Ochenta años del pionero absoluto de la música electrónica

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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10 de agosto de 2019  • 00:01

El 1º de septiembre de 1939 se inició la Segunda Guerra Mundial. A la madrugada, las tropas alemanas dispararon los primeros balazos de una tragedia que causaría alrededor de 50 millones de muertos. Para entonces había terminado otra calamidad, la Guerra Civil Española, en abril. Ese mes, en Estados Unidos, se inauguraba la New York World Fair. El 2 de julio, en la misma ciudad, abrió sus puertas la Primera Convención Mundial de Ciencia Ficción. Y aunque parezca mentira, ambas ferias y la Segunda Guerra Mundial tuvieron el más inesperado de los vínculos: la música electrónica.

Pocas cosas aparentan ser tan modernas como la música electrónica. No solo porque, de hecho, es moderna, sino porque como va de la mano de los avances de la industria informática, se actualiza sin cesar.

Los más memoriosos dirán, y no les falta razón, que el gran pionero de este género fue Robert Moog, que en 1970 creó el Minimoog, un sintetizador portátil y accesible, que, además, y al revés que sus gigantescos antecesores modulares (de los que Moog vendió solo 28), se conseguía en los comercios minoristas.

Inmensamente popular en géneros tan diversos como la música disco y el rock progresivo, el Minimoog sigue siendo hoy un objeto de culto cuyo sonido único (más sobre esto enseguida) resulta fácilmente reconocible para el oído entrenado.

El éxito del Minimoog tenía sentido. Era el año 1970. Los Beatles ya se habían convertido en pasado (aunque siempre serían presente) y empezaban a tallar bandas como Pink Floyd, Yes y Genesis, entre muchas otras. Casi nadie recordaba la Segunda Guerra Mundial, excepto en las clases de historia. Ahora se hablaba de Vietnam. Había circuitos integrados y comunicaciones vía satélite. Faltaban cinco años para que se funde Microsoft y seis para el nacimiento de Apple.

Sin embargo, el primer sintetizador polifónico (el Minimoog era monofónico, es decir, producía una sola nota a la vez; como una trompeta, digamos) fue presentado en la Feria Mundial de Nueva York. Sí, la de 1939. Se llamó Novachord y nació antes de que empezara la Segunda Guerra Mundial. Uno de sus diseñadores lleva uno de los nombres más célebres de la industria de los instrumentos musicales, Laurens Hammond. ¿Les resulta familiar? Por supuesto que sí.

De la parroquia al show

El órgano Hammond fue lanzado en 1935 como un reemplazo para los inmensos y costosos instrumentos de tubos que había en las iglesias, pero su sonido terminó marcando a fuego el rock, el blues, el jazz y el rock progresivo. Aparte de su calidad y facilidad de uso, el sistema de parlantes rotativos le concedía una personalidad única. Los solos de Keith Emerson en vivo con un Hammond han pasado a la historia tanto por su virtuosismo como por su extravagancia.

La compañía de Laurens Hammond vendió unos dos millones de estos órganos, y el impulso llevó a sus fundadores a experimentar con nuevas formas de crear sonidos. El concepto del Novachord empezaba a tomar forma, en 1938. Lo presentarían al año siguiente. Como demostraría la historia, iban a llegar tres décadas antes de que fuera su hora.

Puede parecer increíble, pero Hammond y sus socios idearon hace ocho décadas lo que se conoce como síntesis sustractiva. Sus elementos, que describiré brevemente enseguida, siguen siendo hoy los primeros palotes que aprendemos al estudiar programación de sintetizadores. Sin embargo, en la década del '30, ya había sobrados conocimientos sobre la física del sonido como para que un equipo de ingenieros se imaginara cómo crear instrumentos sintéticos. El problema, como se verá enseguida, es que en la década del '30 la electrónica era muy rudimentaria y voluminosa.

Pero volvamos un momento a los sintetizadores. La palabra se oye mucho, ¿pero qué son exactamente?

Instrumentos inexistentes

En los sintetizadores los sonidos ya no vienen dados, como en un piano o en un saxo, sino que se fabrican, se construyen a partir de piezas básicas (formas de onda más o menos complejas, según la técnica que se use, muestras de sonido o ambas) que se combinan y se modifican. Como ocurre con todas las disciplinas en las que intervienen las computadoras -y hoy intervienen en prácticamente todas-, los giros son copernicanos. En el caso de la música, pasamos de adaptarnos al sonido de uno o más instrumentos a programar nuestros propios sonidos; es decir, nuestros propios instrumentos. Desde siempre, el músico compuso para un instrumento o un conjunto de instrumentos; un concierto para piano no funcionará igual si el instrumento solista es una guitarra o un clarinete. Con los sintetizadores, en cambio, podés programar un piano. O no usar ningún piano y programar un instrumento que jamás antes existió. OK, pero hay algo que no queda del todo claro. ¿Cómo se hace para modificar sonidos?

