
Un virtuoso del saxo que vive de la caridad
Toca en las inmediaciones de Santa Fe y Billinghurst; probó suerte en Europa, pero prefiere la Argentina
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Esto lo estoy tocando mañana (Julio Cortázar, "El perseguidor")
Por un par de horas, al menos, en algunas zonas de la ciudad se aflojan las tensiones. El prodigio lo generan los músicos callejeros, alrededor de medio centenar actualmente, sumando los que tocan en el subte. Hasta hace un tiempo debían contar con un permiso otorgado por el gobierno porteño (decretos 2204/90 y 1293/93), que ahora encara una mejor reorganización del trámite.
Son intérpretes que trabajan a la gorra, acompañados sólo por su único material de trabajo: instrumentos de viento, cuerda o percusión. Hay desde improvisados, que parecen haber aprendido a tocar hace una semana, hasta virtuosos, los que producen esa fascinación capaz de modificar ensombrecidos gestos producidos por la crisis.
El saxo figura entre los más aptos para crear esos estados de trance. Difícil explicarlo. Tal vez por su sonido heterogéneo: melancólico, dulce, sensual, a veces una mixtura de tristeza e ironía. Todos sus ejecutantes de vía pública han mencionado reverencialmente al Ruso . Lo conocen así, no más. "Ninguno tiene su nivel", dicen. Lo encontramos un sábado por la mañana en la esquina de Santa Fe y Billinghurst.
Algo para oír, claro, pero también para ver. El hombre, bajo y fornido, con el pelo rubio recogido en una cola, parece situado en un repliegue aislado del mundo, donde su único objetivo en ese momento es transmitir cabalmente con su saxo tenor los sensitivos acordes de "Sonríe", de Charles Chaplin.
Quiebra el clima con "Al compás del reloj" y se transforma, metiendo físico, convertido en secuaz de la vigorosa apelación rockera que lo lleva a un toque de transgresión: abandona la esquina, aprovecha el minuto semafórico de detención de los coches y toca ante ellos, más callejero que nunca y bajando y subiendo el saxo. Lo despiden bocinazos festivos. En la avenida, y también desde algunos balcones, resuenan los aplausos.
Entre tema y tema -todos adornados con notables variaciones- se escuchan los elogios. "Es un capo", dice un muchacho. "Le cambia la cara a la gente", evalúa un hombre mayor. No exagera. Tampoco, si se hubiera dicho que en unos metros a la redonda mejoró el tiempo.
El Ruso es Mikhail Rojkov, de 51 años. Acepta dialogar con LA NACION, casi simultáneamente con un pedido que le formula Verónica, una jovencita que vive en Juncal y Coronel Díaz, para que toque en su casamiento. Contesta que sí y le pregunta la fecha. Ella responde: "No lo sé. Ni siquiera tengo novio. Sólo quise saber si podía contar con vos".
Recoge un puñado de monedas depositadas en el estuche del instrumento y lo enfunda, junto con el pequeño baffle y los CD cuyos 120 temas le sirven de trasfondo, aunque -aclara- "mi repertorio llega a los 250".
De Moscú a Buenos Aires
Nació en Penza, 500 kilómetros al este de Moscú. "Mi primer instrumento fue el violín y después el piano -cuenta en un precario castellano, mezclado con inglés-. Tocaba en los restaurantes moscovitas. Pero la violencia iba en aumento. Todas las noches mataban al menos a un tipo en los restaurantes. Un día decidí que la cosa no iba más. Y aprendí el saxo para poder tocar en la calle."
Finalmente, se fue a recorrer Europa. Entre sus anécdotas nos gusta lo que ocurrió en Viena, en 1993. Tocaba en una calle peatonal y se le acerca "una vieja negra, bajita, gorda y fea. Me pregunta si puede cantar conmigo. Acepto y ella sugiere Darn that dream , de Jimmy van Heusen. Cantó maravillosamente. Al otro día veo su foto en el cartel de un teatro. Decía: Sarah Vaughan y su trío . Casi me desmayo. Ella murió cuatro meses después".
En Europa tuvo problemas de documentación, así que en el ´95 vino a la Argentina, "de la que me habían hablado muy bien". Dos años después probó otra vez Europa, pero debió regresar aquí. Esa vez consiguió la residencia.
En mejores tiempos, la calle porteña le dejaba hasta 35 pesos por día; hoy, entre 20 y 25 pesos. ¿Por qué no integrarse a una orquesta? "Porque están con muchas dificultades económicas. Hay que repartir poca plata entre muchos, así que prefiero estar solo", dice.
Suma a este modus vivendi lo que obtiene con las clases de saxo que da "sólo para profesionales" y con la venta de los dos CD grabados: "Mis canciones favoritas" y "Tú no sabes". También se agrega lo que recauda Irina, su compañera, como pianista en restaurantes.
No faltaron los sinsabores originados en esporádicas denuncias por ruidos molestos. "Quizás alguien a quien no le gusta el jazz o que le duele la cabeza, no sé. Una vez vino un patrullero, mostré el permiso, pero hasta me esposaron y me largaron sólo seis horas después."
Es fanático de Charlie Parker. Cuenta que en París leyó 20 veces el cuento de Cortázar "El perseguidor", sobre la vida del músico, "un adelantado para su época; por eso aquello de que tocaba para el día siguiente".
Hace un año, actuó en el filme "Vladimir en Buenos Aires", dirigido por Diego Gachassin, sobre la inmigración rusa a la la Argentina.
Antes de despedirse, Rojkov regala un miniconcierto privado: "Según pasan los años", "Tiernamente", "Dulce Georgia Brown", "Misty" y "El hombre que amo", que George y Ira Gershwin escribieron sólo para voz femenina. Lo cantaba la viejita negra, petisa y fea que se le apareció al Ruso en Viena: Some day he´ll come alone/ the man I love.. .
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