Día del Restaurador: cómo es el oficio silencioso que sostiene la memoria de Buenos Aires
Reabierto en noviembre de 2025, el MOA concentra el trabajo de restauradores, escultores y técnicos; así es el detrás de escena de quienes preservan monumentos y obras de arte con sus intervenciones cotidianas
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Las manos se mueven rápido, pero con cuidado. Un restaurador limpia una superficie con un isopo; otro mide una estructura antes de fijarla. A pocos metros, una escultura espera su turno. El MOA (Monumentos y Obras de Arte) reabrió sus puertas en noviembre de 2025 y, en la víspera del Día del Restaurador, vuelve a funcionar a pleno: algunas intervenciones suceden al aire libre; otras, dentro del taller, donde el silencio solo se interrumpe por herramientas y conversaciones técnicas.
“El MOA funciona como un hospital de obras”, explica Jorge Grimaz, subgerente operativo. Cada pieza que ingresa atraviesa un circuito preciso: diagnóstico, intervención y registro. Nada queda librado al azar. Cada restauración suma una nueva página al historial del objeto.
El equipo está formado por restauradores, escultores y técnicos especializados, con trayectorias distintas pero un mismo objetivo: devolverle continuidad al patrimonio urbano.
Julio Romero, de 47 años, trabaja allí desde 2004 y se formó “a fuego” en talleres de pintores, grabadores y ceramistas antes de especializarse en conservación de papel, fotografía y libros. Hoy es escultor y cursa la carrera de Restaurador Conservador en la Universidad Nacional de las Artes. “Cada obra plantea un problema diferente. Acá se aprende todo el tiempo”, dice mientras señala una intervención en proceso.
Leticia López, de 49 años, se sumó en 2013. Su trabajo combina limpieza, modelado y documentación técnica: registrar materiales, procedimientos y decisiones forma parte del cuidado de cada pieza. Desde julio de 2024 integra el equipo Julieta Tedeschi, responsable del archivo histórico, un área central del MOA. Allí se conservan planos, fotografías y documentos que permiten reconstruir el recorrido completo de las obras.
Las restauraciones mezclan precisión artesanal y criterio técnico. Para recuperar farolas de la década del 20, el equipo realizó un proceso de decapado manual con hojas de bisturí durante más de un mes, retirando capas acumuladas de pintura y óxido hasta llegar al dorado y la protección original. En esculturas como La Cautiva, antiguos anclajes de hierro fueron reemplazados por fibra de vidrio para evitar que la oxidación dañe la piedra.
Cuando partes originales desaparecen como coronas, ornamentos o estructuras se realizan reproducciones con resina o cemento patinado, una alternativa más accesible que los metales originales. Y cuando la documentación es incompleta, se abre el debate técnico: dejar el vacío o reconstruir la pieza a partir del material disponible.
Así ocurrió con el arco del Hércules, cuya restauración implicó trabajar con fotografías históricas y articular con el Museo Bourdelle, en Francia, para acceder a los originales. Para reconstruir el cervatillo de la Familia de Ciervos, el equipo recurrió incluso a imágenes aportadas por vecinos que se habían fotografiado junto a la obra.
El archivo del MOA funciona como un verdadero historial clínico del patrimonio porteño. Aplica normas archivísticas internacionales y conserva documentos firmados por Carlos Thays en 1911, fotografías originales de Grete Stern y cuadernos de mediados del siglo XX que registran visitas de artistas como Quinquela Martín. Todo se guarda en materiales de conservación preventiva y estanterías ignífugas e hidrófugas.
En paralelo, el espacio avanza en la digitalización de su acervo y prepara un catálogo público que permitirá consultar las fichas de las obras restauradas. Incluso las piezas dadas de baja por robo o destrucción mantienen su registro completo: la Flor de Irupé, sustraída en 1989, fue reemplazada en 2024 por una réplica que conserva todo el historial de la original.
En el Día del Restaurador, mientras una escultura espera su turno y una farola recupera su brillo, el MOA trabaja sin pausa. Es un oficio silencioso, lejos de la escena pública, que sostiene la memoria material de Buenos Aires y devuelve a sus calles fragmentos de historia.
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