
Un grave accidente que pudo haberse evitado
La investigación oficial apuntó a fallas humanas
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El 31 de agosto de 1999 la tragedia golpeó como pocas veces en el país. A las 20.54 el vuelo 3142 de la empresa LAPA debía despegar desde el Aeroparque rumbo a Córdoba. No pudo elevarse y el Boeing 737 se estrelló contra un sector de práctica de golf que apenas estaba separado de la pista por la avenida Costanera. Murieron 63 de las 100 personas que iban a bordo y otras dos cuyo automóvil fue atropellado por el avión. La investigación determinó luego que ese accidente pudo haber sido evitado.
La Junta de Investigación de Accidentes de la Fuerza Aérea puso la responsabilidad en los tripulantes de la cabina. En opinión de los peritos, el piloto Gustavo Weigel y el copiloto Luis Etcheverry ignoraron una serie de pasos básicos del chequeo de sistemas antes del vuelo. Las grabaciones de los diálogos en la cabina, obtenidos de la caja negra del avión siniestrado, demostraron a los investigadores que la tripulación estaba más empeñada en bromas internas que en revisar el aparato.
Esa investigación oficial determinó que los pilotos se olvidaron de configurar las alas, lo que habría ocurrido por la desconcentración en la cabina. Tras ese error inicial, según la Junta de Investigación de Accidentes, la tripulación agregó otra falla humana al ignorar una alarma sonora que indicaba que la posición de flaps no era la correspondiente para el despegue.
Para ese análisis técnico del accidente, los pilotos sumaron finalmente la equivocación en el momento de decidir si se abortaba o no el despegue. En esas condiciones, optaron por una desaconsejada maniobra de frenado fuera de tiempo.
Sin control
El Boeing 737 siguió su carrera al llegar al final de la pista del Aeroparque. Atravesó la reja con sus ruedas a pocos metros de altura y chocó una y otra vez con el piso hasta terminar en un talud que servía de sector de práctica de golf en el complejo de Punta Carrasco.
Durante el juicio, diferentes peritos de partes y testimonios varios buscaron encontrar las razones para el comportamiento de los pilotos, detectado en los minutos previos al accidente. Se habló entonces de las malas condiciones de trabajo que imponía la empresa, de alarmas que sonaban casi en forma cotidiana al punto de no volverse una alerta para nadie.
Más allá de las explicaciones, ese 31 de agosto de 1999 la aviación argentina sumó uno de sus accidentes más terribles en costos de vida y más polémicos en el momento de definir las responsabilidades.




