¿El tiempo frente a las pantallas es nocivo para el cerebro de los chicos?

Crédito: Dustin Franz/The New York Times
Benedict Carey
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16 de diciembre de 2018  • 00:29

Hace una generación, a los padres les preocupaban los efectos de la televisión; antes de eso, era la radio. Ahora, la preocupación es " el tiempo frente a las pantallas", un término general para hablar de la cantidad de tiempo que los niños, sobre todo los púberes y los adolescentes, pasan interactuando con televisores, computadoras, teléfonos inteligentes, tabletas digitales y videojuegos. Este grupo etario es importante porque la interacción con pantallas aumenta drásticamente durante la adolescencia y porque el desarrollo cerebral también acelera a esa edad, pues las redes neuronales se definen y consolidan durante la transición a la adultez.

El domingo por la tarde, la emisión "60 Minutes" de CBS informó sobre los primeros resultados del estudio ABCD (sobre el Desarrollo Cognitivo del Cerebro Adolescente), un proyecto de 300 millones de dólares financiado por los Institutos Nacionales de la Salud (NIH, por su sigla en inglés). El análisis tiene como propósito revelar la manera en que el desarrollo cerebral se ve afectado por varios factores, entre ellos el consumo de sustancias, las contusiones y el tiempo frente a las pantallas. Como parte de una revelación periodística sobre el tiempo frente a las pantallas, "60 Minutes" informó que pasar mucho tiempo usándolas se asociaba con calificaciones más bajas en las pruebas de aptitudes, además del "adelgazamiento cortical" —un proceso natural— en algunos niños. Sin embargo, los datos son preliminares y no está claro si los efectos son duraderos o incluso significativos.

¿La adicción a las pantallas cambia el cerebro?

Sí, pero pasa lo mismo con cualquier otra actividad que practiquen los niños: el sueño, la tarea, jugar fútbol, discutir, crecer en la pobreza, leer, utilizar un cigarro electrónico en el patio trasero de la escuela. El cerebro adolescente cambia continuamente, o se "reconecta", en respuesta a las actividades diarias, y esa adaptación continúa hasta la primera mitad de sus veinte.

Lo que quieren saber los científicos es si el tiempo frente a las pantallas, en algún umbral, provoca algún tipo de diferencias mensurables en la estructura o las funciones cerebrales de los adolescentes, y si estas son significativas. ¿Causan déficit de atención, problemas de humor o retrasos en la lectura o su capacidad para resolver problemas?

¿Se han encontrado este tipo de diferencias?

No de manera convincente. Más de cien informes y análisis científicos han estudiado la relación entre la manera en que se usan las pantallas y el bienestar de los jóvenes, buscando diferencias emocionales o de comportamiento, así como cambios de actitud relacionados con aspectos como la imagen corporal. En 2014, científicos de la Universidad de la Reina de Belfast revisaron 43 de los estudios mejor diseñados. Estos hallaron que las redes sociales permiten que la gente aumente su círculo de contactos sociales de maneras que podrían resultar positivas y negativas, por ejemplo, al exponer a los jóvenes a contenido agresivo. La revisión de los autores concluyó que no "había suficientes investigaciones causales sólidas sobre el impacto de las redes sociales en el bienestar mental de los jóvenes". En resumen: los resultados han sido diversos y a veces contradictorios.

Los psicólogos también han examinado si jugar videojuegos violentos está relacionado con comportamientos agresivos. Se han llevado a cabo más de 200 estudios como estos; algunos investigadores encontraron vínculos, otros no. Un desafío en el estudio de este y otros aspectos del tiempo frente a las pantallas es identificar la dirección de la causalidad: ¿los niños que juegan muchos videojuegos violentos se vuelven más agresivos como resultado, o acaso se sintieron atraídos a ese tipo de contenido porque eran más agresivos desde un principio?

Aunque los científicos encontraran evidencia sólida de un solo efecto mensurable —si, por ejemplo, tres horas de tiempo diario frente a las pantallas se asociara con un mayor riesgo de ser diagnosticado con TDAH— un vínculo evidente como ese no necesariamente sugeriría que hubiera diferencias consistentes y mensurables en la estructura cerebral.

