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Anuario LA NACION 2018

El debut tardío del maestro: Barenboim dirigió ópera por primera vez en la Argentina

Pablo Gianera
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21 de diciembre de 2018  • 21:53

Nadie podría creerlo del todo, y sin embargo es cierto: en 2018, Daniel Barenboim estuvo por primera vez en el foso del Teatro Colón para dirigir una ópera. El maestro tenía 75 años. En esa misma sala que lo deslumbró de chico, él llegó ya grande. El título no podría haber sido más a su medida: Tristán e Isolda, de Richard Wagner, una pieza que conoce tan bien que, si bien dura cinco horas, dirigió sin partitura, y que procreó buena parte de la música del siglo XX, que el propio Barenboim se ocupó de hacernos conocer.

No sabemos cuántas veces más, en el lapso de nuestra vida, volveremos a ver en Buenos Aires Tristán e Isolda de Richard Wagner. Lo que resulta seguro es que después de la versión que dirigió Barenboim en el Colón no se escuchará ninguna mejor que la suya. Para explicar la condición decididamente excepcional de lo que el maestro argentino hizo hay que empezar por decir que logra ir al hueso de la invención wagneriana.

Con Tristán, Barenboim hizo su debut como director de ópera en el Colón. Ese dato histórico, con todo lo importante que sea, se vuelve irrelevante con su triunfo artístico. El suyo fue un Tristán para toda la vida; una gloria para el teatro y, más íntimamente, una de esas experiencias estéticas que no se olvidan nunca más.

Barenboim conoce todos el secreto de la invención wagneriana ¿Cuál es este secreto? Que todas las decisiones se derivan de la jerarquía armónica. En este punto, la lectura más objetiva (las manchas negras sobre el papel blanco que es la partitura) es la condición de posibilidad de una expresividad sin atenuantes. Verdaderamente, nadie puede haber salido igual después de escuchar ese Tristán. A veces, muy raras, una obra arte y un artista nos modifican.

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