
María Elena Walsh: clásica y moderna
Con una dilatada trayectoria en la cultura, la escritora mira el presente desde una perspectiva siempre exigente
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Se puede plantear una entrevista de diversas maneras, pero sentarse a conversar con ella es como reencontrarse con alguien a quien se conoce mucho. Aquí está María Elena Walsh. La que acunó los sueños infantiles de varias generaciones. La que desnudó un país-jardín-de-infantes. Y también la protagonista de una tórrida controversia sobre la carpa blanca de los docentes, cuando la criticó en una carta abierta publicada por La Nación .
Su presencia llena el living de la casa con apenas decir unas palabras. Y los estantes de libros (muchos de ellos en inglés) y de discos compactos (donde conviven la música clásica y la popular con absoluta comodidad) pasan a un segundo plano.
La escritora vuelve hoy a la palestra con la inolvidable tortuga Manuelita. Su criatura más famosa será protagonista de una película animada con guión y dirección de Manuel García Ferré, el padre de Anteojito y Antifaz. El film será coproducido con Telefé.
Hace unos días, en Pinamar, donde dio una charla por primera vez, Walsh le contó a La Nación que por estas horas anda muy ocupada en la escritura de un nuevo libro, donde recopilará artículos publicados por la prensa y otros inéditos. En tanto revisa los borradores de lo que podría transformarse en su primera novela, la autora no deja de sorprenderse con su propia vigencia;con lectores que generan nuevos lectores, a medida que se suceden las reediciones de sus libros.
El brillo de la cultura
-¿Cómo ve la cultura hoy?
-A mí me parece que es un momento muy brillante, porque hay de todo. Hay una oferta de creación propia o ajena que pasa por acá, y el público es impresionante. Nadie previó que el público pudiera ser tanto. Los museos quedan chicos, las salas quedan chicas, no hay un auditorio de las dimensiones que se necesitan. La gente va a ver todo, aparte... ¡con una curiosidad! Por supuesto, eso coexiste con una situación económica durísima, pero quizá por eso también la gente necesita respuestas, entretenimientos, pensamientos y la locura que le pueden ofrecer los artistas.
-¿Y cuál es el rol del artista?
-Hacer lo que tiene que hacer. No engancharse más que en lo que necesite comunicar. Y, en mi caso, en el caso de los autores, que no se nos caiga la impresora, porque vamos a tener que volver a la pluma. Resistirse a las computadoras es también como una cuestión de carácter. Es como volver a la plancha de carbón, pero las de ahora son mucho más cómodas. Tampoco hay que esclavizarse teniendo el aparatito más nuevo. También pasa en la música donde se busca más el volumen que la calidad. Ahí yo no puedo entrar. Me parece un recurso muy agresivo.
-¿Por qué cree que su obra perdura a través de las generaciones?
-A mis trabajos trato de no verlos... Ahí están... Estoy muy contenta de que sigan circulando. Tienen su público durante tantos años por razones que desconozco... a lo mejor, porque no fueron hechos con fines comerciales ni de perdurar ni nada de eso. Creo que perduran porque son discos tranquilos, no excitantes como la música para chicos que se hace, en general. Y porque es una forma de conservar el lenguaje, un castellano para chicos. Creo que el lenguaje no envejeció porque tampoco quiso estar de moda. Hay cosas que envejecen siempre, ciertas referencias que quieren ser modernas, envejecen, sobre todo las máquinas, los vehículos. Cuando yo puse deliberadamente un cuatrimotor, ya era una cosa anacrónica, pero si en serio hubiera puesto el avión a chorro, sería mucho más anacrónico. Por ahí hay también algunas cuestiones de lenguaje que, por ser fashion , por adular al público juvenil o infantil uno las utiliza y después mueren, y nadie sabe qué quieren decir.
-Su creación se da en ciclos; música infantil, canciones para mayores...
-Y también he tenido mi ciclo como autora de televisión. No me avergüenzo; todos hemos ejercido la "prostitución" alguna vez.
-¿En los sesenta?
-En los sesenta, sí. Incluso yo empecé cuando existía sólo Canal 7.
-¿Medía usted aquellos ciclos?
-No, yo sentía que se me acababa... ¿la inspiración? O que había tenido determinadas cosas que decir hasta ahí, que no podía continuar y no podía incurrir en la repetición o el autoplagio. Hay muchos autores, y lo digo con mucho respeto, que son autores de una sola canción, de un solo tema. Muchos escritores dicen que todo lo que escriben es autobiográfico. Y a otros se les corta. Es importante saber que, a veces, las cosas terminan en un momento.
-¿Le pasó también con los libros?
-Con la literatura me pasó algo semejante. Normalmente, la gente empieza con la poesía, y yo también. Después me desvié hacia la literatura infantil, pero creo que no soy capaz de escribir una novela. Y en estos últimos años me dediqué más constantemente a la crónica periodística, que me gusta mucho, pero siempre hice periodismo, hasta en tiempos de la dictadura.
-Usted es una suerte de referente inevitable en varios terrenos de la cultura. En cada etapa dejó un trabajo definido... ¿le pesa?
-Eso es interesante, porque yo entro en ese paquete de "la era del sesenta". En esos años hice canciones, recitales, libros para chicos; lo que no impide que en esos recuentos que hagan, a gente como yo o a Leonardo Favio, que tuvo mucho peso en esa década, nos borren del mapa. Por razones políticas, por falta de información, o por la discriminación que se hace entre materias cultas y populares, que es algo bastante disparatado. Yo estoy contenta y orgullosa de haber formado parte de un gran paquete de creación que es esa época.
-Tal vez lo que más se extraña de aquellos años es la libertad que existía en todos los terrenos.
