Por qué se genera un “efecto contagio” tras un tiroteo escolar y cómo frenarlo
En los casos de tiroteos masivos y ataques escolares, el efecto contagio existe y, de acuerdo con los expertos consultados, la Argentina no está preparada para controlarlo
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Desde la masacre escolar de Columbine, Estados Unidos, en 1999, el mundo registra un patrón que se repite: después de cada ataque en una escuela aparecen amenazas, simulacros e imitadores. El fenómeno tiene nombre en la literatura científica, se llama efecto contagio. Es un mecanismo bien documentado, comparable al que opera en el suicidio.
Lo que cambió en las últimas décadas en los casos de violencia escolar es la velocidad y la escala. Las redes sociales y las comunidades digitales cerradas convirtieron a los perpetradores en figuras de culto globales, accesibles para cualquier adolescente que tenga un teléfono y viva la sensación de no pertenecer a ningún lugar.
En la Argentina, los tiroteos masivos en los colegios siguen siendo hechos excepcionales. Pero el 30 de marzo pasado, en la Escuela Mariano Moreno de San Cristóbal, provincia de Santa Fe, un alumno de 15 años mató a Ian Cabrera, de 13, e hirió a otros ocho estudiantes. La confirmación de que el atacante integraba la True Crime Community -una subcultura digital que venera masacres escolares y en algunos casos las imita-, y la proliferación inmediata de amenazas en Rafaela y Sunchales reactivaron un debate que la evidencia científica ya había zanjado, pero que la sociedad todavía no termina de asumir: el efecto contagio existe, y, de acuerdo con los expertos consultados por LA NACION, la Argentina no está preparada para frenarlo ni contenerlo.
Cómo puede ser posible
“El efecto contagio es un fenómeno bien documentado y, en rigor, no es nuevo. Forma parte de la manera en que los seres humanos aprendemos, a través de la observación de otros”, dice Andrés Luccisano, psiquiatra y subjefe del servicio de Salud Mental Pediátrica del Hospital Italiano. El mecanismo es adaptativo cuando se trata de conductas positivas, pero puede volverse riesgoso en contextos extremos. Y en adolescentes, explica el especialista, se amplifica por razones que tienen que ver con la biología del desarrollo.

La amígdala cerebral intensifica la reactividad emocional y la corteza prefrontal, responsable del control inhibitorio y de la anticipación de consecuencias, todavía está en formación. “Esto favorece respuestas más impulsivas, con menor capacidad de evaluar riesgos. En este contexto, pueden producirse procesos de reestructuración cognitiva donde la violencia comienza a percibirse como una opción posible o incluso justificable.”
En el caso particular de los ataques escolares, ese mecanismo de base se combina con la identificación con el agresor, la desinhibición en entornos digitales y la validación simbólica a través de comunidades que hacen de Columbine una referencia mítica. Las amenazas y simulacros que siguieron al caso en San Cristóbal no son, entonces, casualidades.
“La aparición de amenazas en escuelas cercanas tras un hecho de este tipo es consistente con un proceso de contagio conductual”, confirma Luccisano. “Intervienen la búsqueda de reconocimiento, la necesidad de pertenencia y la validación por parte de pares, especialmente en una etapa vital donde la mirada del otro tiene un peso central.” Y agrega una distinción importante: “No todas las amenazas implican una intención real de ataque. Muchas pueden ser formas de acting-out, expresiones de malestar o intentos de obtener visibilidad. Sin embargo, todas deben ser tomadas en serio. El que avisa necesita ayuda".
Un factor clave
Hay un factor que la literatura científica señala con insistencia y que los especialistas no esquivan. La cobertura mediática centrada en el victimario es uno de los principales amplificadores del efecto contagio. Claudia Romero, doctora en Educación y especialista en Mejora Escolar, es precisa: “La alta exposición mediática de estos casos, donde la atención se centra en la historia y características del agresor, es una de las causas del fenómeno. En el acto violento el agresor alcanza tristemente su minuto de fama, un modo dramático de salir del anonimato, de existir para los otros.”
