Vilma Ripoll
Tiene 49 años y una historia de cacerolazos y marchas; presentó como legisladora un proyecto para que se expropien fábricas para los empleados; promete reestatizar servicios tercerizados
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Marchas, actos y cacerolazos tuvieron su voz como banda sonora. La mujer que se adueñó del megáfono: la legisladora porteña de la Izquierda Unida, la que para poder ocupar una banca está de licencia hace tres años como enfermera de la unidad coronaria del Hospital Italiano. La que hoy aspira a ser jefa de gobierno porteño a sabiendas de que no tiene ninguna oportunidad de llegar a serlo. Ella misma lo dice.
Vilma Ripoll tiene 49 años y vive en un departamento que alquila frente a Parque Centenario. La primera cara que ve cada mañana es la de Mauricio Macri, el candidato que copó la cartelera frente a la puerta de su casa.
El primer proyecto de ley de expropiación de una fábrica porteña a manos de sus empleados fue de su autoría. Quemó una bandera de los Estados Unidos frente al Sheraton ante la visita de representantes del FMI. Y plantó un lavarropas frente a Plaza de Mayo con la leyenda: "Pedro Pou y el Banco Central lavan más blanco".
"La elección está polarizada: Macri o Ibarra. La gente va a votar, pero no con convicción", dice. Promete aumentar 300 pesos a los empleados de la Ciudad, boleto gratuito para los estudiantes secundarios, elegir comisarios porteños por voto popular y reestatizar todos los servicios tercerizados. Si no lo consigue, aspira a renovar su banca en el recinto. "Meta Izquierda en la Legislatura", es su slogan de campaña.
Nació el 12 de abril de 1954 en Firmat, una ciudad de 18.000 habitantes, 100 kilómetros al sur de Rosario. Allí es conocida como "la Gallega", un apodo que se ganó a instancias de su hermano Omar (apodado El Bilengo).
En su pago la recuerdan como "una piba con mucho levante". Y se reconoce como hincha fanática de Racing.
Cursó la primaria y la secundaria en el colegio Virgen de la Merced. Cuando los equipos de gas para los autos todavía eran desconocidos en el país, el padre, profesor en la escuela técnica, adaptó su viejo Ford para que anduviera conectado a una garrafa. "Era un peligro, pero lo tuvo hasta hace poco, cuando instaló GNC", cuenta la diputada.
A los 18 años, Vilma se mudó para estudiar enfermería en la Universidad de Medicina de Rosario. Antes de un año ya había fundado el centro de estudiantes de la carrera y conseguido la presidencia. A los 23, dejó su trabajo en el PAMI de Rosario y todo lo que tenía en esa ciudad para exiliarse en Colombia, perseguida por su militancia en el Partido Socialista de los Trabajadores.
Regresó al país en 1981 y se instaló en Buenos Aires. Se casó dos veces, "ninguna por amor", reconoce. Hoy vive con su pareja, que también milita en Izquierda Unida.
Desde agosto de 2000 ocupa una banca en la Legislatura de la ciudad. Nunca renunció a su puesto de enfermera: sigue con licencia. Tampoco renunció a la lucha por defender los derechos de los trabajadores de la salud. Al menos, eso es lo que pregona.
Cuando era enfermera ganaba 1200 pesos, la misma suma que, dice, ahora usa para vivir, de la dieta de 4500 pesos que recibe como legisladora. La diferencia, declaró, la destina "a las luchas populares".



