“Todas tenemos la misma cara”: la confesión de una influencer que reabrió el debate sobre los tratamientos estéticos
Cada vez más chicas recurren a intervenciones estéticas antes de los 30 y, debido a varios fenómenos que se entrelazan —desde la formación de los médicos hasta las modas—, se da una estandarización de las facciones, que adoptan un “aire de filtro de Instagram”
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La boca voluminosa, los pómulos altos, la mandíbula marcada, la cara lisa y sin edad. Es un rostro que se repite casi calcado de una cara a otra. En los últimos años, el ideal de belleza dejó de premiar los rasgos propios y se desplazó hacia un mismo catálogo de facciones. Un modelo que las redes fueron multiplicando hasta convertirlo en norma y que empuja a mujeres cada vez más jóvenes a intervenir su rostro.
Hace unas semanas, la influencer Sofía Gonet, conocida como “La Reini”, puso en palabras una realidad que se vuelve cada vez más visible, no solo en el espejo sino también en las miles de historias de mujeres que circulan en las redes sociales: “Hoy en día todas tenemos más o menos la misma cara, y es un garrón”, dijo la creadora de contenido, que tiene más de un millón de seguidores en Instagram. La frase se volvió viral y reabrió una discusión: hasta qué punto los procedimientos estéticos, cada vez más precoces, terminan borrando lo que venían a mejorar.
Gonet, de 27 años, habla con conocimiento de causa. Se operó por primera vez a los 18, siguió con ácido hialurónico durante años y hoy está, según sus palabras, en una especie de tregua: “No me quiero seguir inyectando, pero no lo digo de hipócrita, porque yo ya me hice 800 intervenciones”, admitió. Su lectura del tema es bastante directa: con un único modelo de belleza, los procedimientos se repiten y el resultado termina siendo un copy-paste en todas las caras, “con ese aire de filtro de Instagram”.

Por eso, dice, hoy las más lindas son las caras distintas, las que se mantuvieron naturales. Ella misma se “disolvió” el labio superior después de que el relleno migrara a otra zona, y ahora prefiere esperar a que todo se vaya por sí solo. “Muchas veces me veo al espejo o veo historias mías de cuando recién me había inyectado y digo: ‘qué horror, qué espanto’”. Y advierte: “Los pómulos no se los hagan nunca, por favor”.
Encontrar a otras personas dispuestas a contar su propia experiencia con las intervenciones estéticas no es sencillo. Varias mujeres consultadas para esta nota se excusaron a último momento. Admitir que uno se arrepiente de lo que se hizo en la cara aún incomoda, incluso entre las que ya empezaron a disolverse los rellenos.
Una misma receta de rellenos
Los especialistas coinciden en que el fenómeno actual poco tiene que ver con el quirófano. El cirujano plástico Alberto Rancati recuerda que en los 90 existía una tendencia quirúrgica en la que algunos colegas repetían un mismo concepto, sobre todo en rinoplastias. Hoy, dice, la sensación de “todas las caras iguales” viene de otro lado: “El uso repetido de rellenos en labios, pómulos, mentón, mandíbula o surcos, asociado en algunos casos a modificaciones en la estética dental, termina produciendo una estandarización de los rostros. La cirugía bien realizada busca exactamente lo contrario: que la persona siga pareciendo ella misma”, explica.

El detalle de los dientes, agrega el cirujano, con los tratamientos de carillas dentales de porcelana que unifican formas, tamaños y un blanco extremo, no es menor. La boca entera, y no solo el labio, se rediseña para encajar en el mismo modelo.
Para la cirujana plástica Mónica Milito, directora de la Clínica Milito y con varias décadas de experiencia, el fenómeno actual funciona casi como una receta. Cuenta que proliferan los cursos en los que médicos de todas las especialidades, incluso odontólogos, aprenden un mismo esquema para aplicar rellenos: cuatro ampollas en la mejilla, dos en el mentón, el óvalo marcado.
“Al repetir el patrón en todos los pacientes, las caras quedan muy parecidas”, señala. Con esos productos, agrega, “es como moldear una arcilla”, en la que se van poniendo cantidades hasta lograr un volumen que ya se tiene decidido de antemano. Para ella, el buen criterio es todo lo contrario: “Que una cara se parezca a otra es un mal resultado. Un buen resultado es cuando la persona está rejuvenecida y sigue pareciéndose a sí misma”.

