
Volvió Manolete y sentó sus reales en Libertador y Callao
El célebre barman, protagonista de la historia porteña, atiende en Barrio Norte.
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Volvió. Salió inesperadamente del olvido o quiso dejar de ser sólo un recuerdo de sus nostálgicos clientes.
Aquellos que en el invierno de 1981 no lograban explicarse por qué ya no podrían volver a tomar un cóctel apoyados sobre el mullido borde de cuero de su barra. Los mismos que esa noche vieron cómo el adicionista, Tito Avena, le pasaba por última vez una Trabex a la puerta de Blindex.
Entonces, la espléndida esquina de Montevideo y Las Heras, frente a la plaza Vicente López, no volvió a ser la misma. Sin la confitería perdió la elegancia de las señoras de la tarde, el ruido de los cristales a la hora del copetín y el brillo de sus noches.
Pocos supieron el porqué. El asunto, una diferencia entre los dos socios, una pelea, una deuda y... el adiós.
Pero Manolete volvió. Después de 16 años y por sorpresa. Ya no en aquella esquina, sino en un lugar que también tuvo su historia en la avenida Callao, a poco de la Avenida del Libertador. Donde estuvo La jirafa roja, querido bar de manteles dobles, de jugosos lomitos en las madrugadas y de los mejores locatelis de pavita. Otra melancolía.
Manolete por Manolete
Manolete no sólo volvió con su mismo logotipo, sus mismas letras y sus mismos tragos, sino con su misma alma:Manolete (Manuel Otero Rey, según su documento), el hombre, el dueño, el fundador, el barman. Un mito con la coctelera en la mano.
Allí está, con sus 71 años, haciendo lo que muy pocos saben. Dejando el gusto de su experiencia en cada clarito, en cada margarita, en cada old fashioned o Manhattan.
Por eso vale contar la historia de este gallego que en 1949 dejó La Coruña para venir a mezclar licores a Buenos Aires. Fue en el Café de los Angelitos donde tuvo que aprender a utilizar la Hesperidina, el Aperital y el Gancia, bebidas que no se consumían en España.
Rápidamente se destacó agitando fluidos espirituosos en aquellas épocas de oro. Por eso en poco tiempo Manolo o Manolito ya estaba trabajando en el American Store (San Isidro) y, un cliente, Jaime Domingo Uranga, le dijo que era parecido y, tan bueno en lo suyo, como el gran torero. De ahí lo de Manolete.
Guiraldes, Razzano y Wimpi
Casi consagrado llegó a Only Down (Santa Fe y Esmeralda), donde un parroquiano con voz muy ronca le pedía unos claritos que pagaba con papeles pintados por su propia mano. No eran billetes falsos y en la vueltas de la pluma aparecían toros, plazas, ruedos y corridas. Se tratabanada menos que del dibujante Alberto Güiraldes.
Allí también Manolete le servía jerez Tío Pepe a José "Pepe" Razzano, el inolvidable compañero de Gardel.
En agosto del 53, Manolete delineó con una tiza lo que, por fortuna, todavía es hoy el mostrador art déco de Queen Bess (Santa Fe entre Suipacha y Esmeralda).
En ese largo y sinuoso estaño atendió a un hombre con quien casi no dialogaba y al que apodó "el amigo desconocido". También tomaba gin con Martini seco (clarito), pero un día no lo vio más. "Un vez -recuerda Manolete- compré una revista que decía ÔHa muerto Wimpi´, y estaba la foto de mi amigo desconocido."
Se trataba de aquél speaker que tenía una audición de radio llamada "Una ventana a la vida" y que finalizaba sus programas diciendo, "Será hasta mañana, si Dios lo permite". Dios no permitió que el barman pudiera volver a despedirlo en su mostrador.
Una esquina inolvidable
Después pasó por Mc Gregor (Avenida Santa Fe al 800), por Bigote (Canning y Figueroa Alcorta) y por la Hostería del Lago (Chapdmalal). Fue entonces, en Mar del Plata, donde decidió abrir su propio local: Aranjuez (frente a la playa de los Ingleses). Pero el verano del 71, el mismo en el que murió Ricardito (el que ofrecía los mejores vermouths y platitos), vino lluvioso y malo.
Finalmente llegó el gran día. El 25 de agosto de 1972, cuando se cumplía un cuarto de siglo de la muerte del torero, abrió lo que fue su Manolete.
Era una amplia caja de vidrio en la que de día se estaba como en la vereda, con mesas bajas tipo boite para algún "chic to chic" nocturno y con otras altas para el té de la tarde o el negocio cara a cara. Claro que la magia estaba, como siempre, en la barra, más si detrás se movía el gran barman.
