Andrés Barba: “En este siglo se invirtieron los papeles y lo personal es más político que lo público”
El premiado autor español, radicado en la Argentina, escribió una fábula política sin moraleja, motivada por “el sencillo deseo de aclarar los mecanismos del nuevo populismo”
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En 2025, curiosamente llegaron a las librerías locales dos novelas protagonizadas por conejos. Una es la clásica narración en clave épica La colina de Watership (Seix Barral, $ 41.900), que el estadounidense Richard Adams (1920-2016) publicó en 1972; la otra, Auge y caída del conejo Bam (Anagrama, $ 38.000), del español y flamante ciudadano argentino Andrés Barba (Madrid, 1975). Centradas en las figuras de dos líderes (Quinto en el caso de la novela de Adams y Bam en la de Barba), ambas admiten lecturas alegóricas y políticas.
De biografías literarias como Vida de Guastavino y Guastavino, poemarios y la novela de fantasmas El último día de la vida anterior, el premiado autor español concibió, tras la pandemia, la fábula de conejos narrada por Copito, uno de los integrantes de la comunidad que convive en la Gran Madriguera, donde “lo viejo no vale en ella más que lo nuevo”. Dos fuerzas amenazan y organizan la colonia de conejos: el miedo y la violencia.
“Surgió de la necesidad de comprender el nuevo panorama político en el que por entonces estábamos ingresando: el asalto al Capitolio, los grandes movimientos negacionistas, la posverdad –dice Barba a LA NACION–. Sentí que necesitaba escribir una fábula con conejos, no tanto para explicar quiénes eran los ‘buenos’ y quiénes los ‘malos’, sino sencillamente para comprender ese desbarajuste total. Era una fábula política sin moraleja, motivada por el sencillo deseo de aclarar los mecanismos del nuevo populismo”. Aun del tedio puede nacer el deseo de exterminio, sugiere Auge y caída del conejo Bam.
-¿Y la escritura de la novela te ayudó a comprender el contexto sociopolítico actual?
-Me ayudó a comprender que los procesos de credibilidad en el líder se producen una velocidad mucho más rápida de la que uno podría esperar. Si hay algo que nos ha enseñado este nuevo siglo, es que todos los procesos, tanto los políticos como los sentimentales, se producen a una velocidad absolutamente espídica. Tal vez por eso, la elección de los conejos fue intuitiva pero también apropiada. El conejo representa bien la retórica política del siglo XXI. Porque solo conoce dos velocidades: la del frenesí, y la del inmovilismo: que se corresponden con los dos incentivos que agitan la política posverdadera: el miedo-odio al otro y el deseo de tapar lo nefasto con cualquier esperanza delirante.
-¿Dirías que es tu primera novela política?
-De modo inconsciente, todas las novelas son políticas; es imposible ser ajeno a lo político, ni siquiera en lo personal. Es más, en este nuevo siglo se han invertido los papeles y lo personal es más político que lo público. Pero igual creo que es la primera vez que escribo una novela en la que lo político ocupa un lugar totalmente central y explícito. En la que los mecanismos de la política son en cierto modo el verdadero personaje.
-¿Habías leído la novela de Richard Adams y en qué se parecen y se diferencian?
-Por increíble que parezca, no había leído la novela de Adams, y cuando tuve noticias de ella ya estaba casi en la fase final de la redacción de la novela, por lo que no quise hacerlo hasta haberla concluido por completo. Sí me influyeron mucho otras formas animalísticas, sobre todo las de Franz Kafka, diría que es la mayor influencia de este libro. Pero también la novela gráfica de Art Spiegelman [Maus], o algunas crónicas políticas clásicas como El diario del año de la peste, de Daniel Defoe, o los diarios de Samuel Pepys o André Gide.

-¿Por qué toda la historia se apoya en el punto de vista de Copito?
-Bam es el líder, pero su génesis, desarrollo y decadencia está relatada por Copito. Copito es muchas cosas: es el historiador, el legatario, pero también es el testigo, el amigo y, en cierto modo, casi el traidor. La construcción de los líderes políticos siempre se establece alrededor de un montón de personajes periféricos, que son quienes realmente informan al líder de su condición, de su identidad. Si no existieran esos personajes, el líder sencillamente se desmoronaría, porque la verdadera condición del líder no es un hallazgo privado, sino una proyección que hace la masa, la comunidad, sobre un individuo. Eso es válido para todos; Perón, por ejemplo, es una invención de los argentinos, no un militar populista con determinadas ideas motivadas por su contexto histórico. Lo mismo se podría decir de Bam, o de cualquier líder.
