Nunca pensé que eras vos
Franco y Paola pasaron de la amistad al amor casi sin darse cuenta. Eran el uno para el otro, pero en el origen de su vínculo hubo algo parecido a la traición, algo que no los dejaba vivir su romance con plenitud
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Primero fueron amigos; parte del mismo grupo de amigos que llevaba una década como manada. Ella fue de las últimas en sumarse, "una amiga de una amiga" que fue integrada después de algunas salidas, como si el tiempo no existiera en la amistad verdadera. Empezaba el año 2000 y todos estrenaban sus primeros veintis. Paola y Franco trabaron un vínculo de extrema confianza en cuestión de segundos; desde un principio tuvieron mucha afinidad pero no se gustaban. De hecho, Franco salía con una chica unos meses, y con otra, y con otra después; y Paola, siempre con perfil bajo, cada tanto sentía que se enamoraba de alguien. Por eso, primero fueron amigos.

Todo grupo tiene su historia y toda historia tiene sus internas; en esta manada, la más legendaria era la de Franco y otra amiga, que iban y venían en una relación de amor siempre dispar. Como esa amiga era quien había llevado a Paola al grupo, ella sabía cómo iban los capítulos de la saga antes de que se desataran en el grupo. Paola se transformó, con el paso del tiempo, en la amiga íntima de los dos. Así que las juntadas en los jardines de las casas de Berazategui empezaban siendo de a tres, o terminaban de a tres cuando el resto abandonaba las salidas. Las charlas de confesiones eran igual de profundas entre Paola y Franco, y entre Paola y su amiga, incluso cuando la habilitaban para dar su opinión sobre la pareja, que sostuvo un noviazgo tan bucólico como se puede a esa edad.
Pasaron tres años, la pareja se rompió y hubo llantos y reproches y cortes de teléfono que salpicaron al grupo hasta que, de a poco, se fueron reorganizando. Paola siguió siendo amiga íntima de ambos, por separado. Franco y ella empezaron a compartir nuevas salidas a solas, encuentros casuales como suelen hacer quienes se buscan sin intenciones. Hasta que un día ella se dio cuenta de que estaba enamorada de él y se quiso morir. Cada momento a su lado era un éxtasis, la vida le parecía mejor cuando hacían cosas juntos. Pero en su interior se repetía: es imposible. No se lo dijo a nadie. Reprimió cualquier indicio de amor frente a él y frente a todo el grupo. Empezó a aceptar salir con chicos que no le gustaban demasiado pero no funcionó de antídoto. El vínculo entre ellos ya era hermoso. Trató de alejarse pero Franco no registraba sus intentos y, como buen amigo, seguía siempre cerca suyo.
Luego de un año en el que Paola se dedicó a sacárselo de la cabeza sin éxito y sin que nadie más lo supiera, se encontraron en silencio frente a frente, en la habitación de ella, como una tarde más. Pero no fue una tarde más. Sin que ella pudiera imaginarlo, Franco le confesó que estaba confundido. Le dijo que sentía que ella era la mujer de su vida pero le resultaba extraño que se tratara de ella, su mejor amiga, la compañera de aventuras a quien jamás había visto como la mujer completa que era. Eso pasa en los grupos (lo hablaron tantas veces después), los roles quedan estancados durante años hasta que un misterio hace contacto con la vida y entonces cambian. Paola se puso tan nerviosa que no pudo reaccionar. Decime algo o me muero, le pidió él. Y le dijo: Yo te amo.

Fueron torpes los primeros besos y las primeras caricias. Fueron dulces pero con culpa, y con la certeza de que en verdad estaban enamorados. ¿Qué hacemos?, le preguntó ella el día después, sin haber podido dormir. Decidieron no contarle a nadie hasta que se sintieran seguros. ¿Seguros de qué?, se preguntó a sí misma mil veces. De que el amor entre nosotros valía la pena, le respondió Franco más de una vez. Pero cuando la mezcla de felicidad y soledad que cargaban empezó a resultarles insoportable, decidieron cambiar de estrategia. El primer plan fue separarse pero no funcionó. Lograron no verse ni hablarse durante dos meses, siempre sin que la manada notara los cambios, pero ninguno de los dos pudo sostenerlo. Para entonces, él iba a cumplir 30 años y se creía invencible; ella tenía 28 y estaba aterrada. Sabía que habían pasado cinco años desde aquella relación entre Franco y su amiga; que ella estaba viviendo con su actual novio, que iban a casarse. La amistad entre ellas había cambiado como cambia la vida mientras se vive pero seguía siendo fuerte. Paola la imaginaba a los gritos diciéndole ¡Traidora! ¡Desleal! ¡Garca! Imaginaba a la manada tomando partido, un sinfín de explicaciones para darles a todos y una condena feroz que no podría evitar.
Fue Franco el que dio el primer paso. Armó un encuentro entre los tres en su casa y tomó la palabra cuando hubo que empezar a hablar. Fue una charla breve, ni siquiera recuerdan muy bien cómo se lo dijeron. Pero no olvidan la reacción de su amiga, que no gritó ni rompió platos, pero se levantó de la silla y en silencio se fue de la casa. A las pocas horas, la manada sabía lo que había pasado y de a poco fue reaccionando. Esa misma noche, su amiga les mandó un mail en el que les decía que podía entenderlos pero que no podía evitar el dolor. Les explicaba que no sabía cómo seguir sosteniendo el vínculo con ellos y que por eso prefería "dejar todo así". Durante los siguientes años, no se hablaron. Paola intentó acercarse a ella algunas veces hasta que se dio por vencida.
En 2008 se fueron a vivir a Lyon, Francia, donde Franco siguió estudiando hotelería y Paola trabaja haciendo traducciones científicas. Se casaron allá, en una pequeña ceremonia a la que asistieron sus padres, los amigos nuevos y algunos miembros de la manada. Tuvieron mellizos que todavía no conocen la Argentina y, cada tanto, fantasean con volver. Una vez Paola volvió sola a la Argentina y aprovechó para buscar a su amiga. Se sentía más madura, más centrada, capaz de entregarse a ella con hermandad. Tuvo suerte, el tiempo había hecho lo suyo y el encuentro fue real. Hablaron durante horas, se emborracharon, salieron a caminar de noche hasta perderse; lloraron y se rieron con la misma intensidad. Fueron solas hasta el aeropuerto cuando Paola emprendió el regreso a casa, exultante. Se abrazaron. Largo rato se abrazaron y cuando se soltaron su amiga le dijo, mirándola a los ojos: "Está todo bien". Facebook las mantiene conectadas, comparten desde esa red sus mejores momentos. Se mandan regalos por encomienda y se llaman por teléfono en Navidad. Dos veces por año, por trabajo, su amiga tiene que viajar a Europa; siempre dicen que van a encontrarse en alguna ciudad pero hasta ahora no pudo ser. Le dice que es el trabajo, que nunca tiene tiempo.
Paola le responde que siempre la va a esperar.
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