Caldera del diablo
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Casi encerrado entre murallas el hombre espera el paso de los autos para ofrecer sus servicios: se dedica a limpiar los vidrios de los autos en ese cruce de frontera entre Calexico, en California, y Mexicali, en México. Los dos muros más el asfalto por el que transita en busca de clientes se han convertido en una “caldera del diablo”, debido a las elevadas temperaturas que azotan el hemisferio norte. El sol abrasador que le pega de lleno solo le permite trabajar temprano por la mañana. No tiene más remedio luego que buscar refugio en algún lugar con sombra para esperar a que con el paso de las horas la temperatura mengüe y así poder seguir con su tarea. Menos horas de trabajo, menos ingresos. Una cruda realidad que promete extenderse y someterlo a un sacrificio irremediable en su calidad de vida en todos los órdenes. Cuando la naturaleza brama, se impone, y poco resquicio queda para vencerla.
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