Romero señala que quienes estudian el tema recomiendan evitar la hiperexposición del agresor y la justificación de sus actos. Pero también apunta a algo más estructural. “¿Por qué un joven encuentra su lugar de pertenencia en grupos de violencia radicalizada en vez de sentirse parte de su propia comunidad educativa? ¿Cómo se explica la paradoja de que para afirmarse es necesario negar o suprimir a los otros?” El problema, advierte, desborda lo escolar y hay que analizarlo en el contexto de sociedades que naturalizan la violencia y legitiman la exclusión social.
Los datos que aporta Romero son elocuentes: el relevamiento de UNICEF de 2024 indica que el 70% de los adolescentes argentinos ha sufrido o conoce casos directos de discriminación o acoso, y en las pruebas PISA quedó registrado que un tercio de los estudiantes de 15 años reportaron ser víctimas de bullying en forma reiterada, un dato que coloca a la Argentina por encima del promedio global.
El terreno que prepara la violencia
La psicóloga Ximena Tobías, experta en bullying y educación emocional, pone el acento en lo que hay debajo del contagio. “El 30% de la población mundial sufrió bullying alguna vez. Eso es una epidemia”, señala. Cuando un hecho como el de San Cristóbal estalla en los medios, hay una enorme cantidad de adolescentes que ya lo estaban padeciendo en silencio. Muchos de ellos, agrega la experta, encuentran en ciertas comunidades el único espacio donde no se sienten excluidos.
Eso se vuelve especialmente crítico en la adolescencia, cuando el lugar en el grupo de pares lo es todo. “Se vuelve tan importante que la muerte social se asemeja a una muerte real”, grafica Tobías, quien trabaja hace nueve años en la prevención de este fenómeno a través de Interhuman, un programa de educación emocional y convivencia escolar. Esos grupos, insiste Tobías, pueden ofrecer pertenencia aunque su ideología sea extrema. Por eso, su diagnóstico es contundente: “El problema no es tanto el contagio, es que el bullying existe desde siempre. Es un fenómeno que tiende a ser negado por los adultos, porque en realidad es una forma de autorregulación de grupos, una autorregulación patológica y efectiva”.

Manuel Álvarez Tronge, presidente de Educar2050 y docente de Resolución de Conflictos en la Facultad de Derecho de la UBA, coincide en que el efecto contagio existe, pero insiste en que no puede leerse por fuera de un contexto más amplio. “Hay que entender que nuestro país está inmerso en una escalada de violencia escolar y una catástrofe educativa que tiene conexión, lamentablemente, con este hecho, donde más del 85% de los estudiantes del último año obligatorio no logra conocimientos mínimos, y el simulacro de que todo está bien continúa”.
Para Álvarez Tronge, el deterioro es sistémico: crisis financiera, salarial y de formación docente, y una sociedad que normaliza la agresividad en todos sus registros. “Los estudiantes y sus familias están inmersos en una cultura donde la agresividad se naturaliza, desde los insultos de dirigentes políticos de la más alta investidura hasta en los gritos de los programas de televisión y las redes sociales, donde el agravio reemplaza al argumento”. La conclusión es dura: “La escuela no puede contener sola lo que la sociedad produce y celebra afuera; y la sociedad no puede pedirle milagros a quien lastima y abandona”.
Las señales que estaban pero nadie vio
Luccisano y Álvarez Tronge coinciden en un punto que la investigación internacional también documenta: casi nunca falta una señal. Lo que escasea son ojos entrenados para leerla. El psiquiatra describe una acumulación de indicadores que en retrospectiva componen un cuadro claro, como alteraciones en el estado de ánimo, aislamiento social, deterioro académico, cambios en hábitos, expresiones de malestar en redes o escritos y “fascinación persistente por la violencia o eventos extremos”.
Álvarez Tronge suma otro ángulo: “Casi nunca hay una única señal; hay una acumulación que puede darse en mensajes de odio, aislamiento, filtraciones en chats o cambios bruscos de conducta”.
