"Nadie está libre de que le pase algo así"
La doctora Silvia Chevel hace el seguimiento clínico de sobrevivientes y familiares de víctimas; habla de las secuelas de la tragedia y del peligro que supone la indiferencia
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"Los médicos curamos cuando tenemos el privilegio de poder curar. Tenemos la obligación de aliviar el dolor todas las veces que podamos y de acompañar cuando no se puede. Siempre acompañar".
Lo dice la doctora Silvia Chevel. La noche del 30 de diciembre de 2004 vivió de cerca lo que ocurrió en Cromañón y a los pocos días dio inicio a un programa de atención a damnificados en el hospital Santojanni.
Alrededor de 600 personas, entre sobrevivientes y familiares, se atienden en el circuito de salud pública porteño. Muchos de ellos forman parte del Programa de atención integral y permanente para damnificados de la tragedia de Cromañon, del que Chevel forma parte.
"Más allá de los pacientes derivados para internación, en los primeros días de enero de 2005 empezó a llegar un montón de gente. Muchos de los damnificados son de esta zona y de La Matanza, que tradicionalmente se atienden en el Santojanni", cuenta Chevel a LA NACION en su consultorio.
Los casos más recurrentes, por esos días, eran complicaciones respiratorias, cefaleas, cambios de carácter y somnolencia, además de todo el shock emocional que acompaña a la etapa inicial de un evento tan traumático.
A muchos de ellos, cuenta Chevel, se les hizo un seguimiento interdisciplinario. Sin embargo, otros decidieron abandonar los tratamientos. "Es muy importante que todos los que pasaron por esa tragedia sigan haciéndose controles neumonológicos, tengan o no síntomas", subraya.
"Una persona con alguna vulnerabilidad respiratoria previa, como asma en la infancia, neumopatías, trastornos bronquiales, EPOC, tabaquismo u otras adicciones, tiene muchas más posibilidades de desarrollar a futuro problemas en el árbol bronquial. Ahí es donde tenemos que focalizar", agrega.
Síndrome del aniversario
Existe un fenómeno, previsible pero inevitable, que provoca profundas recaídas tanto en sobrevivientes como en quienes perdieron seres queridos cada vez que se acerca un nuevo 30 de diciembre. Chevel lo define como el "síndrome del aniversario".
Aquello que perdieron no se puede recuperar y eso lleva un trabajo que muchas veces no está completo
"Lo que genera son reagudizaciones. Pueden venir de momentos de aparente calma en el resto del año, pero en estos días trae trastornos del sueño, recuerdos de lo vivido, angustia, culpa por ser sobreviviente. Esto, además, imposibilita disfrutar de momentos gratos o reconocimientos por logros obtenidos, como ser un diploma o un título", explica la doctora antes de volver sobre el sentimiento de culpa.
"Todas estas cosas que tienen que ver con sentirse culpable por haber salido con vida de un lugar de donde no salieron amigos o familiares. Se recuerdan las voces de pedidos de auxilio. Es una vivencia que vuelve, y vuelve a lastimar".
En el caso de los familiares de víctimas, los tratamientos suelen ser diferente, pero no menos complejos.
"Para ellos es muy importante la atención de su situación vital con sus correlatos clínicos, que tienen que ver, en la mayoría de los casos, con los duelos no resueltos. Hay expresiones patológicas en todos los órganos y sistemas que, en algunos casos, llegan a comprometer la vida", explica Chevel.
"Veo un permanente desasosiego, insatisfacción. Aquello que perdieron no se puede recuperar y eso lleva un trabajo que muchas veces no está completo. Sienten que no tiene sentido el tratamiento porque de todas formas nada les va a devolver a sus seres queridos", explica Chevel. "Hay una gran sensación de injusticia, de impotencia", añade.
Indiferencia
"La nuestra es una sociedad capaz de un enorme altruismo y una admirable solidaridad, pero al mismo tiempo somos capaces de una tremenda indiferencia. En el caso de Cromañón vi las dos cosas a lo largo de los años. La indiferencia siempre es la peor opción, tanto en lo personal, como en lo profesional o social. Podemos cometer errores, pero prefiero el riesgo antes que permanecer indiferente, sostiene Silvia, que tiene dos hijos, de 21 y 23 años.
Sin embargo, para ella esa apatía tiene una explicación. "Trato de entender esa indiferencia en el desconocimiento del ciudadano común, que no sabe que esto es como una onda expansiva y que a lo largo del tiempo puede seguir trayendo consecuencias en lo físico, mental, emocional, social, de reinserción laboral o en estudios…", enfatiza con cierto tono de denuncia hacia quienes prefieren mirar hacia otro lado cuando se habla de la tragedia que marcó a una generación.
"Cuando pasaron los primeros años, la gente dijo ‘basta de Cromañón, ¿Qué quieren ahora? Ya está…’ Eso lo justifico por el desconocimiento que se tiene sobre estas cosas. No debemos caer en eso como sociedad. Y está en nosotros, los que sí sabemos lo que pasó, tratar de comunicarlo y darlo a conocer para que la gente se involucre y tenga en cuenta que nadie está libre de que le pase algo así".
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