Arte perfomático: de Madrid a Buenos Aires, en busca de la coreografía perfecta
El artista transdisciplinario argentino Matías Umpierrez presentó en Madrid su nuevo espectáculo, “Play”, que en mayo llegará a Buenos Aires
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MADRID.— Es una noche gélida y de lluvia, pero nadie quiere perderse la cita. En una sala del complejo Conde Duque se reúnen célebres actrices del cine español. Ángela Molina, Victoria Abril, Nathalie Poza y Elena Anaya, dramaturgos, directores de cine y de teatro acuden al ensayo general. “Mi vida se cruza con mucha gente que siempre he admirado”, dice Matías Umpierrez, quien estrenó su nuevo espectáculo, Play, un alegato contra los discursos de odio.
Poliédrico, orfebre, dúctil, el artista argentino (Buenos Aires, 1980) escribe, dirige, protagoniza y manipula y doma los elementos de la utilería de esta pieza, que se podrá ver en mayo en Buenos Aires, en la ArtHaus.
Esta es la segunda obra, en menos de un año, que el artista transdisciplinario presenta en un teatro oficial de España. La anterior pieza fue Eclipse, un viaje por el concepto de máscara, una propuesta también hipnótica y cronometrada que cosechó elogios de la crítica y del público.

Umpierrez es un nombre reconocido en la Argentina, no solo por su producción internacional. Fue coordinador del área de Teatro del Centro Cultural Ricardo Rojas, en 2007 dirigió en el Konex la ópera La flauta mágica, de Wolfgang Amadeus Mozart, y fundó en 2014 el Festival Internacional de Dramaturgia en Buenos Aires.
Radicado en Madrid, recorre el mundo con sus obras, auténticos mecanismos de relojería donde la precisión de su arte escénico invita al espectador a un vértigo constante. Concentración, ritual, sincronía. Las puestas de Umpierrez exigen una coreografía perfecta para él en escena y para su equipo técnico, una dramaturgia de texto y de movimiento que incluye música, monólogos, luces, humo, proyecciones de audio y video, ingreso y egreso de elementos de utilería, máscaras, pelucas, vestuario y un largo etcétera de recursos.
Hijo de padres uruguayos de raíces vascas, Umpierrez nació en Buenos Aires. “Siento que nací en un punto sin raíz. Nací en la Argentina extrañando el Uruguay. Y desde Uruguay echaba de menos a la Argentina. Me siento también de España. Acá no soy un extranjero, soy parte de esta cultura. En cada lugar me siento muy habitado, sensiblemente”.
El taller de cerámica y yeso de su padre fue su gran escuela y su patio de juegos. Pronto descubrió allí una pasión y una curiosidad, alimentadas por un profesor de escultura que sus padres contrataron. Luego, la pintura; más tarde, la dirección escénica; después, la actuación; después, Umpierrez buscó cultivarse con una amplia formación artística, sin alejarse del cine ni de la plástica.
Generoso en destrezas expresivas, entre ellas las de su propio cuerpo como instrumento, integra de modo orgánico, sin rivalidad, todos sus saberes en sus propuestas. “Tuve un maestro que decía que llega un momento en el que tratamos de recuperar el impulso natural que teníamos cuando éramos niños. Nos afecta todo lo que vemos, lo que sentimos, lo que nos duele. Cuando nos empezamos a formar como artistas, tenemos que recuperar esa sensibilidad y esa espontaneidad. En mi camino como actor, empecé a tener muchas otras inquietudes y a abordar varias disciplinas y modos transdisciplinares. He vuelto a recoger al intérprete, pero no como una necesidad de ser actor, sino como una necesidad de ser el artista que está manipulando su obra, contándola al público, como en el caso de Play, desde mi propio estudio”.