-Eso es muy curioso y muy gracioso: fue la época de Onganía. También es muy interesante que seamos objetivos: Onganía entró atropellando, censurando, con canas en la Universidad, un cuñado que hacía una censura religiosa... a Sara Facio le prohibieron la presentación de un libro de fotos porque tenía textos de Cortázar. No sé cuánto duró esa mano dura, pero después se ablandó, porque se hicieron muchas cosas y hasta hubo un florecimiento comercial muy importante; fue una época de gran venta de libros argentinos, de autores populares. Menciono a Leonardo Favio, pero tampoco me olvido de que fue el primero en romper las máquinas por la cantidad de discos que vendía. Hoy, en el balance de esa época se habla del (Instituto) Di Tella, que fue maravilloso pero mucho más minoritario. Todo estaba emparentado y lo bueno es sentir que uno formó parte de esa historia, y no decir "yo era mejor, el otro no".
-Se observa un revival de aquella década en este fin de siglo, ¿por qué se extrañan los años sesenta?
-Fue una ebullición creativa en el mundo. Si pensamos en Bob Dylan, los Beatles, nosotros con Leguizamón y Castilla, el café concert, el music-hall, los libros... fue un momento muy importante. Igual, ahora lo estamos idealizando como todas las cosas pasadas. Lo estamos inflando un poco.
La cultura en democracia
-¿Eso tendrá que ver con eso de la muerte de las ideologías o la falta de idealización de un futuro?
-Eso también es una ilusión óptica. También en ese proyecto de futuro creíamos que íbamos a vivir en un planeta un poco más equilibrado. En esa época también se negaba el futuro. El movimiento hippie no aceptaba el futuro propuesto. Será que ahora no lo vemos...
-¿Hay opciones?
-La cultura ahora está absolutamente democratizada. Los discos no cuestan fortunas. También están las ediciones económicas, los libros clásicos que se editan a bajo precio. Creo que hay muchas opciones. Lo que me fastidia es que en esta amplitud de cosas que existe, a los chicos no se les ofrezca todo lo que hay, o por lo menos unas cuantas cosas, se les dé una sola cosa que, en general, es un producto muy efímero y muy comercial, para que se sacudan un rato y nada más. Los chicos de cualquier nivel cultural, pueden por lo menos enterarse de que hay otro tipo de música. Cuando no se enteran, se van cerrando.
-¿Cómo es hoy su relación con los chicos?
-Ellos me cuentan cosas, tenemos pequeñas conversaciones, porque a mí no me gusta forzar una conversación. Me los encuentro por ahí y, a veces, esos encuentros son conmovedores, como una nena que de repente me descubrió en la Quinta Avenida de Nueva York. Se me acercó llorando... había descubierto que su abuelita estaba en Nueva York. También me pasa acá, con madres jóvenes o contemporáneos que les regalaron mis discos a sus hijos y luego a sus nietos. Hay una relación muy afectiva y muy discreta. No es ese diálogo cargoso que puede darse cuando se fuerza a un chico para que dé un beso. Me parece terrible.
-Pasemos a los adultos.
-Se me acabó la cuerda. Ahí fui muy consciente de mis limitaciones y de mi ignorancia. Mis conocimientos musicales son nulos, entonces podía llegar hasta ahí, con la noción de que a la música popular había que enriquecerla más. Podía seguir haciendo letras, pero no me atrajo mucho.
-¿Cómo se siente cuando otros interpretan sus canciones?
-Hay muchos, y de primera. Cuanto más personales sean, más me gusta... ¡mientras no me cambien las letras! Lo hicieron Susana Rinaldi, el Cuarteto Zupay, Julia Zenko... y un disco de Liliana Vitale y Verónica Condomí, que me sorprendió mucho. Y me olvido de muchos. Y, claro, el disco homenaje que me hicieron hace poco con Baglietto, que es una debilidad, y Patricia Sosa, Serrat. Y no descarto hacer algo alguna vez con Baglietto, me encantaría.
Dama multifacética
A los 22 años, María Elena Walsh echó a andar por América latina y luego por Europa. Un oportuno encuentro con Leda Valladares, por aquellos días, le permitió sobrevivir una larga temporada en París mientras ambas se ganaban la vida en un dúo de voces.
Cuando regresó al país, cuatro años más tarde, puso manos a la obra en la creación de canciones y espectáculos de teatro para niños.
En 1959, tras estrenar "Los sueños del rey Bombo" desembarcó en la televisión de la mano de María Herminia Avellaneda, donde adquirieron vida propia los personajes Doña Disparate y Bambuco.
Su resonante espectáculo "Canciones para mirar" tuvo su momento de gloria a comienzos de los años sesenta.
En 1968, la crítica especializada y el público recibieron con beneplácito su obra "Juguemos en el mundo".
Multifacética y siempre personal a la hora de brindar sus puntos de vista, Walsh tiene -al margen de sus populares canciones- también una extensa obra literaria, varias veces reeditada y permanentemente pedida por el público. Seix Barral (Planeta) reimprimió a mitad del año último su texto de poemas "Otoño imperdonable", en dos ediciones de 5000 copias cada una. Cuando el libro apareció en 1947, lo acogieron con entusiasmo nombres célebres como Pablo Neruda, Eduardo Mallea, Juana de Ibarbourou. La mayoría de sus libros infantiles, editados por Planeta y Espasa Calpe, datan de los años sesenta.
Entre sus obras más vendidas se hallan: "Manuelita ¿dónde vas?" (1997), "El reino del revés" (1965), "Zoo loco" (1965), "Cuentopos de Gulubú" (2966) y Dailan Kifki" (1966).
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