Antón Pirulero
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Nadie parece darse cuenta. O no les llama la atención. Algunos conversan, otros miran sus celulares y también están los que posan sonrientes para una foto. Todos frente a la catedral de Barcelona, inmersos en lo propio sin reparar en lo que más se destaca: la pareja de extranjeros que acaba de contraer matrimonio en la catedral. Es como si estuvieran solos, en la intimidad, sin nadie que observe el traje clásico de él ni el vestido de novia blanco prístino de ella. Cada cual abstraído en su mundo, atendiendo su juego, como dice la canción infantil Antón Pirulero, no ven cómo la toma de la cintura, los ojos cerrados de ambos, ni la mano de él que sostiene y besa embelesado la mano de ella. Con lo escasas que cada vez más son estas demostraciones de amor, qué desperdicio que nadie esté disfrutando. Como dice Antón Pirulero, una pena tendrán, pero, en este caso, por estar atendiendo su juego.
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