-¿En qué sentido este es un libro “muy argentino”, como dijiste? ¿Por el contexto político o por el lenguaje?
-Por muchas cosas. Por el lenguaje, desde luego, por la forma en que el lenguaje y la política tienen una conexión eléctrica en este país. No es casual que el año en el que me otorgaron la ciudadanía argentina haya sido el mismo en el que he escrito esta novela. Para mí este libro tiene mucho que ver con el vértigo que me produjo ver desde fuera y dentro a la vez un fenómeno tan delirante como el de Javier Milei. En cómo el propio personaje de Milei se improvisó a una velocidad vertiginosa, y cómo a medida que se confirmaba su capital político y la caída del kirchnerismo se hacía imparable, esa apuesta se convirtió en órdago.
-¿El personaje de Bam y de los demás conejos están inspirados en personajes de la realidad o son arquetípicos?
-No creo que sean cosas excluyentes. Los arquetipos están directamente relacionados con la realidad. Somos como somos porque nuestra estructura mental y sentimental es arquetípica. Lo que es cierto es que estos conejos no tienen correlatos históricos definidos, al estilo en el que los tenían por ejemplo los personajes de Rebelión en la granja, de George Orwell. Para mí resultaba más interesante pensar las estructuras y los mecanismos de la política, no tanto hacer caricaturas. Las caricaturas son posibles solo en el mundo donde ya se ha determinado quiénes son los “amables” y quiénes los “odiosos”. Esa forma simplificada y estupidizante de pensar la política, la estructura mental del like-dislike, dedito hacia arriba o hacia abajo, es la que nos está volviendo cada vez más polarizados, más manipulables, y con menor capacidad autocrítica.
-¿Cómo estás viviendo el presente que le disputa tanto terreno a la ficción? ¿En qué medida siguen interesando las ficciones en la actualidad?
-Resulta interesante que, precisamente en un contexto histórico en que la ficción ha desaparecido fagocitada por la autoficción y la crónica, se haya producido una explosión absoluta de la ficción en todas las demás áreas: en la política, en la ciencia, en las ciencias sociales, en el periodismo, en las redes. Tal vez la literatura ha abandonado la ficción porque todo el resto es ficción. Los discursos políticos son piezas de ficción, los informes de los expertos en enfermedades son piezas de ficción, el cambio climático…. Una de las cosas más fascinantes de este siglo es su relación con la verdad. La forma en la que ha desaparecido radicalmente como valor, y además con plena conciencia política de esas sustracción. El fin de la verdad, o el fin de la mentira, según se mire, es la enfermedad de nuestro siglo.
-¿En qué trabajás actualmente y cómo es tu vida de escritor en Posadas?
-Acabo de terminar una pequeña biografía sobre un hombre llamado Edward H. Gibson. El primer caso de analgesia total congénita documentado; un tipo que no sentía ningún dolor físico y que se hizo crucificar en público a principios del siglo pasado. Saldrá en Anagrama en unos meses. La vida en Posadas, que comenzó siendo una trinchera para la crianza y para sobrevivir a la pandemia, se ha convertido en una relación privada. Siento que tengo con esta tierra colorada una deuda de agradecimiento que me acompañará siempre. No sé cuánto tiempo más seguiremos viviendo en esta ciudad, pero siento que este paisaje ya forma parte de mi identidad.
-¿Cómo viviste el Premio Filba de Novela qué recibió tu pareja, la escritora Carmen Cáceres, por La ficción del ahorro?
-Lo viví con una enorme alegría, un premio merecidísimo que pone en el centro de mira una de las relaciones de amor neurótico más identitarias de la Argentina: la relación con la plata, más concretamente, con el ahorro, y cómo esa relación es a la vez fantasmal y realista, mitologizada y material. Como es lógico, viví la novela en muchas sus versiones y puedo asegurar que es un destilado maravilloso de muchas intuiciones. Estoy feliz por ella y por los lectores.
-¿Qué tipo de lector sos?
-Tengo un perfil de lector bastante clásico, con cierta tendencia a los autores canónicos de la primera mitad del siglo XX, leo mucha filosofía y poesía, bastante novela y cada vez menos crónica y relato, pero este año también ha estado muy pendiente de las novedades por ser jurado del Premio Finestres [de 2025 a 2029,con Laura Fernández, Giuseppe Caputo, María Negroni y Camila Enrich]. Ha sido interesante tomarle el pulso a la realidad contemporánea en castellano, cosa que no hacía con esta intensidad desde hace mucho tiempo. Han sido grandes descubrimientos autores como Celso Castro, Guillermo Aguirre, Silvana Voght, Tamara Silva, Luciana de Luca o Marina Azahua.
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