
Tierra de víboras bajo el sol chaqueño
Por Mariano Wullich Enviado especial
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HORQUILLA, Chaco.- La siesta es de fuego bajo el sol en la media tarde. El invierno todavía no llega y la tierra gredosa se templa para reconfortar solamente a un animal de sangre fría.
El camino es como un terraplén cálido que corta al medio el estero y entre altos alambrados los campos guardan algo de hacienda. Los vacunos, con sus patas encharcadas, mueven agitados las cabezas espantando a las moscas que vuelan entre los cuernos.
Entre los pastos de agua asoma la cabeza inquietante de un reptil. Los bichos no lo inmutan y su andar lento y serpenteante lo lleva hasta el medio de la calle, en donde no existe la sombra y el sol es bienvenido para su cuerpo frío.
Se trata de una víbora curiyú, que con todo su largo queda cruzada de una cuneta a otra como si se tratara de un lomo de burro puesto por el hombre. Una vieja camioneta -mejor llamarla chata- se detiene y su conductor, admirado, observa el ágil escape. El hombre sabe muy bien que está atravesando la Cañada de las Víboras, un lugar cercano a esta localidad de Horquilla que, según dicen los lugareños, concentra una de las poblaciones más grandes de víboras constrictoras de la Argentina.
Este paraje, un paso casi desconocido, encierra una rica fauna de reptiles, pero por sobre todo acumula una cantidad de leyendas que hablan de otra culebra negra, mala y seguidora;de una constrictora que abraza como el yunque del herrero, y de una serpiente emplumada, pero por dentro.
No muchos conocen esta cañada en donde es posible ver decenas de animales durante el recorrido, porque al no haber selva los rayos del sol se reflejan desde su piel viscosa. En las épocas de apareamiento, se muestran entreveradas entre los alambrados o enroscadas a algún duro itín, esa planta curva y torcida, tan fuerte como el quebracho.
Las leyendas, a veces exageradas, parecen cuentos de amor, de locura, de muerte. Ni el rey de los yacarés parecería convocar tanta apología para estas constrictoras que, a veces, superan los seis metros de largo.
Baqueano y cazador, Pelusa Beuthei -descendiente de vascos franceses- es uno de los que más conocen la zona. Se mete en el agua y más de una vez escapó a tiempo del golpe o el tarascón de las víboras que pese al disparo del arma aguantan la muerte de manera asombrosa. Como otros, no se arrepiente de haber tiroteado a los reptiles que andan cerca de su rancho, porque aquí también hay que cuidar a los animales de granja, tan caros para la olla en los campos del Chaco.
A los tiros
"Cuando anda un zorro o una comadreja, uno se da cuenta, porque dejan las plumas. En cambio, las víboras se tragan el animal entero, sin dejar rastro", enseña Pelusa, y cuenta: "Mi madre tiene una chacra cerca de aquí. A la viejita hace tiempo le venían faltando pollos y hasta algún pavo".
"Una nochecita sentí un revuelo en el gallinero y manotié la escopeta 12/70, que tenía cargada. Para mí que andaba un flor de culebrón. Cuando me acerqué, la desgraciada se estaba tragando una inmensa gallina colorada, y de su boca sólo asomaban el rabo y las patas." La escopeta de Beuthei pegó un bramido y se reservó otro tiro para no dañar el cuero: "¡Lindo recuerdo pa´ un turista!" Pelusa continúa con el relato: "Enseguida se enroscó, le pisé la cabeza y la loca se seguía moviendo, haciéndome como bailar arriba. ¡Pucha que tienen fuerza!" "Las más chicas no son problema, pero las grandes, si te agarran en el agua, ¡cuidado!", advierte Barrito, un chico morenero que se las rebusca en las zanjas pescando morenas para luego venderlas como carnada viva.
"Una vuelta estaba con un amigo, el Eduardo, y otro gurí de Machagai. Sentí algo en la pierna que me tiraba para el fondo del agua. Para mí que si los otros no estaban para agarrarme del brazo, me arrastra. Yo era chico, pero pataleé y se desprendió. Seguro que era una víbora."
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