Milito, además, considera que se trata de un fenómeno de época que se mueve por olas. “El estilo Kardashian lo ves caminando por Estados Unidos; muchas mujeres hoy se parecen a ellas”, ejemplifica. Otra ola, dice, es el “Turkish style”, la mirada rasgada que tomaron de algunas actrices turcas y que se replicó en Turquía y en buena parte de Europa. Son moldes que cambian según la región y el momento, dice la experta, pero que siempre empujan en la misma dirección: una serie de caras que se parecen entre sí.
El límite, para la especialista, es ético. “El médico está para orientarte, no para venderte ampollas”, resume Milito. La ecuación se complica, admite, porque los profesionales que estudian un poco menos suelen promocionarse un poco más y consiguen pacientes famosos que funcionan como vidriera. El público más vulnerable, dice, son las adolescentes y jóvenes que quieren parecerse a esas caras exitosas antes de tener siquiera terminado su propio rostro.
Lo reabsorbible también deja huella
La médica Leticia Fasano, egresada del Hospital San Roque de Gonnet y con diez años de experiencia en cirugía plástica y estética en Barcelona, agrega a la ecuación el factor económico. Los tratamientos con rellenos cuestan una fracción de lo que sale un quirófano, entre un 1% y un 10%, y eso los volvió accesibles para pacientes muy jóvenes.
“Muchas se suman porque los tratamientos se reabsorben y piensan que no va a pasar nada”, dice. Pero advierte que ni siquiera lo reabsorbible es inocuo. “Dejan una huella estética por donde pasaron. Aún no sabemos de acá a veinte años cuál será el resultado global de que hoy algunos estén utilizando tanta cantidad de producto”, cuestiona Fasano.
El arrepentimiento, dicen todos, es hoy motivo de consulta frecuente. El problema es que no todo se puede deshacer. El ácido hialurónico puede disolverse con una enzima, la hialuronidasa, pero Milito advierte que alrededor del 30% de cualquier producto permanece de por vida, y que las hidroxiapatitas de calcio y los rellenos permanentes no se van nunca.
Con los años, esos materiales se corren de lugar, migran hacia otras zonas y deforman el rostro. Aparece, por ejemplo, lo que llama el labio en “hocico de tapir”, un labio que baja por su propio peso. “Más de la mitad de los productos colocados no se pueden sacar si no es a través de una cirugía”, señala. Rancati coincide en que la reversión tiene sus límites. “No siempre se vuelve exactamente al punto de partida, sobre todo cuando hubo tratamientos reiterados durante muchos años”, señala.
El mismo rostro que se repite en Buenos Aires también puede reconocerse en Barcelona, asegura Fasano, así como en Madrid, Estambul y Los Ángeles. Cambian los acentos, pero la lógica es la misma. Para ella, la línea entre corregir y deformar pasa por la capacitación profesional, por saber con precisión hasta dónde llega el límite anatómico de cada cara antes de “cargar” producto en una jeringa.
“Frentes melones” y el famoso Topo Gigio
El cirujano plástico Marcelo Berenstein resume el resultado de esa acumulación con una imagen: “Si se nota operada, está mal operada”, refuerza y describe bocas de pato y pómulos excesivos que hacen pensar en las caras del famoso Topo Gigio. Observa, al menos, una corrección de rumbo con la aplicación de toxina botulínica, conocida como bótox, que hoy se usa de manera más medida para conservar algo de gestualidad y no dejar “frentes melones”.
Como integrante del equipo médico de la Escuela Internacional de Medicina Estética y Cirugía (EIMEC), una institución con sede en Barcelona, Fasano apoya el entrenamiento en la práctica y en el trabajo sobre la anatomía real —incluso con formaciones específicas sobre piezas de cadáver fresco— para que el profesional aprenda dónde puede intervenir y dónde no. Todo lo contrario, insiste Fasano, de lo que se enseña en los cursos rápidos, que presentan un mismo esquema para aplicar en todas las caras.

Frente a ese camino que acumula relleno sobre relleno, Milito reivindica otra opción para el rejuvenecimiento. Menciona una técnica quirúrgica, el lifting de plano profundo o deep plane, que en lugar de estirar la piel o traccionar los músculos hacia un mismo lado trabaja sobre los tejidos que sostienen la cara y los devuelve a su posición original. La idea, explica, es un rejuvenecimiento anatómico: que el paciente vuelva a ser una versión más joven de sí mismo y no una cara nueva.
“Ninguna persona se parece a otra ni ningún resultado se parece a otro”, afirma. Su punto de vista no es tanto técnico como de criterio. Las caras clonadas, insiste, no vienen de las cirugías, sino de los rellenos mal indicados, y el antídoto pasa por respetar la anatomía de cada uno.
Sujetos aspiracionales que se consumen en las redes
Detrás de la técnica hay algo más difícil de disolver. La psiquiatra y psicoanalista Patricia O’Donnell, de la Asociación Psicoanalítica Argentina, recuerda que los ideales de juventud y belleza existieron siempre, y que las modas de rostro también. En la Edad Media, las mujeres se rasuraban parte de la cabeza para agrandar la frente, y podría decirse que todas tenían la misma frente. Lo que cambió, entre otras variables, es la exposición.
Los filtros de las redes, sutiles, empujan una búsqueda de perfección irreal, y los medios construyen sujetos aspiracionales a través de lo que hay que consumir, incluido el propio cuerpo. La salida, para O’Donnell, es poder mirarse sin la urgencia de la comparación. “La belleza es diversa, subjetiva y responde también a una época”, dice, y recuerda que ya Ovidio [uno de los poetas más influyentes de la literatura romana], además de escribir sobre cosmética, destacaba el embellecimiento que dan las virtudes.
En esta sintonía, Juan Eduardo Tesone, psiquiatra y psicoanalista, lleva el argumento al terreno de la identidad. Sostiene que es imposible definir lo bello, que no hay cuerpos lindos o feos sino personas, y que buena parte de esta carrera responde a una sociedad que privilegia la imagen de juventud por sobre la experiencia, también en el trabajo. Sobre el rostro retocado usa una figura precisa: “Todo photoshop, como el espejo de la reina malvada de Blancanieves, miente”, dice el profesor emérito de la Universidad del Salvador.
En la búsqueda de una cara sin arrugas, advierte, muchas veces se consigue un rostro estereotipado, una máscara que anula la subjetividad. Tesone deja una pregunta: ¿A quién le parece fea la nariz singular de Barbra Streisand? ¿La afea o pone su personalidad en relieve? Quizás ahí esté la respuesta que “La Reini” buscaba a los tumbos. Hoy, lo más difícil de conseguir no es una cara nueva. Es seguir conservando la propia.
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