
Un mercado humano en el Bajo Flores
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La lucha por sobrevivir acaba de empezar en Cobo y Curapaligüe, en el Bajo Flores. Son las ocho del viernes y el polideportivo empieza a poblarse. En la esquina, la mujer de rasgos orientales ya tomó la decisión. "El y él", señala, y con dos empujones ordena a los elegidos que empiecen a caminar. "Tú no", grita a un tercero que le ruega por una oportunidad. No hay caso. El hombre debe quedarse con el resto de sus 30 compañeros a esperar la siguiente subasta humana.
La mujer y sus flamantes empleados suben al colectivo 44 y se marchan. Poco más de 10 pesos por 12 horas de trabajo como ayudantes de albañilería. Y trato hecho.
Pasan los minutos. Llegan más aspirantes. Se sientan a la sombra de un árbol o en las escalinatas del centro deportivo municipal Cobo. Son todos inmigrantes peruanos. Pocos tienen documentos. En la esquina opuesta, a la entrada de una farmacia comienza a arremolinarse otro grupo de desocupados en busca de una changa . Estos son de Bolivia; la mayoría, mujeres.
En una buena mañana pueden juntarse 300 indocumentados en este mercado de trabajo ilegal al aire libre, que funciona de lunes a viernes, de sol a sol. Los empleadores llegan a pie o en coche. Casi siempre son coreanos o chinos. Con sus documentos en regla.
Mientras pasan las horas y se esfuma la esperanza de salvar el día, los candidatos cuentan sus historias. Relatos de explotación y miseria, que recuerdan las épocas de esclavitud.
Jorge T. nació en La Paz y tiene 25 años. El pelo le cae sobre la frente, ya empapada de sudor, al sol de las once de la mañana. "Hago cualquier trabajo. Los coreanos nos llevan a las fábricas de ropa. Es lo más común -explica-. Nos pasamos varios días comiendo arroz entre las máquinas y durmiendo en el piso, con otros 15 paisanos, en un cuartito de madera, sin ventanas."
Pero Jorge ahora se quedó sin contrato . Acaba de pasar tres meses en una de esas fábricas, encerrado de lunes a sábado. Juntó unos pesos y espera que se le abra otra puerta.
Como Berta H., una de las mujeres que se ofrecen para trabajar como empleadas domésticas o cocineras. O lo que les pidan. "Una vez éramos 12 o 13 costureras en la fábrica -recuerda-. Los dueños nos prohibían hablar entre nosotras. Trabajaba 18 horas por día, pero me echaron. Para los coreanos ya era vieja. Tengo 38 años. Ellos buscan chicas jóvenes." Y los casos de explotación se multiplican. Los buscadores de empleados en negro regatean el precio hasta límites insólitos. Una costurera cobra 10 centavos por prenda terminada (a veces les lleva hasta 10 minutos); un albañil se lleva, como mucho, 20 pesos por una jornada de 12 horas o más. Eso no impide que cada vez que aparece un empresario los inmigrantes compitan para ser elegidos.
Algunos hasta tienen que pasar por pruebas físicas para ser aceptados. "Cuando te llevan a las fábricas te palpan las nalgas para ver si eres fuerte. Para hacer de hilandero tienes que pasar muchas horas parado", explica Alberto B., que luce una remera roja, pantalón corto verde y medias de fútbol.
Ellos no se quejan y siguen en la espera. En silencio, si nadie les habla. Elsa C. cumplió 44 años y hace dos que está en Buenos Aires. No tiene documentos argentinos y tampoco sueña quedarse mucho aquí. Pero..."quiero volver a Bolivia. Ahí están mis siete hijos. A uno lo están operando hoy porque tiene cáncer. Necesito juntar algo de dinero. Me deben el sueldo desde noviembre. Son como 400 pesos", indica.
A la carga
El Volkswagen Senda bordó pasa despacio por el polideportivo y estaciona a 50 metros de allí. Entonces, seis peruanos comienzan a correr con sus bolsos al hombro hacia el conductor del coche, que ya empieza a vocear. "Veinte pesos, diez horas", repite como letanía el hombre; ojos rasgados, de unos 50 años.
"Yo tengo herramientas", exclama uno de los trabajadores, que mete la cabeza por la ventanilla del coche.
"El, él", elige entonces el capataz. Y allí empieza la discusión. Sólo uno puede subir al auto, sinónimo del objetivo cumplido.
Pero el hombre de las herramientas se envalentona. "Veinte no, treinta", replica. Yel oriental se ofusca. Lanza un grito gutural, mientras los otros postulantes piden por favor. No. El coche arranca. Y con él, la ilusión.
El grupo vuelve al polideportivo. Ríen y conversan. Ya no son rivales. Hasta dentro de un rato.
"Los bolivianos nos hacen bajar el precio del trabajo. Son una peste, si les gusta que los exploten, allá ellos. Nosotros somos dignos", cuenta uno de ellos, Daniel S., de 28 años.
El comentario no es casual. La convivencia entre bolivianos y peruanos no es amistosa. Casi no se mezclan en las esperas, y son frecuentes los enfrentamientos violentos.
Del lado de enfrente, Carlos E., boliviano, de 34 años, replica:"Los peruanos nos roban los documentos y luego van a trabajar con nuestra nacionalidad. Nos persiguen a los que conseguimos el certificado de radicación". Carlos es legal desde hace cuatro meses.
Desde la otra esquina llega un peruano que alcanzó a escuchar la conversación. Señala a Carlos y le espeta: "Ustedes quieren echarnos". Sigue un insulto, y empiezan los empujones. Se acercan unos y otros. Gritos, silbidos, amenazas. Va a ocurrir otra vez.
Suena una bocina. Un hombre rubio con anteojos negros asoma la cabeza por la ventanilla de un Fiat Europa. "Quiero tres ayudantes de pintor. Hay 30 pesos. Vamos, rápido", reclama.
Es el precio soñado. Ahora ya no son peruanos contra bolivianos. Vuelven a ser uno contra uno.
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