Lejos de brindar una propuesta críptica o elitista, compleja de decodificar, Umpierrez cincela obras delicadas en su estética y polifónicas en su expresión. Los géneros considerados menores de la escena, como el music hall o el teatro de variedades, distantes de cierta solemnidad del teatro, habitan sus últimas puestas.
En 2023 presentó Dramaturgia para una conferencia, con la bailaora Rocío Molina y Niño de Elche, el músico que combina flamenco y electrónica en sus composiciones. “Vengo de la frontera. Soy hijo de migrantes. Me interesa dialogar con los bordes porque hablan con la centralidad, pero desde un espacio de resistencia. Y desde un espacio político, como la sátira política. No quiero apoderarme de ningún patrimonio, sino construir desde la frontera y hacerlo con humildad”, reflexiona.
Umpierrez es un nombre ineludible en la performance mundial, del espectáculo que amalgama varias disciplinas expresivas, las reelabora y las ofrece de modo simultáneo. El mismísimo Robert Lepage lo convirtió en su discípulo y lo convocó para un proyecto escénico en Japón.
Luego, el canadiense ofició como su mentor de la beca Rolex cuando presentó un espectáculo en el Met de Nueva York en 2016. Con este maestro volvería a reunirse para la incursión de Umpierrez como director de cine en Museo de la ficción I. Imperio (2018), inspirada en la tragedia de Shakespeare, Macbeth. “La performance permite una libertad total. En un momento empecé a sentir que las disciplinas me disciplinaban. Cuando empecé a producir, me di cuenta de que lo que hacía no era teatro, pero provenía de cierto lugar del teatro”.
A partir de un hilo conductor, en el caso de Play, el odio, Umpierrez ofrece a los espectadores el resultado de su investigación histórica, literaria, antropológica, generosa y desprejuiciada. Play es una conferencia escénica hilvanada con cuadros muy diferentes entre sí donde emerge una serie de criaturas que padecen, denuncian, lidian o ejercen el odio. Un cowboy, un adolescente desesperado, un actor que ensaya Beckett con un tutorial de IA, y un militar, entre otros. Allí, en el centro, como demiurgo y titiritero, el performer/Umpierrez, siempre en escena o visible al público, despliega toda su potencia y tracción.
“Quería crear un archivo sobre el odio a lo largo de distintas épocas. El odio es algo terriblemente humano, al igual que la bondad. Hago un trabajo que tiene que ver con el autoconocimiento, busco dónde está el odio en mí, porque hay odios que se heredan, que no me corresponden y que son parte de la cultura de la que formamos parte”.
Un personaje en Play, interpretado por el artista, evoca a Jorge Rafael Videla y a otros dictadores. “Los argentinos crecimos con esas figuras muy violentas, opresoras y autoritarias. Cada espectador cree encontrar en ese hombre la recreación de un personaje de la historia de su país. Me pasó con españoles y franceses, que me preguntaban si estaba hablando de sus países. Se trata, en realidad, de una encarnación de la violencia y de la incitación al odio desde la militarización”, dice.
En 2014, junto con Malena Schnitzer, Umpierrez fundó Plataforma Fluorescente, un dispositivo interdisciplinario que promueve la colaboración de artistas de todo el mundo; hasta el momento, más de 50 instituciones y 400 artistas han participado en diversos proyectos.

Cosmopolita, Umpierrez ha viajado por el mundo llevando su arte. San Pablo ha sido una de sus residencias creativas, más específicamente el Centro Oswald de Andrade, institución que recibe el nombre del autor del “Manifiesto antropófago” (1929): “Antes de que los portugueses descubrieran al Brasil, Brasil había descubierto la felicidad”, cita Umpierrez al escritor modernista en Play.
“Los humanos somos personas que se comen entre sí, se degluten culturas y nos vamos transformando. Las culturas que se imponen, que irrumpen en un momento, traen la idea de progresividad y de felicidad, cuando esta misma idea ya estaba presente en la cultura aniquilada”.
La violencia y la coacción no es solo física, del mismo modo en el que el poder puede ser atroz y amable a la vez, como señala Byung Chul-Han en La psicopolítica. “Hay figuras autoritarias a nuestro alrededor, como el nómada digital, alguien que no quiere tributar, que se mueve de manera muy libre, sin importarle que genere burbujas económicas en los países donde no tributan y una gran cantidad de problemas en los sistemas económicos. Veo a tiktokers pidiendo que desaparezcan los Estados, cuando muchos de ellos viven en Estados del bienestar sin querer pagar impuestos”.
El odio de esta época no es solo alimentado desde el poder o desde la popularidad; el odio, para Umpierrez, emana, en ocasiones, desde nosotros mismos. “Siento que Play es una obra que habla del vacío. De la soledad. Vivimos en realidades totalmente controladas por el algoritmo. Por ejemplo, con el teletrabajo, estamos renunciando a muchos de nuestros derechos. Renunciamos a nuestra corporalidad para darle paso a lo virtual, y así crece la soledad, el mejor espacio para construir resentimiento y, finalmente, odio”, explica Umpierrez.
La propuesta artística de Umpierrez tiene numerosos admiradores: hay un público joven que lo acompaña de manera fiel y artistas consagrados que lo ovacionan, solo por nombrar dos segmentos claramente identificables. El espectador siempre está en el centro de su creación, en particular, un público-modelo: “Me dirijo a la clase a la que pertenezco, la clase obrera. Me encanta formar parte de esa riqueza cultural que es la gente que lucha, no con la ilusión de crecer, sino por mantenerse en una clase. Eso también me parece muy triste. Mis padres me dieron una educación muy elitista, en su lucha por conquistar otra clase. Pero a mí me encanta formar parte de ese lugar y si tengo una característica muy vital, tiene que ver con defender ese lugar de donde vengo. Siempre pienso en mis padres, en mi hermano, en mi familia, sentados en la platea, viendo mi trabajo. Siento que me dirijo a ellos”.
En una era de sobreinformación, Umpierrez se propone un desafío y lo traslada desde la escena a sus espectadores, tan vulnerables ante el odio, como él: “Me interesa dialogar, crear una obra que obligue a tener sentido crítico, pero también a animarse a quedar fuera, porque uno de los grandes miedos de esta época es el de dejar de ser parte de algo. Creo que cuando nuestra sensibilidad renuncia a algo, podemos conocernos un poco más. Para eso estamos los artistas, para crear estas obras que inviten al espectador a esta práctica de la propia percepción y del descubrimiento”.
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