Isabel Allende: del exilio a la escritura, entre la censura y el regreso de “La casa de los espíritus”
En su nuevo libro, la autora chilena revisa su recorrido y su forma de escribir; en una rueda de prensa, habló del clima político en Estados Unidos, la crítica a las mujeres y la adaptación de su novela más célebre
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Con nuevo libro y serie en camino, Isabel Allende vuelve al punto donde todo empezó: la escritura. La palabra mágica. Una vida escrita, que se publica hoy, es una híbrido entre memoria personal, ensayo sobre el oficio y defensa apasionada de la ficción. Allí, la autora chilena revisita el modo en que escribir ordenó -e incluso salvó- su vida, desde el exilio y el duelo, hasta la disciplina cotidiana de inventar historias.
El volumen, editado por Sudamericana, reúne recuerdos, reflexiones y consejos prácticos para quienes desean escribir, pero también habla sobre el miedo, la imaginación y el lugar de las mujeres en la literatura. El libro también repasa la cocina de su trabajo -la primera frase, la voz, los personajes, la estructura- y aparece en un momento especialmente simbólico para su trayectoria, porque a fines de este mes, Amazon Prime Video estrenará la primera adaptación televisiva en español de su novela más emblemática.
Prolífica, con más de 30 libros publicados (Mi nombre es Emilia del Valle salió en septiembre pasado, y Allende vino a presentarlo a Buenos Aires), la autora en español más leída del mundo espera que con La palabra mágica. Una vida escrita quienes buscan un consejo entre sus páginas “le pierdan el miedo a la pantalla en blanco y permitan que el placer de contar alimente su inspiración”.

En la rueda de prensa virtual en la que presentó el libro, Allende insistió en una idea que ella considera que atraviesa toda su escritura: que la literatura no es solo inspiración, sino sobre todo disciplina. “La inspiración y el talento son fantásticos, pero sin disciplina no llegas a ser nada”, dijo. Desde hace décadas, su rutina se mantiene intacta. Empieza todos sus libros el 8 de enero y escribe todos los días, salvo los domingos. “Nada tiene mas prioridad en mi vida que escribir, y eso es lo que intento decir en mi libro”, aseguró.
Pero esa constancia también convive con una concepción “casi intuitiva” del proceso creativo. Si hay un aprendizaje que recorre el libro -y que repitió en varias respuestas- es que escribir implica también poder desactivar la presión del resultado. “Para perder el miedo hay que dejar de pensar que una va a escribir la gran novela americana”, señaló. “Si uno va día a día, página a página, tal como vivimos la vida, entonces se va haciendo”. En ese movimiento la historia “se va abriendo como una flor”, sin necesidad de un plan previo: “No puedo escribir con un guion, porque no sé lo que va a pasar”.
“Yo no tengo más vida que esto. Es todo lo que hago”, dijo sobre su presente. “Lo único que hago es escribir, jugar con mis perros y amar a mi marido”. Después de más de cuatro décadas de trabajo, reconoce que ya no conserva la misma “inocencia” con la que escribió La casa de los espíritus -“no tenía idea de lo que era la industria del libro”, recordó-, pero sí la necesidad y la emoción de escribir sobre aquello que la interpela. “Si no me importara y no tuviera la ilusión, no lo podría escribir”.
Consultada por LA NACION, Allende se refirió al inminente lanzamiento de la serie basada en La casa de los espíritus y marcó una diferencia clara con la adaptación cinematográfica de 1995 en la que actuó Meryl Streep. “No tenía el sabor latinoamericano del libro”, dijo sobre aquella versión. La nueva producción, en cambio, le despierta otras expectativas: “Esto es muy diferente, porque son ocho episodios y eso te permite contar la historia con calma. Y además está hecha absolutamente en clave latinoamericana, chilena, francamente”.

En ese sentido, su expectativa es doble: que la historia encuentre una nueva forma y que, al mismo tiempo, llegue a nuevos lectores. “Tengo una ilusión tremenda de que atraiga a los jóvenes”, dijo. Aunque enseguida matizó: “No sé si es una historia que pueda atraerlos. Espero que sí”.
Consultada sobre el presente político, Allende trazó un puente entre la dictadura chilena y ciertas formas actuales de censura cultural y fue tajante en su respuesta: “Eso lo estamos viviendo aquí en los Estados Unidos (país en el que Allende vive desde hace décadas), sin ninguna duda”. Y precisó: “Se está censurando la mitad de la historia de este país: todo lo que tenga que ver con raza, con la lucha de los trabajadores, por ejemplo”. Incluso su propia obra no queda al margen: “La casa de los espíritus está censurada en varios estados, lo que me parece un honor”, respondió irónica.
La preocupación por el clima político también apareció cuando le preguntaron si podría narrar de manera literaria lo que ocurre hoy en su país de adopción, a lo que respondió que, para escribir ficción, necesita tiempo. Recordó que La casa de los espíritus fue escrita años después del golpe militar en Chile y del exilio, y que solo “la distancia y la nostalgia y el deseo de recuperar lo perdido” le permitió encontrar la perspectiva necesaria. “No podría escribir hoy una novela sobre Trump”, admitió. “No se puede escribir desde el hoyo del huracán”.
Allende también se refirió al modo en que opera la crítica literaria sobre las autoras más leídas. “La crítica es brutal con las mujeres”, dijo. Y señaló que muchas veces se descalifica como “sentimental” o menor una novela escrita por una autora, mientras que esos mismos rasgos son leídos de otra manera en los varones: “Si a El amor en los tiempos del cólera lo hubiera escrito una mujer la habrían tildado de sentimental, de libro de ‘mujercita’”. También cuestionó el prejuicio hacia la literatura de gran circulación: “Que te acusen de vender mucho como si fuera algo malo me parece una tremenda subestimación de los lectores”.
Por último, la escritora reivindicó una idea expandida de lo real, donde conviven recuerdos, imaginación y presencias. “Eso que llamamos realismo mágico, para mí es una manera de vivir en una multirrealidad”, explicó. Y fue más allá: “Me rodeo de presencias”. En su rutina cotidiana, esas presencias -algunas familiares, como su madre y su hija Paula- forman parte activa del proceso creativo, según cuenta. “Cuando termino el día, cierro la puerta de mi oficina y no quiero que nadie toque nada, porque ahí están esperando”.
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