Salvó a su hijo... el primogénito
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Corrían los años de la mitad del siglo XX, y en la pequeña ciudad ribereña de Encarnación, Paraguay (frente a Posadas Argentina), la epidemia del tifus sumaba muertos a las estadísticas oficiales.
En la humildad latente de una vivienda de madera, una madre arrodillada junto a la cama, repetía sin cesar la caricia de un trapo enfriado en agua con hielo, mojando la frente y los laterales de la cabeza de su niño... hervía de fiebre su criatura.
Cada tanto, con otro trapito limpio dejaba caer gotas de agua fresca en los labios de su amado hijo, el mayor, el primogénito, ese primer sentimiento querido en sus entrañas, aquel que le dio su razón de madre a edad temprana. Cuarenta y dos días pasó arrodillada junto al niño enfriando e hidratando con tenacidad los efectos de la enfermedad en su niño.
Interín, exigió varias veces, diariamente a su esposo, que consiguiera de cualquier manera más hielo en barra para enfriar el cuenco de agua junto a la cama. Él, un sufrido mecánico sin trabajo, en medio de la impotencia propia del hombre empequeñecido por la grandeza de la madre que estrujaba su corazón; y fue diariamente a la fábrica de hielo distante a diez cuadras, donde comprometió su trabajo y su vida para pagar a futuro esa barra de hielo diario que precisaba su compañera para cuidar al niño, y lo consiguió.
La madre presenciaba día tras día el desesperante enmagrecimiento del niño amado... a los cuarenta días quedaba solo una masa inerte de piel y hueso... producto del rechazo de alimentos y agua en sorbos.
El niño solo ingería esas gotitas, que la madre, entre plegarias, dejaba caer del trapito sobre sus labios. Ese hijo había nacido un 24 de diciembre, como Jesús (decía ella), y a Jesús le imploraba por la vida de su niño. Y el día cuarenta y dos, abrió los ojos el niño para decir “mamá... tengo hambre”. Lloró silenciosamente la madre, también muy flaquita, y puso en los labios del niño una cucharita con caldo de gallina y verduras, una tras otra... cuidando que no vomite nuevamente como en los días sucesivos de la cuarentena. Y no vomitó.
Vivió... venció junto a su madre a la epidemia. Ese niño vivió, leyó a Balzac y la comedia humana desde muy temprana edad. Fue deportista, atleta; consiguió ser campeón de esgrima... y estuvo varias veces en cuadros de honor.
Pero la insignificancia del hombre, ante la grandeza de la mujer madre, quedó en las emocionadas palabras de su padre, el día 42, “Gracias che ama... salvaste a tu hijo”
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