
Pocos “pesados” y muchos “barderos”en el trágico motín
Un grupo de presos lo ideó para fugarse
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CORDOBA.– El miércoles último, el capellán de la cárcel de esta ciudad, Hugo Olivo, invitó a los presos a la misa. Los de los pabellones 5 y 6 no podían estar juntos en el mismo lugar. Había problemas entre ellos. Así se lo hicieron saber a Olivo los propios reclusos.
Olivo invitó a los del 6; a la próxima misa irían los del 5. Nadie quería sangre en la capilla. Los pabellones 5 y 6 son de admisión y hay muchos jóvenes que quieren exhibir, de cualquier manera, poder.
Eso genera roces, que se suman a los recuerdos de otras viejas pendencias de afuera. Eso era lo que pasaba, dijo el capellán, y lo mejor era que no se juntaran.
“¿Sabés lo que pasa, pibe? –dijo ayer por la tarde un tipo con voz de camión que dijo llamarse Luis, a unos 150 metros del penal–. La gilada, los pibitos quieren sacar cartel ahí cuando entran. Porque después pasan a los pabellones de atrás. Yo estuve en los pabellones de atrás. Sabés cómo les bajamos los humos a estos barderos.”
Atrás estaban los Luna. Juanchi y Julio Luna. Juanchi fue uno de los que, durante el motín, hablaban por teléfono celular con los negociadores del comité de crisis. Juanchi no perdió de vista al director de la cárcel, Emilio Corso, uno de los rehenes.
"¿Ves? Juanchi sí que pluma, carteludo", dijo el presunto Luis, que también es "pesado".
Hizo un movimiento con los brazos y el buzo se le levantó y dejó al descubierto un vientre blando con un tajo y otra cosa más, que asomaba desde debajo de los pantalones. Seguro que era la culata de un revólver. El presunto Luis sonrió. "En los motines siempre hay armas acá afuera. Por las dudas. Nunca se sabe qué van a hacer los cerdos. A mí -dijo- me gusta el 38 o una escopeta", dijo, y señaló con el mentón hacia la cárcel.
Cuando el presunto Luis dijo "pluma", se refirió al presidiario que domina uno de los 19 pabellones de la cárcel de Córdoba; cuando dijo "carteludo", hablaba de alguien que tiene cartel, fama de peso pesado; cuando dijo "cerdos", hablaba de policías y penitenciarios.
A estos últimos también pudo llamarlos "cobani". Todavía se usa esa vieja palabra del lunfardo. Viene de la deformación del término "abanico", en referencia a la forma que toma el manojo de llaves del carcelero.
Los pendencieros del 5 y el 6 se juntaron el jueves a la tarde. Fue la pelea que, según la versión oficial, desencadenó el motín.
La pelea, la pelea... Hay quienes dijeron que se usó la inquina entre pabellones para hacer la representación teatral de una gresca, con el propósito de tomar el penal y facilitar la fuga a un grupo de pesos pesados. Bueno... Hubo un intento de fuga en el que murieron tres presos. Otros dos resultaron abatidos dentro del penal .
Los muertos eran bravos; cuatro de ellos, reincidentes. Habían caído por violación, homicidio, asaltos, estafas. "Sabían que se iba a armar la podrida. Fijate lo de Carmona", dijo un hombre que, a juzgar por su vestimenta azul celeste, conoce muy bien lo que pasa adentro.
Y contó que Roberto José Carmona es uno de esos personajes que se hicieron famosos por matar a alguien. Carmona secuestró y asesinó a una adolescente que se llamaba Gabriela Ceppi. Eso fue en 1986. Ocho años después, dicen, habría terminado con la vida de un recluso y por eso no es muy querido en el presidio.
El miércoles por la noche, el mismo día de la misa, Carmona habría pedido que lo trasladaran porque algo iba a pasar adentro. "Lo trasladaron antes del motín", dijo el hombre que sabe lo que pasa detrás de esos muros de diez metros de alto que rodean el penal, construido en 1889 para 650 presos. "Ahora hay 1630 internos y somos 25 o 28 hombres por turno. ¿Qué te parece? Esto es una bomba de tiempo. A nosotros nos pueden reventar en cualquier momento. Eso, por 600 pesos si uno es agente y 950 si es oficial. Esto se va a pudrir en cualquier momento", soltó un guardiacárcel.
Después, durante el día, empezaría a circular la versión de que parte del personal tendría intenciones de hacer una huelga el viernes próximo.
Ayer, el ruido de los generadores de energía eléctrica llenaba el ambiente del barrio San Martín. El piso estaba cubierto de restos de comida, orina, papeles, colillas de cigarrillo y botellas de agua mineral. Cientos, no: miles de botellas de agua mineral aplastadas y esparcidas por la calle, el piso polvoriento del estacionamiento, el pasto del jardín que precede a los muros. Sobre el pasto había colchones y sobre los colchones, uniformados. Así pasaron la noche.
Todavía tienen armas
"La cosa no terminó. Todavía tienen armas. Faltan dos 9 mm y una ametralladora FMK 3. Dijeron que se entregaron y esas cosas. Pero tienen armas. Uno nunca sabe", dijo un guardia que custodiaba el perímetro.
El guardia pateó una botella. No fue un gesto de ira, sino de tedio. Después amaneció. La mañana fue gris. Cayó una llovizna fina, pero pertinaz. Al mediodía, las nubes habían desaparecido.
Lo que no había desaparecido era el tedio. Víctor Sosa aún estaba ahí, frente al penal, esperando. Sosa es el hombre que entró con el capellán para negociar el final del motín. Pero Sosa no es penitenciario. Es un ex preso que salió en libertad hace seis meses; tiene 54 años, 14 de los cuales los pasó tras las rejas. Contó que tiene dos hijos, de 20 y 21 años, que cayeron hace cuatro años por homicidio.
"Me metí a negociar porque tengo cartel, como el Juanchi", dijo el padre de familia. Es extraño: Juanchi Luna está preso por violación. Los que caen por violación nunca gozan de la simpatía de sus pares.
"No te confundas. No. Juanchi cayó por una violación, pero el no violó a nadie. Cayó por eso para proteger a un compañero. Adentro todos saben eso", dijo Víctor, y miró a un guardiacárcel. Hizo un movimiento de cabeza y se mordió el labio inferior.
"Mirá ese cerdo. Viene con custodia porque sabe que si quiero, lo limpio acá nomás. A mí me da más lástima matar a un animal que a un cristiano. A un cristiano de esos, digo." Después se acercó al que dijo querer matar y le pidió que averiguara cómo estaban unos presos.