Fue un éxito y, en los primeros tiempos, esa esquina tuvo de clientes al ex presidente Roberto Marcelo Levingston, al brigadier Jorge Rojas Silveyra y al almirante Rojas, quien tomaba Ginger Ale porque iba junto con el párroco de Las Esclavas, pero siempre se adelantaba al baño y al pasar por la caja pedía, a escondidas, que se lo "bautizaran" con un poco de coñac.
El actor Pedro López Lagar y los periodistas José María Longo y Leandro Pita Romero indicaban con su presencia que allí no había un cuartel. Mucho menos si andaba Tito Quevedo, un bon vivant que cedió su mejores cañas de pesca deportiva para decorar el techo de la barra, ese rincón único que tenía una "panza redonda" junto al Blindex de Las Heras y que, entre recovas de adoquines, guardaba escoceses de los más variados y accesibles:Prince Charlie, Cutty Sark, Quenn Anne, Dimple... Típicos de la economía de Martínez de Hoz.
Gente joven
Antes de los ochenta, un grupo de jóvenes de la zona que hoy supera los 35 años se hizo un lugar adentro. Tomaban Nicholson, un espléndido nacional que venía en una botella corta y verde. Aparecían más bien de noche, cuando las cortinas tapaban las transparencias de los vidrios.
"¿Tato cambió el auto?", le solía preguntar, de lo más serio, el mozo Ramón Alegre a uno de ellos, quien alternaba muy seguido la compañía femenina. "No, lo que pasa es que está embarrado", respondía incómodo el rubio veinteañero mientras ellas no entendían nada.
Era la época en que las generaciones se mezclaban en los boliches y los más chicos respetaban las voces de los grandes. Como la del distinguido Floro Lavalle, aquel cirujano parecido a David Niven, pero "mucho más pintón", al entender de las mujeres de todas las edades.
A primera hora de las madrugadas otro grupo comenzó a ocupar la mesa que estaba frente a la registradora de don Tito. A una le decían "La Turca". Las demás se vestían parecido y nadie dudaba de lo que buscaban.
Por entonces, unos deportistas profesionales también se habían hecho un espacio: García Cambón, Merlo, J. J. López, Luis Alberto Nicolao, Veira o Monzón. Hablaban entre ellos y Carlos María García Cambón (ex goleador de Boca) gritaba mucho. "Eso no se hace", solía decir en voz baja Florito Lavalle.
Una tarde, el diariero entró a vender la sexta. "Murió un guapo", se leía en la tapa de Crónica. Fue el día en el que un auto de TCterminó con Víctor Galíndez, el corajudo ex campeón mundial de los semipesados.
"¿Y éste era un guapo?, guapo era Al Capone", exclamó en voz alta García Cambón. Nadie le contestó. De fútbol sabría mucho; de boxeo, nada.
Un anecdotario inacabable
El anecdotario del maestro de los barmen porteños parece no tener fin. Personajes, celebridades y aventureros de toda laya desfilaron durante décadas por sus barras, dejando tras de sí historias inolvidables y de las otras.
Una noche de la década del 70, el por entonces renombrado basquetbolista y modelo publicitario Norberto Draghi parecía escapar de la presencia del bravo Carlos Monzón, campeón del mundo de los medianos.
Es que el apolíneo y rubio Draghi ya se paseaba en un Mercedes-Benz blanco descapotado nada menos que con la novia del temible pegador, la estrella televisiva Susana Giménez.
La chica del shock vivía en ese entonces ahí nomás, en un elegante edificio de departamentos de la calle Rodríguez Peña.
Monzón, pese a lo escurridizo que era Draghi, no tardó en enterarse de sus andanzas amorosas y durante varias noches anduvo patrullando la zona sin poder dar con el galán.
Pero la forma en que el modelo pudo zafar del indignado púgil es, y seguirá siendo, un secreto muy bien guardado por Manolete.
De todos sus locales, el de Montevideo y Las Heras es el que más gratos recuerdos le depara.
Y el hombre lo explica así: "Montevideo y Las Heras es mi gran recuerdo. Del final prefiero no hablar, fue horrible. La mañana siguiente al cierre me encontré en la puerta con dos señoras llorando", dice ahora y piensa en el futuro:"Volví porque tenía una deuda con los clientes, y porque si me sacan la coctelera de la mano es como si me quitaran la vida".
Hay Manolete para rato... la leyenda continúa y dará que hablar. Bastante más.
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