no estar del todo convencido.
“No es posible trazar una línea clara y definida entre causas intrínsecas y extrínsecas de muerte”, afirma Willcox. “Muchas muertes se encuentran en una zona gris donde la biología y el entorno se superponen”.
Explica, por ejemplo, que los genes pueden determinar la letalidad de una infección. “Si se cambia la forma de etiquetar esos casos límite, los resultados cambian”, dice Willcox.
La fuerte incidencia de los genes en la esperanza de vida no implica que el estilo de vida pueda ser ignorado, señala Perls, y menos quienes no tienen los genes de los centenarios. Seguir una buena dieta, no fumar, mantener un peso normal y hacer ejercicio con regularidad pueden marcar una diferencia notable en la longevidad de una persona. Perls agrega que los buenos hábitos incluso pueden ser más útiles de lo que sugiere Alon cuando señala que la diferencia entre la edad de muerte de una persona que solo tiene hábitos saludables en comparación con alguien sin ningún hábito saludable no supera los 10 años.
Perls dice que estudios observacionales de la Universidad de Harvard revelaron que una mujer de 50 años con hábitos saludables puede vivir hasta los 93. Si no tuviera ninguno de esos hábitos —si fumara, llevara una dieta poco saludable, no hiciera ejercicio y bebiera más de lo aconsejable—, viviría hasta los 79. Para un hombre de 50 años, un estilo de vida saludable podría permitirle vivir hasta los 88, en lugar de hasta los 76.
Sin embargo, Perls señala que cuando se trata de vivir hasta una edad muy avanzada —más de 90, o incluso 100 o más—, los genes son un factor importante.
Sin embargo, Olshansky dice que incluso para quienes se ganaron la lotería genética “es fácil acortar la vida, pero muy difícil prolongarla”.
Traducción de Jaime Arrambide
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