
Sobrevivientes: los bares de Palermo Viejo que resistieron a la moda
El bar del Gallego y el Club Eros son dos sitios que preservan el estilo histórico del barrio
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Se erigen como seres de otros tiempos en medio de una vorágine de innovadores emprendimientos culinarios. Resulta que todos los bares de los últimos años se parecen, entre sí y también a los de Barcelona, Nueva York y otros rincones del primer mundo. Pero ellos, los "dinosaurios", siguen conservando su estilo de hace décadas, y se convierten en un atractivo original en medio de la sobrepoblación de propuestas modernas, porque representan "lo argentino", la esencia del Palermo Viejo de antaño, lo que alguna vez fue este barrio de la Ciudad de Buenos Aires.
El bar de Don Emilio, conocido por todos como "el bar del Gallego", se encuentra ubicado en la esquina de Bonpland y Honduras. Conserva la fachada, las mesas, y la decoración que lo identificó desde sus comienzos. "Mi papá fundó este lugar hace 23 años", contó Emiliano Sangil, mientras atendía a un cliente.
"Por entonces este era un barrio principalmente fabril", agregó.
Los precios accesibles, dispares con los de la zona, son importantes a la hora de elegir este bar "de barrio", pero lo que más atrae a la gente al lugar es la calidez. "Lo interesante es que viene todo tipo de personas: hay gente de overol y gente de traje, una mesa al lado de la otra", aseguró el hijo del dueño.
En lo del Gallego, los clientes se sienten como en casa. Según Sangil, incluso hay turistas que oyen hablar del boom de Palermo Hollywood y terminan ahí. "Este bar tiene un atractivo casi histórico y una personalidad muy propia. El resto de los bares de la zona es monocorde", opinó.
Erase una vez... el Club Eros
A pocas cuadras, cruzando la vía hacia la otra mitad del circuito urbano de moda, se encuentra otro mítico lugar de épocas pasadas: el Club Eros, emplazado en un viejo edificio en Honduras y Uriarte. Es un club de barrio, con un restaurante donde se encuentran los amigos y un patio ansioso de niños y pelotas. La entrada es libre, y no hay un guardia en la puerta. Acostumbrados a la paranoia de estos tiempos, los visitantes se ven dubitativos al entrar, como esperando que alguien les exija una credencial o les pregunte para qué vinieron.
"Este es un punto de concentración para la gente del barrio, se juntan los amigos para ver un partido o jugar a la cartas" relató Marcelo Biaggini, secretario del club. Parece mentira que el lugar no haya sido contaminado por el diseño que abunda a su alrededor. Entrar a Eros es como transportarse en el tiempo, cuando el vendedor de pollos pasaba por las calles con su carro repleto de animales vivos, listos para ser degollados ante su comprador. "Los clubes de barrio ya casi no existen, o cambiaron su estilo o directamente desaparecieron", se lamentó el secretario.
En los últimos tiempos Eros se puso de moda -un poco a tono con la onda retro- y a la noche la gente hace cola para entrar a comer. "Acá se puede cenar por diez pesos, cosa que por la zona resulta imposible", señaló Biaggini. Además, en el club se alquila la cancha para jugar al fútbol, se dictan clases de tango y se practica aikido. Se mantiene funcionando con una cuota mínima de los socios, la concesión del restaurante y lo que se recauda de la canchas.
Palermo Viejo es el exponente del diseño argentino y cada vez son más los locales que abren sus puertas en la zona. Sin embargo, no dejan de existir los almacenes, los kioscos humildes, el silencio en las calles y sobre todo, esos bares antiguos, que no permiten que nadie se olvide de que eso alguna vez fue un barrio. Con todas las letras.