Esculturas sonoras

Simplificando mucho, existen cinco técnicas de síntesis, que llegado el caso pueden combinarse. Además de la sustractiva, sobre la que volveré en un minuto, están la aditiva, por modulación de frecuencias, la de tabla de ondas, y la basada en muestras, que en general se emplea para emular instrumentos acústicos tomando muestras de sus sonidos reales.

La sustractiva es la más antigua y algunas de sus técnicas (filtros, ADSR, resonadores) se aplican también en las otras formas de síntesis.

Como indica su nombre, en la síntesis sustractiva se elige una forma de onda (un sonido) y se lo esculpe. Se toma la salida de un oscilador y se le van sacando cosas. Cosas significa, en este contexto, armónicos, que es lo que caracteriza al timbre de los sonidos. Así, una forma de onda brillante, parecida a un oboe, se vuelve más suave, como el sonido de la flauta traversa. Esto se hace por medio de filtros, que en general además son resonadores (enfatizan las frecuencias en torno a la frecuencia de corte). Así que, en rigor, no es simplemente sacarle armónicos, sino sacarle armónicos pero enfatizando algunos de los que quedan. Más un largo etcétera.

Por ejemplo, puede tratarse al sonido con un filtro de baja frecuencia que, aplicado a la amplitud (el volumen), producirá trémolo y, aplicado a la frecuencia, dará vibrato.

Por último, se manda todo el amplificador, que también puede programarse. Así es posible modificar la envoltura del sonido, desde el momento en que se aprieta la tecla hasta que se la suelta. Esto se conoce como ADSR, por Attack (ataque, cuando se aprieta la tecla), Decay (caída, el tiempo que pasa hasta que el sonido alcanza su nivel de sostén), Sustain (el nivel de sostén, mientras mantenemos la tecla apretada) y Release (lo que ocurre cuando soltamos la tecla; por ejemplo, que se corte del todo o que se vaya atenuando de a poco). Modificando los valores de la envoltura es posible que el sintetizador suene de forma continua mientras mantenemos la tecla apretada (como un órgano) o que pique alto, decaiga rápido y se extinga de a poco, como ocurre con la cuerda de una guitarra.

Música de guerra

Pues bien, los primeros en idear estos conceptos fueron Laurens Hammond, Charles Williams y John Hanert (cofundador de la compañía Hammond), y lo hicieron en una época en la que no había transistores. Ese es el punto.

El Novachord, considerado el primer sintetizador polifónico comercial de la historia, usaba 163 válvulas de vacío y más de 1000 condensadores. Lo que hoy cabe en una fracción de un chip pesaba, en 1939, 200 kilos. Un piano de gran cola está en unos 350 kilos.

Su vibrato era producido por medios mecánicos y originalmente el teclado era sensible a la presión, función que en la versión final se descartó porque era excesivamente costosa. Poseía filtros de paso bajo (LPF, en la jerga); es decir, uno que solo permite el paso de las frecuencias por debajo de la frecuencia de corte. Ese filtro poseía además la capacidad de resonar.

Tenía (en 1939) una polifonía de 72 voces. Mi Yamaha SY-22, de 1990, tiene 16 voces. Mi Roland JV-1080, de 1994, 64 voces. Solo mi adquisición más reciente, un modesto MX61 de Yamaha, lo supera, con 128 voces de polifonía.

Pese a ser una maravilla, el Novachord no tuvo éxito comercial. Se interpuso, claro, la guerra; en 1942 se lo dejó de fabricar. Se ensamblaron algo más de 1000. Se calcula que existen todavía 200 y solo un puñado (¿tres, cinco?) aun funcionan; algunos, restaurados. Pueden ver y oír uno original en este video.

¿Y la Primera Convención Mundial de Ciencia Ficción, dónde entra? El Novachord sonó en algunas canciones de la época, pero sobre todo se hizo oír en muchas películas de ciencia ficción, dada su capacidad de producir sonidos extraños y alienígenas.

Dos datos intersantes, para terminar. El primero, lo que prometí sobre el Minimoog. Su muy característico sonido, mucho más cálido y rico que el de sintetizadores similares, se debió en realidad a un error de diseño. O, más bien, a una compleja cadena de errores y características de diseño. Por eso, a la competencia le resultó imposible emular el Minimoog. Mi Yamaha CS-5 es prácticamente un calco de ese instrumento, pero no suena igual. Los que tengan interés en los detalles técnicos pueden leer este ensayo de Ioannis Kazlaris, del Instituto de Educación Tecnológica Alejandro de Salónica, Grecia (en inglés).

Segundo dato. En 1935 -la misma época en la que nacía el órgano Hammond-, Edwin Welte, en Alemania, creaba su propio órgano electrónico, basado en la producción de sonido por medio del efecto fotoeléctrico. Podría haberse convertido en otro pionero. Pero cuando los nazis descubrieron que la primera esposa de Welte era una mujer judía, le soltaron la mano y cayó en desgracia. El único Lichttonorgel fabricado por Welte fue destruido durante la guerra. La palabra lichttonorgel se traduce como órgano de sonido óptico, precisamente por el principio que ideó Welte para su instrumento.

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