Alta fidelidad: De Pichetto a Trump, Andy Warhol se metió en la "pop-lítica" 2020

Fuente: AP
Fernando García
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28 de junio de 2020  • 20:08

El arte contemporáneo (pensando en un lapso de tiempo de unos cincuenta años) tiene una difusión casi nula en los medios audiovisuales masivos a donde ni siquiera le llegan sus habituales (pero cada vez más remanidos) escándalos. Sin embargo, en la coyuntura argentina de pandemia, cuarentena y, más, crisis económica de pronto apareció la figura de uno de sus mayores íconos: Andy Warhol . El pope del pop art, cuya influencia se extendió en vida desde la serialización de objetos banales (la lata de sopa Campbell, la caja Brillo de jabón en polvo) al lanzamiento de un artista como Basquiat para, después de morir en 1987, y extender su influencia de figuras discutibles como Jeff Koons o una cantante extravagante como Lady Gaga. Resulta ahora que Warhol es también el pensador de cabecera de políticos y comunicadores. Días atrás, el excandidato a vicepresidente de Mauricio Macri, otrora senador kirchnerista, Miguel Angel Pichetto, salía al aire desde su casa en una señal de noticias y renegaba sobre la presencia del infectólogo Pedro Cahn en los medios, a su juicio excesiva. Pichetto citó a Warhol (lo nombró de hecho) y dijo que "cinco minutos de fama no se le niegan a nadie". Algo parecido sucedió esta semana en el programa Intratables donde el conductor Fabián Doman trajo a la tevé la figura del polifacético artista de familia checa para referirse al joven que se estrelló contra la embajada de China. Lo citó más o menos así: "Como dijo Andy Warhol cualquiera merece cinco minutos de fama". Doman estuvo más cerca, pero también le quito diez minutos al original de Warhol, acaso porque el tiempo en televisión sigue siendo tirano. Y Pichetto realizó una apropiación de la frase mezclándola con esos mandatos orales de la cultura popular. Lo suyo estuvo entre "En el futuro todos tendrán quince minutos de fama" y "Un vaso de agua no se le niega a nadie", vaya remix.

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Las ideas de Andy Warhol están en la raíz de lo que llamamos cultura pop y que acaso tarde o temprano deba cambiar de nombre. Rough and Rawdy Ways, el ineludible nuevo álbum de un casi octogenario Bob Dylan tiene carácter crepuscular y testamentario. Su sistema de citas heteróclitas donde la cultura alta es puesta en tensión con los emergentes de la sociedad de consumo es un invento casi contemporáneo a las serigrafías de Warhol pero aquí parece ser llevado a su formulación final, donde el asesinato de Kennedy puede convertirse en un guión de Shakespeare deformado por medio siglo de cultura pop. Hay algo en el último Dylan que excede a su propia obra y, como canta él citando a Walt Whitman, contiene multitudes. Esas que esperaba Donald Trump para relanzar su candidatura a presidente por un nuevo período en un estadio de Oklahoma que debería haber desbordado pero no. Y todo porque un grupo de fans del K-Pop (no por kirchneristas sino por Korean) se organizó para sabotearlo: reservaron entradas de forma masiva para lugares que luego no se ocuparon. Si en los 60 se hablaba de "be-in" (estar ahí) cuando los estudiantes radicalizados ocupaban espacios para manifestarse, cuál debería ser el nombre en el siglo XXI cuando los lugares se abandonan. Aquellos que dieron forma al movimiento Yippie (la derivación política del hippismo) se habían hecho fuertes contra Vietnam y con Dylan como fondo de pantalla pero estos, que adoran una forma de pop lejana y ajena al culto del autor, acaso jamás lo hayan escuchado. Y, sin embargo, se comportaron como auténticos yippies digitales, entre la flashmob de principios del siglo XXI y el situacionismo de los 60. Es muy probable que Warhol celebrara el carácter de máquina que tiene el K-pop, la adaptación de su invento a una idiosincracia donde el valor del original es bastante más relativo que en Occidente.

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Obra de Delia Cancela, 1966
Obra de Delia Cancela, 1966

Fue Warhol quien introdujo a las figuras de la cultura popular en el lugar de la pintura con sus Marylin y sus Elvis. Pero a Dylan lo pintaron acá, en 1966, Delia Cancela y Pablo Mesejean, en un retrato más camp que pop de grandes dimensiones que terminó en la casa de Jorge Glusberg, alguna vez director de Bellas Artes. Ese mismo año, la revista Análisis publicaba un extenso artículo (entonces el arte sí tenía lugar en los medios) para explicar el fenómeno del pop art y, ay, introdujo el virus en el lenguaje. Escribieron sobre "Angry Warhol" (Warhol iracundo) y quizás ese error, ese malentendido, se propagó hasta las mencionadas citas de Pichetto y Doman. O acaso fue un revelador anticipo de los fans radicalizados del K-Pop, angry warhols saboteando un acto de campaña de Trump.

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