Un gran amor de veinticuatro horas
¿Quién dijo que las relaciones amorosas más importantes son siempre historias de largo alcance? Cuando Irene conoció a Pedro, encontró la llave para volver a sentirse viva. Un viaje, una ciudad mágica y la poesía lograron el milagro.
1 minuto de lectura'


Irene estaba rota cuando se subió a ese avión. Desde hacía unos meses su vida era un simulacro; una serie de movimientos automáticos la llevaban al trabajo, la hacían comer, dormir, intercambiar frases con otras personas, pero no le pasaba nada por dentro. La relación con Tomás, diez años mayor y adicto a las relaciones enfermizas, la había agotado y por momentos pensaba que su propia vida había llegado al límite. El punto clave había sido el embarazo. Bueno, en realidad, no el embarazo sino el final obligado de ese sueño que nunca fue de a dos. "Basta para mí", se dijo ese día y cumplió, con el corazón hecho harapos por el maltrato. No volvió a verlo ni a atender ninguno de sus llamados. En medio del duelo por el amor que no fue y mientras se preguntaba si podría volver a enamorarse alguna vez, en la agencia le anunciaron que había un viaje de trabajo a Barcelona y, por un segundo, vibró en ella algo parecido al entusiasmo. Esa noche, en Ezeiza, se prometió salir de la oscuridad. Ajustó el cinturón, cerró los ojos y se permitió escuchar los latidos de su corazón. Tenía 32 años y un mundo por delante: se necesitaba viva.
Llegó al departamento de Fede y se sintió cómoda enseguida; él la recibió con un abrazo cálido: sabía que Irene venía a salvarse y quería colaborar en esa empresa. Habían estudiado publicidad juntos y también habían sido compañeros de trabajo, siempre se habían llevado bien. Fede había dejado Buenos Aires por amor; se había ido en pleno romance con Maia, una polaca jovencita y preciosa que lo había cautivado una noche de mojitos y salsa, escuchando una y otra vez el disco de la Fania All Stars en la casa de un amigo en común. Cuando Irene llegó a Barcelona, Fede y Maia le habían reservado un cuarto en el departamento antiguo en el que vivían. Maia había mejorado sensiblemente su castellano y se mostró feliz de recibirla: "Estamos para ayudarte. Esta es tu casita de muñecas", le dijo tomándole las manos. La emocionó. Pasó su primer día recorriendo la ciudad, fascinándose con cada detalle, con cada edificio y con las miradas ajenas.
El encantador de serpientes
Al día siguiente trabajó todo el día. Por la noche salieron los tres a recorrer la Rambla y se detuvieron a comer tapas. Saboreaban las delicias que iban llegando y brindaban con tempranillo intenso cuando Irene vio que alguien se acercaba a espaldas de Fede y pedía un silencio cómplice con el dedo índice cruzando su boca. Frente a ella, el desconocido jugó a taparle los ojos a su amigo. Debía tener unos 28, 30 años, llevaba el pelo largo y oscuro amarrado en una colita de caballo, tenía ojos profundos y una sonrisa estremecedora. En cuanto habló, advirtió un tono caribeño aunque jugara a la porteñidad diciendo "che" y "pelotudo" cada dos segundos. Entre risas, Fede supo enseguida que quien se sumaba a la mesa era Pedro, poeta y artista colombiano que trabajaba como diseñador en la misma agencia en la que trabajaba él. Sin que nadie lo invitara, Pedro se sentó al lado de Irene, pidió una copa al mozo y se sirvió vino. Propuso un brindis "por la vida y por los encuentros inesperados". No había dudas: el tipo era un encantador de serpientes pero, sobre todo, una promesa vital. En su espeso camino hacia la humillación, Tomás la había convencido de que no valía nada, que solo él podía querer estar con "una pobre mina" como ella, así la despreciaba cuando estaban a solas. En cuanto Pedro comenzó a mirarla y a acercarse –para servirse más vino, para confirmar un comentario- Irene percibió que le gustaba y, aunque al principio creyó que lo suyo era una expresión de deseos, sobre el filo de la madrugada fue una confirmación. Pedro la estaba buscando.
Pasaron horas entre risas y juegos de palabras. Esa noche Irene aprendió con sorpresa que los colombianos llaman "tinto" al café y que cuando dicen "qué pena contigo" no es que te tienen lástima sino un modo de mostrar pudor o vergüenza. Le dolían los músculos de la cara de tanto reír cuando se despidieron en la puerta del local. Pedro la miró a los ojos antes de darle un beso y un abrazo. Habían bebido bastante, aunque no tanto como para no tener conciencia de las palabras y los gestos. Él dijo algo sobre verse otra vez al día siguiente pero Fede y Maia tenían un compromiso, de modo que el nuevo encuentro quedó en el aire.