Desde el psicoanálisis, Jorge Eduardo Catelli, miembro titular en Función Didáctica de la Asociación Psicoanalítica Argentina y profesor e investigador de la UBA, dice que los estallidos suelen estar precedidos por “ensayos simbólicos” de destrucción que se filtran en escritos, dibujos, advertencias a pares o actividad persistente en redes.
Aporta un concepto preciso para nombrar lo que ocurre en la previa: retracción libidinal. “No es una tristeza pasajera, sino un desasimiento progresivo del interés por el mundo, los otros y la institución escolar. Cuando un joven se repliega en un solipsismo melancolizado, el cuerpo comienza a hablar allí donde la palabra ha quedado obturada”, explica. En ese vacío, dice, aparecen los pasajes al acto, conductas impulsivas de difícil retorno que rara vez carecen de antecedentes.
El adulto como “estación de servicio”
¿Qué hacer? Los especialistas son categóricos en que las respuestas existen, aunque no se aplican o se aplican de forma fragmentada. Luccisano propone avanzar en sistemas de detección temprana, articulación real entre educación y salud mental, y canales institucionales de alerta confidenciales. “La prevención no puede reducirse a medidas de seguridad. Implica detectar y abordar el sufrimiento psíquico en contextos vulnerables”, dice.
Frente al reduccionismo de la vigilancia externa —cámaras, detectores, cacheos—, Catelli propone fortalecer lo que llama “la función de vigilia del adulto”: “El rol del adulto no es el de un guardia, sino el de quien permanece despierto, disponible y sensible al malestar antes de que se transforme en tragedia”. Y utiliza dos metáforas para ilustrarlo: el adulto como estación de servicio —punto de referencia constante donde el adolescente pueda “cargar combustible” simbólico— y el adulto como camión de remolque, que no espera sino que sale a buscar al joven cuando el lazo se ha roto.

Álvarez Tronge, que desde la Facultad de Derecho de la UBA enseña resolución de conflictos, pone el acento en un punto que quizá muchos no recuerdan: la Argentina ya tuvo su propio programa nacional de mediación escolar, que funcionó entre 2003 y 2015, formó a 2500 alumnos como mediadores, realizó más de 10.000 mediaciones y fue reconocido por la CEPAL como modelo regional. Luego se discontinuó. “No hay que inventar mucho. Hay que retomarlo, ajustarlo y escalarlo”.
Romero coincide en la urgencia y pone el foco en los docentes: “Es necesario dotar de apoyos y formación específica para que puedan reconocer las señales que siempre aparecen y establecer protocolos de actuación con una perspectiva preventiva”.
Cómo se vuelve a una escuela después de una masacre
“Nadie en ninguna comunidad escolar está preparado para afrontar lo sucedido —admite Luccisano—”. “La escuela vuelve a abrir, pero lo hace atravesada por el estruendo y las imágenes de lo sucedido”. El desafío es nombrar lo ocurrido sin caer en el detalle morboso, habilitar espacios donde lo emocional pueda expresarse y sostener las rutinas como organizadores psíquicos. “La escucha adquiere un valor central, muchas veces más importante que cualquier explicación. Poder alojar el miedo, la angustia o la confusión es la forma concreta de cuidado”, suma Luccisano.
Álvarez Tronge propone que el regreso no sea una reapertura administrativa sino una reconstrucción institucional, con talleres de diálogo y mediación escolar, herramientas de escucha activa y gestión emocional. “No como terapia, sino como formación ciudadana”, explica.
Resume el objetivo en tres puntos: que a la escuela se va a aprender, que hay autoridad legítima que escucha y que nadie debería vivir bajo amenaza. “San Cristóbal no es solo un hecho policial ni una patología individual. Es el síntoma de una escuela muy desatendida y de una sociedad que ha normalizado la violencia como forma de comunicación. La respuesta no puede ser solo más seguridad. Mucho más caro es no hacerlo”, concluye el experto.
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