Selva amazónica: la mayor reserva de especies del planeta, en jaque

Fuente: Archivo
La zona, amenazada por 78.383 focos de incendio en lo que va del año, ocupa el 40% de la superficie de Brasil y tiene un efecto regulador en el clima
Alberto Armendáriz
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25 de agosto de 2019  

RÍO DE JANEIRO.- Las imágenes de la Amazonia en llamas provocaron esta semana alarma global, y no era para menos: según el Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (INPE) de Brasil, en lo que va del año ya hubo en la selva 78.383 incendios forestales, un 85% más que en el mismo período de 2018, y el sistema de alertas del organismo ya indica que la deforestación en general aumentó un 50% en los últimos 12 meses."Estamos colocando el futuro del planeta en riesgo. La destrucción de la Amazonia sería el suicidio de la especie humana", advirtió a LA NACION Paulo Adário, estratega de Selvas de Greenpeace Brasil.

¿Por qué es tan importante la selva amazónica y debería importarnos lo que sucede con ella? Su relevancia radica en su tamaño, su contenido y los efectos que tiene en el clima de la Tierra.

La Amazonia es el mayor bosque tropical -o selva- del mundo, abarca 5,5 millones de kms cuadrados, cubre casi el 40% de Brasil, se extiende por otros ocho países -Bolivia, Colombia, Ecuador, Guyana Francesa, Guyana, Perú, Surinam y Venezuela, y posee la mayor cuenca hidrográfica del planeta, reserva del 20% del agua dulce disponible en el planeta.

"Es un gigantesco tanque de agua que además, por el vapor de agua que produce su vegetación y por el gas carbónico (CO2) que absorben las plantas, ayuda a generar lluvias que sirven para irrigar los suelos de una de las zonas más fértiles de nuestro continente -el centro-este de Brasil, Paraguay, noreste de la Argentina y Uruguay- y contribuye a mantener más baja la temperatura global. Es fundamental para la preservación de nuestras vidas", señaló Adário, que destacó que gran parte del territorio de la Amazonia -2,1 millones de kilómetros cuadrados- es considerado área protegida.

Con él coincidió el distinguido climatólogo Carlos Nobre, uno de los redactores del informe sobre calentamiento global del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés), organismo de Naciones Unidas que en 2007 recibió el Premio Nobel de la Paz, junto con el exvicepresidente Al Gore. Nobre explicó que la vasta vegetación amazónica retira de la atmósfera gas carbónico -que proviene tanto de fuentes naturales como de la actividad humana y es una de las principales causas del calentamiento global por el efecto invernadero-, lo absorbe para hacer la fotosíntesis (producción de energía) y así se obtiene oxígeno, que es liberado de nuevo al aire, y carbono, que es almacenado para que las plantas crezcan.

Punto de inflexión

"Las selvas remueven hasta el 30% del gas carbónico producido por la actividad humana. Sin la Amazonia, se aceleraría el calentamiento de la Tierra y también habría mucho menos vapor de agua que crean los ?ríos voladores' que llevan lluvia a otras partes de América del Sur; sin ellos, esos territorios se secarían", resaltó, y advirtió que la deforestación avanzada ya está reduciendo esta capacidad de absorción del gas carbónico.

"Hoy estamos al borde de lo que los científicos llamamos el punto de inflexión, cuando por la deforestación la selva perdería su capacidad de regenerarse. Se calcula que no deberíamos dejar que la deforestación supere el 20-25% en la cuenca amazónica como un todo. Si consideramos la totalidad de la Amazonia internacional, ya llegamos al 17% de deforestación, mientras que en la parte brasileña ya estamos a 20%", subrayó Nobre.

Junto con el peligro de modificar dramáticamente el clima y el terreno, la devastación de la Amazonia viene acompañada por otro riesgo gigantesco: la pérdida del lugar con la mayor biodiversidad del planeta. Allí se encuentra una cuarta parte de las especies conocidas de la Tierra: 30.000 tipos de plantas, 2500 especies de peces, 500 de mamíferos, 1500 de aves, 550 de reptiles y 2,5 millones de insectos, según la Organización del Tratado de Cooperación Amazónica (OTCA).

"Es un banco genético inestimable para el mundo", afirmó el biólogo Marcos Buckeridge, director del Instituto de Biociencias de la Universidad de San Pablo. "Asimismo, la selva tiene un potencial gigantesco para producir nuevas sustancias y materiales, para alimentos, fibras, aceites, medicinas o cosméticos si se desarrolla bien la bioeconomía", señaló y remarcó como ejemplo el éxito comercial que ha tenido en los últimos años la producción sostenible del açaí o de la castaña de Pará.

El mayor desafío es lograr que ese tesoro no sea depredado por los humanos que viven en la selva o explotan sus recursos desde afuera.

La Amazonia posee unos 35 millones de habitantes -20 millones de ellos en los estados brasileños de Acre, Amapá, Amazonas, Maranhão, Mato Grosso, Pará, Rondonia, Roraima y Tocantins-, de los cuales dos tercios viven en ciudades. Solo tres millones de los habitantes de la Amazonia son indígenas (alrededor de 250.000 brasileños), distribuidos en unas 420 tribus. Ellos son la menor de las amenazas para la selva; la mayor es el incremento desmedido de la ganadería, que es responsable por el 65% de la deforestación para la cría de ganado; ya la agricultura -principalmente el cultivo de soja- es culpable del 15%. La explotación ilegal de madera, la minería y la construcción de represas hidroeléctricas representan también peligros para la conservación del bosque tropical.

Peligros

Las tendencias de deforestación en Brasil han variado mucho en las últimas décadas. Desde 1985 hasta 2004, el ritmo oscilaba entre 15.000 y 20.000 km2 deforestados por año, con un récord de 29.000 km2 destruidos entre 1994 y 1995. A partir de 2004 se inició una política muy efectiva de reducción de la deforestación y bajó a un promedio de 5000 km2 por año. Sin embargo, desde 2012, con la reforma del Código Forestal, que significó una suerte de amnistía para quienes despojaban de vegetación la selva, el ritmo ha tenido grandes altibajos hasta los 8000 km2 de deforestación anual actual, con un pico entre 2004 y 2005 de 27.000 km2. Pero la elección como presidente de Jair Bolsonaro, un escéptico del cambio climático por efecto de la actividad humana, ha avivado los peores fantasmas para el futuro de la Amazonia.

"Ya desde su campaña electoral Bolsonaro decía que cambiaría las leyes de protección ambiental, que no demarcaría más tierras indígenas y que reduciría la fiscalización y las multas, que eran un estorbo para los productores rurales", comentó Eduardo Viola, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de Brasilia y experto en la Amazonia.

Así, desde que Bolsonaro asumió el poder, el 1º de enero, su gobierno ha reducido en un 30% las operaciones de combate a la deforestación del Instituto Brasileño del Medio Ambiente y Recursos Naturales Renovables (Ibama), las multas cayeron un 65%, se disminuyeron los fondos financieros para todos los órganos ambientales y, cuando recientemente el INPE reveló datos alarmantes sobre deforestación, el propio presidente los calificó de sensacionalistas y terminó por despedir al director del organismo público. Es en este preocupante contexto que se dan los incendios en la Amazonia, que por lo menos han llamado la atención del mundo sobre lo que ocurre en este sitio tan esencial para el futuro del planeta.

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