Tres cuadras de fila para visitar la Confitería del Molino

Una de las luminarias restauradas en el último tiempo
Una de las luminarias restauradas en el último tiempo Crédito: Santiago Filipuzzi
Virginia Mejía
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27 de julio de 2019  

Desde las 11 de la mañana y hasta las 14, cuando abrieron las puertas, la fila llegó a las tres cuadras de largo. Fueron miles de personas las que se acercaron esta sábado hasta la Confitería del Molino, que abrió sus puertas al público en forma gratuita, y por segunda vez en el año (la anterior fue en mayo, en el Día Nacional de los Monumentos), para mostrar cómo los expertos restauran el edificio ubicado frente al Congreso de la Nación.

Después de una lenta agonía que duró 21 años, los visitantes recorrieron sus salones para celebrar su puesta en valor y observar el avance de las obras que ya incluyen el rescate de 15.000 objetos que van desde moldes hasta viejos menús, de los 1200 m2 de vitrales distribuidos en 33 paños y de las 46 luminarias históricas. Además, está listo el recableado de 4500 metros de líneas de iluminación y la intervención de 1070 m2 de superficies pintadas, entre otras tareas.

El edificio del Molino fue inaugurado el 9 de julio de 1916. Es una obra de hormigón armado de 7600 m2 y ocho plantas en dos cuerpos, un monumento a la modernidad y la opulencia, una construcción extrovertida y barroca, obra del genial arquitecto italiano Francisco Terencio Gianotti, que luego iba a sufrir abandono, desidia y saqueos. Si bien los sucesivos gobiernos prometieron rescatarlo, recién el año pasado empezaron los trabajos de acuerdo con la ley de expropiación de 2014, a través de la que el Estado les compró el inmueble a sus dueños, los Roccatagliata, para que el edificio fuera finalmente transferido al Congreso de la Nación, que ahora se encarga de su salvataje.

"Estoy reconfortado y agradecido con el cariño y con la metodología con la que trabajan. Antes me daba mucha tristeza ver cómo habían abandonado la obra de mi abuelo, tan rica en patrimonio, tan importante como también lo fue la Galería Güemes, otra de sus obras", dijo a LA NACION César Gianotti, nieto del arquitecto. Él se acercó a la celebración para darle las gracias al equipo y observar cómo los expertos logran reconstituir un ícono de art noveau porteño, en parte gracias a los planos y la documentación de su abuelo que la familia tenía en su poder y que donó a los especialistas.

Fue la segunda vez en el año que se abrió el edificio al público
Fue la segunda vez en el año que se abrió el edificio al público Crédito: Santiago Filipuzzi

Pilar Alanis, de 76 años, se acercó junto a su hija a uno de los especialistas para mostrarle una foto en la que se veía a su difunto marido vestido de mozo, junto a sus compañeros. "Mi esposo trabajó acá, fue mozo porque tenía un hermano maestro pastelero que se lo propuso. Son tantos recuerdos...", dijo.

Según informaron desde la Comisión Administradora del Edificio del Molino, integrada por miembros del Congreso Nacional, fueron más de 5000 personas las que pasaron a visitar este sábado la confitería.

Salones con historia

Durante el recorrido, que empezó en el acceso de avenida Rivadavia 1815, fue posible observar que la araña del hall volvió a brillar gracias a la técnica Tiffany aplicada. También pudo apreciarse el estucado original de ese espacio y de la escalera, que tras sucesivas e incorrectas intervenciones habían sido tapados con pintura. Ya en el primer piso se apreciaron las obras prácticamente concluidas en el Salón Fumoir (o Salón Fumador) y en el del Salón de Baile de al lado, espacios donde se intervinieron 310 m2, en los que se destacan las columnas recubiertas con una técnica de falso acabado y los ornatos de las columnas, que recuperaron su color dorado intenso con purpurina. El Salón de Baile, o Salón Principal, es un espacio lleno de historias en el que miles de porteños celebraron durante más de un siglo fiestas, bautismos y casamientos.

"Nos casamos acá hace 47 años, y lo disfrutamos mucho. Por eso nos emocionamos tanto cuando subimos al Salón de Baile", dijeron, agarrados de la mano, Ana María y Adrián Angles, mientras escuchaban la música de la orquesta que sonaba como aquel entonces.

Luego de descender por la escalera que da a Callao, ya en la confitería de la planta baja, la gente dialogó con los especialistas, que exhibieron diferentes técnicas implementadas a través de talleres de restauración: vitrales, metales y maderas. Allí también volvió a lucir la lámpara principal y el conjunto de vitrales iluminados desde atrás, entre otros notorios avances. En el lugar se puede apreciar un antiguo piano que deleitaba a políticos y personajes famosos de la historia, y los antiguos mostradores de vidrio y madera en los que se exhibían las delicias de panadería italiana de la casa. También se reparó el reloj del salón, a través de la misma empresa que lo fabricó.

"Muchas de las obras ya fueron licitadas, y con otras comenzará pronto su licitación. Entre ellas la marquesina de la entrada principal y los tres ascensores de hierro, de los cuales nos interesa conservar el envolvente, pero modernizar su sistema interno de acuerdo con medidas de seguridad vigentes", dijo Guillermo García, del Plan de Restauración Integral del Edificio del Molino, RIEM.

Si bien la gente no tuvo acceso a la cúpula, desde la Plaza del Congreso se obtiene una vista integral de las mejoras realizadas en el exterior del edificio, que por su desprendimiento de mampostería estuvo escondido tras una lona durante años. Los trabajos incluyen 254 m2 de restauración de fachada junto a los recientes trabajos de intervención de la cúpula, que se eleva hasta los 52 metros, en su momento, una de las más altas de Buenos Aires.

Del Molino fue declarado monumento histórico nacional en 1997, y por eso en la actualidad la Comisión Nacional de Monumentos, de Lugares y de Bienes Históricos trabaja en forma conjunta con el equipo de expertos del RIEM, con el gobierno porteño y con el gobierno nacional, en el rescate del histórico edificio.

La confitería nació en la esquina de Solís y Rivadavia, pero fue demolida para construir la Plazas del Congreso. Luego se mudó a la esquina de Rivadavia y Callao cuando su dueño era el panadero italiano Cayetano Menna: él le había encargado un nuevo edificio, símbolo de la prosperidad, al muy joven compatriota Gianotti. En la planta baja iba a estar la confitería y el resto sería destinado a alquiler.

Así fue como en menos de dos años se construyó un edificio para la historia, que ahora será puesto en valor para que allí funcione nuevamente la confitería, un museo del sitio y un centro cultural. Lo que no está definido aún es el destino de los departamentos de arriba.

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