La variación individual es una regla del desarrollo cerebral. El tamaño de regiones cerebrales específicas como el córtex prefrontal, el ritmo al que estas regiones editan y consolidan sus redes y las variaciones de estos parámetros de un individuo a otro hacen que sea muy difícil interpretar hallazgos. Para abordar ese tipo de obstáculos, los científicos necesitan enormes cantidades de sujetos de investigación y un mucho mejor entendimiento del cerebro.

¿No es ese el propósito del estudio de los NIH?

Sí. El estudio ABCD en curso espera seguir a 11.800 niños a través de la adolescencia, con estudios anuales de resonancia magnética, para ver si los cambios en el cerebro están relacionados con el comportamiento o la salud. El estudio comenzó en 2013, reclutaron a 21 centros de investigación académica e inicialmente se enfocaron en los efectos de las drogas y el consumo de alcohol en el cerebro adolescente. Desde entonces, el proyecto se ha expandido y ahora incluye otros blancos como los efectos de las lesiones cerebrales, el tiempo frente a las pantallas, la genética y una serie "de factores medioambientales distintos".

Crédito: Shutterstock

El artículo publicado hace poco, y al que "60 Minutes" dio cobertura, nos proporcionó un vistazo temprano a los resultados anticipados. Un equipo de investigación, con sede en la Universidad de California, campus San Diego, analizó los exámenes cerebrales de más de 4500 púberes y los correlacionó con la cantidad de tiempo que los niños pasan frente a las pantallas (según lo informaron ellos mismos en unos cuestionarios), así como sus puntajes en pruebas de lengua y pensamiento. Los hallazgos fueron variados. Algunos niños que pasan mucho tiempo frente a las pantallas mostraron adelgazamiento cortical a edades más tempranas de lo esperado; pero ese adelgazamiento es parte de la maduración cerebral natural, y los científicos no saben qué significa esa diferencia. Algunos niños que pasan mucho tiempo frente a las pantallas obtuvieron puntajes por debajo de la curva en las pruebas de aptitudes, mientras que otros se desempeñaron bien.

No obstante, la precisión de la cantidad de tiempo frente a las pantallas, que ellos mismos informan, es difícil de verificar. Además, la relación entre las pequeñas diferencias en la estructura cerebral y la manera en que la gente se comporta en realidad es aún más ambigua. Como resultado, los investigadores en la práctica están multiplicando una relación incierta por otra y deben realizar ajustes estadísticos. Es muy difícil obtener conclusiones claras y esta situación se complica debido al hecho de que un escáner cerebral no es más que una captura temporal: dentro de un año, algunas de las relaciones observadas podrían revertirse.

Los autores reconocen esto también. "La diversidad de los resultados proporciona un mensaje importante de salud pública: que la interacción con pantallas no es simplemente nociva para el cerebro, o para el funcionamiento relacionado con el cerebro", concluyeron.

En otras palabras, los efectos medidos podrían ser buenos, o, con más probabilidad, quizá no sean significativos en absoluto, hasta que otras investigaciones demuestren lo contrario.

Pero, ¿sin duda la adicción a las pantallas de alguna manera es mala para el cerebro?

Probablemente es mala y buena para el cerebro, según el individuo y sus hábitos televisivos. Muchas personas que están aisladas socialmente, como resultado de abusos, excentricidades personales o diferencias en el desarrollo, como el síndrome de Asperger, establecen redes sociales a través de sus pantallas que no podrían encontrar en persona.

Separar las consecuencias negativas y las positivas en el desarrollo físico del cerebro será muy difícil, dados los muchos factores que están potencialmente en juego: los efectos del consumo de marihuana, del alcohol, los cigarros electrónicos, las diferencias genéticas, los cambios en casa o la escuela, y toda la tormenta emocional de la adolescencia.

La mayoría de los padres quizá ya están conscientes de la desventaja más grande del tiempo frente a las pantallas: el grado al que puede desplazar otras experiencias de la infancia, entre ellas el sueño, escalar cercas, diseñar complicadas jugarretas prácticas y meterse en problemas. En efecto, muchos padres —quizá la mayoría— vieron varias horas de televisión al día cuando eran jóvenes. Sus experiencias quizá sean más similares de lo que creen a las de sus hijos.

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