Crónica de una experiencia inesperada
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Y, de repente, un día se pusieron de moda las experiencias. No sé a quién se le habrá ocurrido usar la palabra por primera vez ni tengo claro cuándo empezó exactamente, pero de golpe las publicidades, las redes, las gacetillas de prensa y hasta los regalos de cumpleaños se llenaron de experiencias. Una degustación de vino o un menú de restaurante se convirtió en experiencia. Una salida para familias con hijos y una escapada en pareja pasó a ser una experiencia. Y hasta la visita a una muestra de arte o un recital devino en experiencia. En estos últimos casos, además, muchas “experiencias” se anuncian acompañadas de otros dos conceptos de moda: participativa e inmersiva, pero no difieren en mucho de cualquier otra que requiera del espectador algo más que la escucha o contemplación.
Todo eso pensaba el sábado a la noche en el viaje de regreso desde la chacra Las Delicias, en Exaltación de la Cruz, cuando caí en la cuenta de que acababa de vivir una experiencia. Sí, una experiencia verdadera que no se había anunciado como tal y, por eso mismo, no me había generado ansiedad ni expectativas sobre cuán participativa o inmersiva sería. La convocatoria del festival de arte y naturaleza Raizal decía “vení a plantar árboles, intercambiar semillas y aprender sobre plantas nativas” y “no te olvides de traer tu kit: mate, lonita, repelente, protector solar y botella con agua”. Y listo.

Desde la mañana, la gente se fue sumando al encuentro gratuito organizado por Fundación Filba. Grupos de jóvenes, parejas con bebés, familias con varios niños, señoras coquetas de la zona y muchos otros que llegaron desde distintos barrios porteños. Todos contentos porque había salido el sol después de varios días de lluvia y la temperatura era primaveral. Un combo perfecto para pasar un día de campo, al aire libre, y desconectar por unas horas de las pantallas y el minuto a minuto de la realidad.
Al ingresar al predio, ubicado en el paraje Etchegoyen, muy cerca de la antigua estación ferroviaria que hace años no recibe trenes, nos entregaron un mapa con todo lo que necesitábamos saber: dónde estaban los puntos de encuentro de cada actividad, los baños (en unos carritos muy cancheros), el puesto de comida y las canillas para recargar la botella. El programa incluyó talleres de herbarios, haikus, construcción de juguetes de madera (causó furor entre los chicos) y de plantas medicinales (ahí aprendí a hacer crema natural de caléndula), caminatas, observación de aves, plantaciones, lecturas, cata de libros, biblioteca al paso y tres muestras de arte: una de fotografía, una instalación que interactúa con la luz del sol y la creación de una vasija de barro. Había, además, un escenario central para las entrevistas y la música en vivo. Por allí pasaron Alejandra Kamiya, Gabriela Cabezón Cámara y Loli Molina, entre otros invitados.
En la casona antigua donde funcionó un hotel, en el que alguna vez -según cuentan por aquí- cantó Carlos Gardel, se cruzaron Kamiya y Cabezón Cámara con Pablo Braun, fundador de Filba y principal impulsor de esta movida artística y “natural”, muy emocionado por la gran convocatoria. En su debut, Raizal recibió 897 personas. Y anunciaron que habrá otra, tal vez en primavera.
Apenas se subió al escenario, Cabezón Cámara agradeció a una pareja del público porque la habían ayudado a sacar el auto del barro cuando quedó empantanada al tomar un camino equivocado. Después, contó que mientras escribía Las niñas del naranjel, su premiada novela, advirtió que tenía que conocer el ambiente de la selva misionera. Allá fue: pasó días contemplando el ecosistema, junto a un fotógrafo naturalista. Volvió cambiada de ese viaje. Y, desde entonces, ya no le interesa tanto hablar de ella y de su oficio, sino que prefiere cuestiones más urgentes como los estragos que producen el cambio climático y la contaminación del agua. En ningún momento definió ese viaje como “experiencia”. Y vaya si lo fue.









