La poesía se escapó de la ciudad y encontró refugio en la intemperie del campo

El tercer festival de poesía rural de Los Lobos convocó a una veintena de artistas locales y extranjeros
El tercer festival de poesía rural de Los Lobos convocó a una veintena de artistas locales y extranjeros Crédito: Marianela Portillo
Marcela Ayora
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19 de diciembre de 2018  • 20:14

Una liebre se asoma desde un pastizal, cruza la calle de tierra y se pierde entre los yuyos altos, detrás del alambrado. Habituada al silencio, escapa. A lo lejos, un micro de larga distancia, doble piso, avanza lento; lleva detrás de sí la polvareda que muerden los que andan solos. Ni pavimento, ni casas, ni más autos, ni gente. Puros verdes y cielo. El micro avanza tres kilómetros bajo el sol de las cuatro de la tarde y frena en un cruce de dos calles secas, sin nombres o carteles. La puerta se abre y empiezan a bajar poetas, editores y lectores que acaban de llegar al Festival de Poesía Rural en Lobos.

En un único día, el sábado 15 de diciembre, más de veinte voces poéticas y artistas nacionales y de otros países se desplazaron desde Capital Federal hasta la ciudad rural. Lejos del casco urbano, literalmente en medio del campo, la vieja pulpería -hoy "Boliche Las Chacras"-, es sede del Festival, el tercero, luego de dos ediciones anteriores. Organizado por los poetas María Lucesole, Ana Inés López, Elisa Palacio y Alejandro Jorge, tres de ellos son de esa ciudad, esta tercera edición contó con las voces de Francisco Fenton (México), Iosi Havilio, Gabriela Bejerman, Francisco Garamona, entre otras reconocidas, como así también las formas de otros más jóvenes y sus improntas. "La idea es hacer un cruce –dice Lucesole– entre el campo y la ciudad. Descentralizar, que Buenos Aires no sea siempre por donde pasa todo. Que la poesía no sea sólo parte la ciudad, si no algo rural también".

Las calles, un escenario a cielo abierto
Las calles, un escenario a cielo abierto Crédito: Julia Lucesole

Todo estaba programado para comenzar a las 15.30. Tal vez fue el retraso del micro, o el olor a asado que salía del patio de comidas armado en el fondo de la construcción vecina a la vieja pulpería, el almacén de Ramos Generales. Detenidos por las empanadas de carne cortada a cuchillo o los sánguches de asado a la parrilla, la primera ronda de lecturas inicia pasadas las cinco. "Después de todo es una tarde de campo y versos al aire libre, dice un lector que llegó desde Avellaneda mientras acariciaba el lomo de un galgo flaco que buscaba mimos entre la gente". Y el día con cielo sin nubes, cálido pero con brisa constante, modifica los planes iniciales de leer adentro de la ex pulpería. Así, el micrófono sale a la calle y los poetas empiezan a leer en la vereda, de pie, de espaldas a la puerta de entrada, con la persiana original, oxidada, levantada apenas un poco más arriba de sus cabezas. Enmarcados por el tiempo, la primera voz abre el Festival.

El mexicano Francisco Fenton lee en un tono pausado un anticipo del que será su tercer libro, Donde hay agua. Escribe así: "Si sientes que mueres y caes de la rama/espera en la flor/aguarda al viento o el sol que te inundan/con sus oleajes, las pausas sagradas/en que se escuchan los ruidos del mundo vivo". Este poeta es también editor y en su casa editorial en el DF, funciona también una residencia de poesía. "Es rústico, no hay postulaciones, ni aparato, sino más bien a través de una amistad". En relación a la convocatoria en Lobos, dice: "Amo el campo. Esto es un gozo. Es una gran idea, espero que se mantenga en el tiempo".

Lecturas puertas afuera
Lecturas puertas afuera Crédito: Julia Lucesole

Además de las diferentes rondas de lecturas programadas cada una hora, con cinco poetas por turno, una feria de editoriales independientes funciona en el salón largo del Boliche Las Chacras. Sellos como Mansalva, Club Hem, Editorial Campotraviesa, Amigas íntimas, incluso un sello muy nuevo, Risco Editoras, pensado para chicos. Julieta Benedetto, coeditora de Risco, habla sobre sus dos primeros libros allí en la Feria. "Es editorial artesanal, impresos en negro, quisimos pensar en que no sean industrializados". Representando a Lobos, Distancias oceánicas. También de Lobos, uno de los poetas, Pedro Arguello, que leyó con la agitación del verso cortado sobre la música rap de fondo y fue aplaudido por la mayoría. Entre lectura y lectura, las tandas de cervezas heladas le ceden su espacio a los mates.

Empieza a llegar más gente y una fila de autos se ordena detrás del micro que trajo a los poetas, en tanto los choferes pasan de la poesía y juegan a las cartas sobre troncos talados en lugar de sillas. Cada tanto pasa un paisano a caballo. Gente en bicicleta. Una camioneta cargada con herramientas. Ningún lugareño se detiene a ver qué sucede ahí, entre esas rondas de gente joven sentada sobre el pasto, parada u otros adultos con niños al lado escuchando los cortes de versos, la forma en que cada poeta decide cómo nombrar. Las palabras de la ciudad debajo de las copas de los árboles que crecieron con otro aire. "Cuando las ciudades chicas aprendan a ser libres, las ciudades grandes van a desaparecer", leyó Horacio Fiebelkorn, otro de los poetas, pero que decidió hacerlo sentado, micrófono en mano desde su voz grave. Y generó silencio.

Los Lobos
Los Lobos Crédito: Julia Lucesole

La tarde bajaba, la sombra le ganaba territorio al sol. Todo sucedía en esa esquina: las lecturas, la venta de libros, las charlas, los hijos que jugaban a la pelota, las mantas sobre el césped, los cuerpos, las telas. Y siempre el cielo limpio, sin una nube. Aunque con menos luz natural, las rondas siguen ahí. Es el turno de Celeste Dieguez, también editora del sello Club Hem. Desde su libro Lo real (Caleta Olivia), se la escucha leer: "que el campo sea una forma/de pensar la palabra siempre/ya sea intelectualmente /o la simple extensión entre Buenos Aires y la aldea/que se hace llamar en mi interior/como la música". El público, heterogéneo. A veces coinciden los gustos en algún poeta favorito. O no. Pero todos hablaban sobre lo mismo: que poesía y naturaleza fusionaban bien. "El hecho de sacarnos de la ciudad, subirnos a un micro y traernos a un lugar así, genera un efecto poético muy interesante", afirma Dieguez, luego de leer.

Para Francisco Garamona, poeta, editor de Mansalva, aunque en vez de contarse por sus acciones prefiere decir de sí mismo que es, en ese contexto, "una persona que está tratando de encontrarse en este cielo". En relación con este viaje colectivo hasta Lobos y por primera vez en el Festival, dice: "Acá la posibilidad de relacionarse es más real, no hay cosas que distraigan".

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