Vinieron días de trabajo intenso, entretenido. Intercambio potente de ideas y experiencias con gente de otra cultura, con otras dinámicas. La agencia socia de la suya -donde se desarrollaban las reuniones- estaba ubicada en un edificio moderno en los altos del Tibidabo, el monte más alto de Barcelona. A la noche regresaba rendida pero satisfecha. Cuando terminó de trabajar se marchó a París, quería pasear y seguir con su regreso a la vida. Ya conocía la ciudad, de modo que armó una pequeña agenda de aquello que sí o sí deseaba volver a visitar: la Place des Vosges, un restaurante de comida sefaradí en Le Marais, la abadía benedictina de Saint Germain-des-Pres, el cementerio de Père Lachaise… De regreso en Barcelona, Maia la recibió con una sonrisita. "Anoche vimos a Pedro. Preguntó por vos…". A Irene le dio vergüenza, sintió que volvía a tener 15 años. Siguió Maia con su particular idea del español. "Dijo que si no estabas muy cansada por el viaje, podíamos salir esta noche. ¿Interesa a vos?".
"Si el Sol pudiera mirarte, nunca sería de noche"
El día pasó volando. Al desarmar la valija dio con el vestido color cereza que había comprado en París. Lo había visto en la vidriera y pidió probarlo casi como un juego, nunca imaginó que iba a gustarle tanto verse con él. Parecía que lo habían diseñado para ella, la forma de marcarle el cuerpo, la caída delicada de la seda, el color... La Irene que se veía en el espejo de la tienda de la Rue de Turenne no parecía una "pobre mina" sino una mujer joven algo triste. Y muy linda. Se dio una ducha y se lo puso: era la ocasión ideal para estrenarlo. "’Si el Sol pudiera mirarte, nunca sería de noche’. Ese era el piropo favorito de mi abuelo": así la saludó Pedro cuando se encontraron en la calle. Se puso colorada, casi como el color de su vestido. Pedro hablaba, se reía, le cantaba viejas coplas. Entraron los cuatro a tomar una cerveza en un bar del barrio gótico, fue un rato divertido y relajado, sonaba la música de Kiko Veneno. Ella no tenía más que ojos para el poeta de Cali. Sintió algo suave sobre sus pies. Eran los pies de Pedro, que se había descalzado y la acariciaba así por debajo de la mesa mientras la miraba de un modo inconfundible. En un momento, Fede y Maia dijeron que tenían que irse porque debían pasar por la casa de una amiga que cumplía años. Nadie lo lamentó.
Salieron del bar abrazados, como si nunca hubieran estado de otra manera. A los pocos metros, él la besó suave y por largo rato. Antes le había tomado el mentón con la mano y se había acercado a ella despacito, como conservando cada segundo en la memoria. Los dos sabían que a la madrugada siguiente Irene estaría tomando su vuelo de regreso a Buenos Aires. A ninguno se le pasó por alto que había que capturar ese tiempo que aún tenían por delante. Pedro vivía a unas cuadras, la invitó a ir con él y ella no dudó. La noche se ofrecía hermosa, una brisa leve de primavera recién nacida los acompañó hasta el edificio medieval. Subieron por la escalera antiquísima, la puerta del departamento rechinó al abrirse. Crujía el piso de madera pese a que ambos se habían descalzado al entrar. Pedro sirvió dos copas de vino y puso música. No dejó de besarla y acariciarle el pelo durante todo ese tiempo. Finalmente la tomó de mano y la condujo a la habitación. Esa noche, en ese dormitorio ajeno, Irene confirmó que no habían podido con ella. Seguía viva.
Durante todo el día estuvieron en la casa de Pedro y solo salieron para comprar algo para comer. Se contaron sus vidas y sus deseos; se prometieron volver a encontrarse allí o en Buenos Aires, cuando se pudiera. No se prometieron nada más, no tenía sentido engañarse. Él vivía en pareja con Eleanor, una violinista inglesa que en esos días había viajado a Londres y tenía su vida programada para esa historia. A la hora de partir, se abrazaron muy fuerte, ella en puntas de pie para alcanzarlo y para tomar su rostro. Se besaron largo rato y se dijeron las cosas más hermosas que pueden decirse un hombre y una mujer. Prefirió bajar sola.
La llave
No sufrió al irse; sabía que no era hora de lamentos y que no tenía sentido plantear imposibles. Pedro iba a quedar siempre en su memoria como una delicada e impensada foto de Barcelona. El había vuelto a encender su ilusión y, al igual que la tienda de París, le había devuelto su mejor imagen. Pedro había sido la llave que necesitaba para salir de las tinieblas. Mientras escuchaba el sonido de sus tacos por las callecitas empedradas, de regreso a lo de Fede para buscar su valija y llegar al aeropuerto a tiempo para su vuelo, supo algo más. Fue ahí mismo, riéndose sola de cara a las estrellas en la ciudad dormida, que comprendió que el amor para toda la vida es un sueño adorable, pero que es posible tener grandes amores que duran apenas unas horas.
Si querés que la Señorita Heart cuente tu historia de amor en sus columnas, escribile a corazones@lanacion.com.ar con todos los datos que te pedimos acá
1Nuevo parte médico: cómo sigue Bastián, el niño de 8 años que quedó en estado crítico al chocar un UTV y una 4x4 en Pinamar
- 2
Blue Monday: por qué hoy se considera que es el “día más triste del año”
3La Anmat prohibió un acondicionador para el pelo por irregularidades en su composición
4“Respuesta parcial a estímulos”: se conoció un nuevo parte médico del chico que se accidentó en Pinamar





