Yo no buscaba a nadie y te vi
Ella era recepcionista en un hotel y él, un turista alemán de paseo por Buenos Aires. En cuanto se vieron el mundo hizo “plop” y no pudieron despegarse nunca más
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"Andate que a éste le hago el check in yo", le dijo a su compañera esa mañana y ahí nomás se dispuso a atender al pasajero, ella, que siempre había dicho que nunca –NUNCA- iba a meterse con un huésped. Mercedes dice que lo que le pasó fue claramente amor a primera vista porque desde que lo miró por primera vez quedó cautiva de ese desconocido alto, flaco y de ojos verdes. Supo enseguida que él iba a quedarse varios días y que, aunque iba a viajar al interior, su idea era volver a Buenos Aires. Le dio la mejor habitación que tenía disponible en ese momento. Se quedaron conversando unos minutos y ahí se enteró de que Tim era alemán, se sorprendió por lo bien que hablaba el castellano y con el correr de los días supo que tenía fascinación por la cultura latinoamericana y, especialmente, la argentina. Tomaba mate, escuchaba a Fito Páez, quería saber más sobre tango. Ya en los primeros días ella se dio cuenta de que él le gustaba con locura, pero procuraba sacárselo de la cabeza. Advirtió que él también estaba pendiente de ella. "Me gusta mucho, pero se va a ir pronto, no es de acá", se decía todo el tiempo, como para expulsarlo de su deseo. Él viajó a Villa General Belgrano. A los tres o cuatro días no pudo evitar la sonrisa al verlo regresar. Cuando él le contó a qué había ido a Córdoba, Mercedes comprendió que desde ese día su felicidad tendría para siempre los ojos del viajero. "Parece que me quedo: conseguí trabajo en Argentina", le contó él, esperando una respuesta en algún gesto. Mientras conversaban supo que ya no era una novela, era su propia vida la que tomaba forma de historia de amor.
Ese mismo día en que él volvió de viaje ella le recomendó una milonga a la que nunca había ido aunque por picardía le mintió y le dijo que sí, que la conocía. Intercambiaron los números de los celulares y ella se fue a su casa: tenía dos días de franco pero lo único que le interesaba era esperar el llamado del príncipe alemán. Junto con dos amigas fueron a celebrar con algunos días de atraso el día del amigo a un bar de Palermo. Entre risas y chismecitos, se iba pasando el rato. Eran las diez de la noche cuando el número deseado apareció en el display del teléfono. Atendió bajo la mirada atenta de las chicas y, con su aprobación, le dijo a Tim dónde estaba, para que fuera por ella. En cinco minutos él llegó al lugar. Más tarde le contaría que le pidió al taxista que volara hasta ahí desde Corrientes y Junín, donde él estaba. Se despidieron de las amigas de Mercedes y se fueron solos. Estuvieron toda la noche mirándose, aprendiendo cómo era verse largo rato y entenderse en silencio. No se dieron ni un beso, aunque pocas veces dos personas se habrán sentido tan cerca del Paraíso como ellos esa vez. Al día siguiente se volvieron a ver y entonces sí llegó el beso, el estar juntos a toda hora, el no poder separarse nunca más.
El destino ya estaba escrito entonces, eso creen ambos y lo dicen cada vez que pueden. Él prolongó su estadía hasta que confirmó que Mercedes era la mujer con quien quería estar, que nada importaba más que eso. Los dos eran solteros, nunca habían convivido antes con nadie, nunca, tampoco, habían vivido algo tan vertiginoso. Mercedes había llegado a Buenos Aires desde su Tandil natal a los 18 años, había comenzado varias carreras que dejó por el camino, solo terminó sus cursos de fotografía, incluso daba clases en la universidad al mismo tiempo que trabajaba en el hotel. "Estaba harta de los hombres argentinos que con más de 30 tienen la frase: ‘no quiero compromisos’ a flor de piel... Imaginate cuando Tim a las dos semanas me dio un anillo de compromiso... ¡Era el hombre con menos miedo y más coraje que había conocido en mi vida!", escribió ella en un mail. En pleno romance, Tim viajó a Alemania para renunciar a sus trabajos como profesor de Filosofía y español y regresó justo a tiempo para celebrar el cumpleaños de ella, en septiembre. Hacía menos de seis meses cuando viajaron juntos a Alemania para pasar las fiestas con la familia de Tim, que pudieron conocer a la novia de su hijo en Häan, una localidad chiquita al oeste de Alemania. Se casaron en julio de 2013, cuando todavía no se había cumplido un año desde la mañana en que Tim entró al hotel donde Mercedes trabajaba.
Aunque habla portugués e inglés muy bien, ella todavía no se entiende del todo con el alemán, lo comprende pero le cuesta hablarlo. Pese a que le dijeron que lo pensara un poco y esperara a ver cómo le iba a Tim en su nueva vida argentina, Mercedes abandonó su trabajo, le hicieron una fiesta de despedida preciosa, con regalos y flores. Al regreso de Europa se fueron directamente a Villa General Belgrano, para que Tim pudiera comenzar su nueva vida como director del departamento de Lenguas en el Colegio Alemán. Mercedes comenzó entonces a dedicarse a la fotografía, su especialidad son las bodas y los retratos familiares y de recién nacidos. Él tiene 36 y ella 32. En la intimidad, ella es la payasa de la pareja y él, su mejor público, que la festeja todo el tiempo. A ella le encanta sorprenderlo con colores diferentes en su pelo, que además corta cada tanto al punto de llegar a tener seis looks diferentes en un año. "Mi pelo es mi catarsis", explica. Además de ser un gran compañero, Tim ofrece detalles de su modo de ser que a ella la seducen mucho, detalles de caballero, dice, como que la ayuda cada vez que se pone el abrigo o que siempre le abre la puerta del auto.
Llevan una vida tranquila, hermosa –le gusta decir a Mercedes- y adoptaron tres perros de la calle (Pancho, Milo y Shisha), que se sumaron a Cuchurru y Nana, los gatos de 12 y 10 años con los que vivía ella en Buenos Aires. Ya no están tan solos en su nuevo paisaje. Los padres de Tim se fueron a vivir a Villa General Belgrano. "Fue un acto de valentía y amor increíbles, tienen más de 60 años y Tim es hijo único. Además, se trajeron a una de las abuelas, que tiene 91. ¡¡¡Increíble!!!", cuenta Mercedes, quien sigue teniendo a su familia de origen repartida entre Tandil y Buenos Aires y dice que, aunque está feliz y tiene amigos, lo más más difícil es estar lejos de los seres queridos. No se imaginan ni un momento separados uno del otro.
Tim habla un perfecto español con suave acento alemán, comenzó a practicar la lengua fuerte en 1998, cuando viajó por primera vez a Colombia. Se permite putear y echa mano al lunfardo como cualquier porteño, lo cual resulta muy gracioso para quienes lo escuchan. Le gusta el rock, el tango, el folclore y la cultura local. Come mucho y sigue flaco; es un gran asador, otro carnet de argentinidad que logró conseguir. Es muy lector, de libros y de diarios. Inició los trámites para naturalizarse como argentino porque no quiere ser extranjero. Quiere ponerle el sello a su elección. Quiere hacerlo por él, por ella -que es su gran amor -y por los hijos que seguramente vendrán pronto, el sueño más grande que los une, un sueño que les pondrá los pies sobre la tierra en la que eligieron nada menos que compartir su vida.
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